30 de diciembre de 2020

Destiny's Child

 

'Ida'

Segundo episodio de este Pandemonium de los hilos de nuestras vidas, que se entrecruzan con la precisión de un patrón de modas. ¿Saben las líneas de los patrones quién las ha trazado? Ellas creen que son libres...


Es difícil encontrar un lugar en el mundo, un propósito, algún hecho, percepción o fenómeno que surja súbito, como un fogonazo y que de repente nos revele el sentido de nuestra existencia, que nos libre de la culpa adscrita al albedrío y que nos otorgue la paz de no elegir ni decidir.

Decidir es el verdadero pecado que maldijo a la raza humana. Todo era puro e iba razonablemente bien hasta que Dios mostró a Adán y a Eva la oportunidad de decidir desobedecerle. Nos cuentan que Eva decidió comer el fruto del bien y del mal, que esa decisión fue la que nos expulsó del Edén y ese pecado condenó a nuestra especie a caminar por la existencia terrena buscando el camino de regreso, decisión tras decisión.

El hombre está condenado a la decisión eterna y los resultados de tomar esas decisiones tienen por consecuencia la lamentable necesidad de tener que tomar otras nuevas, y así sucesivamente.

No obstante yo pienso, y por lo tanto sé que, al ofrecer al hombre la posibilidad de desobedecer, Dios ya sabía que los humanos decidirían hacerlo; opinar lo contrario supondría negar la omnipotencia de Dios y su existencia misma. El destino existe, y lo que es más importante, podemos conocerlo, se nos muestra cada noche porque está escrito en las estrellas.

 Nacer es el único acto que aparentemente no decidimos y precisamente la hora exacta de ese acontecimiento es la que marcará la fecha de nuestra muerte. Todos tenemos un tiempo limitado, lo vivimos con mayor o menor intensidad, pero cada uno de nuestros actos, por pequeños que sean, obedecen a un fin concreto que escapa a nuestro conocimiento.

El conocimiento exacto de nuestro destino nos libera de la culpa y de la necesidad de juzgar nuestros actos con criterios morales, nos devuelve a la libertad primigenia del edén buscado y nos libera de la cadena del albedrío.

Desde pequeña me dediqué a estudiar la vinculación que existe entre el comportamiento humano y la maravillosa danza que bailan los cuerpos celestiales en el marco infinito del espacio y del tiempo. Me pasé la vida intentando entender los complicados encajes que traza el universo en su expansión, estudié y recopilé datos con mi Lettera 2000 para conseguir atisbar la belleza de su mecánica. Como es natural, lo que llamamos “método científico” no me ofreció ningún tipo de respuestas. Por eso recurrí a las ciencias marginales, al estudio de las mancias, a la astrología hermética y a la alquimia, y me empapé de los conocimientos de muchos sabios que dedicaron sus vidas, a lo largo de las eras, a estudiar el hilo de relación entre el universo y la vida.

Como toda investigadora pionera, decidí comprobar en la práctica lo que mis estudios claramente me señalaban; así que, tras estudiar en profundidad ciertas cartas astrales, di con una combinación de astros que determinaba con una exactitud pasmosa la muerte violenta de los sujetos nacidos en el minuto y la hora exactos de su alineación. La embriaguez de tal descubrimiento me hizo diseñar un plan maestro que me permitiese corroborar de un golpe la certeza de lo que hasta ese momento sólo figuraba en mi mente como teoría y suposición.

Con mi motivación y mis capacidades no me costó mucho conseguir un buen puesto en las oposiciones para trabajar como auxiliar de registro en el hospital de mi ciudad. Ello me facilitó el acceso a los nombres de las personas nacidas bajo la conjunción letal, en los últimos 60 años. De los de 50 casos a los que pude acceder, elegí a los 14 que me ofrecieron los datos más precisos en su carta astral y descarté aquellos que me despertaron la más mínima duda sobre su exactitud.

Marcelo Cedrón, nacido a las 18:45 el 24 de enero de 1967 fue mi primer investigado y el que desencadenó todos los acontecimientos que me han llevado hasta aquí.

Esperé a Marcelo en el lugar exacto que me indicó el péndulo de cuarzo verde sobre el plano callejero que regalaban en la oficina de turismo. El reloj marcaba las 02:30 de la madrugada y la hora de la muerte estaba prevista a las 02:32. Marcelo caminaba solitario por el otro lado de la calle. En cuanto me vio, con paso firme y sin vacilar se dirigió hacia mí y me tendió su mano.

Sin pensar, como si fuera una autómata, le tendí la mía y, tras un breve apretón de manos, colocó en ella una pistola del 38 con silenciador, me miró a los ojos con una templanza de otro mundo y me dijo…

Proceda…

En ese momento lo entendí. Eran las 2:32, en ese momento sólo yo podía acabar con su vida, sólo yo era el instrumento del destino, es más... ¡Yo era el destino!
 
No lo pensé ni un instante: cogí la pistola y disparé a la frente, obedecí a los astros; la decisión no fue mía, yo lo sabía, Marcelo lo sabía y los astros así lo habían escrito... Me sentí segura y liberada, todo funcionaba con la exactitud del más preciso de los relojes…

Sabía que después de esto no podría defender mi tesis sin incriminarme, pero quizá por vanidad dejé el papel mecanografiado con la fecha y hora de nacimiento de Marcelo para que quizá otro pudiera atar cabos y llegar a las mismas conclusiones que yo… Aunque, hiciese lo que hiciese, el destino ya lo ha decidido.

Cada vez que cumplía el destino marcado por las cartas astrales me sentía reconfortada por formar parte de un plan trazado por fuerzas más allá de mi comprensión, como una elegida del destino que ejecuta el plan infinito de Dios y se preocupa de cuidar del diseño inteligente de su paraíso…

Hoy, día 23 de diciembre, me dirijo a realizar las dos últimas encomiendas que las estrellas me han reservado…
 
CONTINUARÁ
 
 

24 de diciembre de 2020

Valor cartastral

 

 

"Made in heaven, made in heaven,
It was all meant to be... Written in the stars..."

 

Esta vez es uno solo de los gerentes quien nos trae esta epatante historia. ¡Hulk destruye, Cuervolandia INNOVA!

Cuervo, cuervo, cuervo….

Cuando Quintanaurría se puso el cucurucho forrado de estrellas y constelaciones y sacó su péndulo de cuarzo verde me dieron ganas de sacarlo a patadas de la comisaría, pero decidí darle una oportunidad a la curiosidad y postergar ese momento, quizá porque estábamos cerca de Navidad, quizá porque ese día había desayunado bien, quizá porque estaba empezando a desesperarme en la resolución de los crímenes del relojero.

Tenía  12 informes de víctimas en la mesa de mi despacho, todas asesinadas por un tiro certero en la frente  disparado por una 38 no registrada y con silenciador, parecían personas escogidas al azar, no había nexo entre ellas, no había ni una huella, ni un testigo, ni una triste pista… el asesino siempre se adelantaba a nuestros pasos, llevábamos cuatro meses investigando y no salíamos del mismo maldito punto de partida.

Quintanaurría sabía perfectamente a qué venía y por supuesto, supo exactamente qué palabra decir para conseguir pasar de la recepción a mi despacho. ..14:35, no hizo falta más.

El investigador de lo oculto, como ponía su tarjeta, de color marfil añejo con una línea beige, bonita, pero no impactante, no esperó  una invitación a sentarse, sabía que la conversación no iba a ser breve.

¿Cómo lo supo? Le pregunté sin rodeos, 14:35 estaba escrito en la nota que apareció en la mano del último cadáver, todas las demás notas  aparecidas en los otros 11 cadáveres tenían una hora diferente marcada en números escritos por una máquina de escribir Olivetti Lettera 2000, no habíamos filtrado el dato jamás, pero Quintanaurría lo sabía y por eso estaba delante de mí con su cucurucho y su péndulo, sosteniendo mi mirada sin aparentar nerviosismo alguno. Su respuesta no se hizo esperar.

-Los astros me lo dijeron.

Mi paciencia estaba ya empezando a ponerse a prueba… pero no me dio la impresión de ser el típico bromista que por cuenta de los asesinatos vienen a tomarle el pelo a la policía o a intentar sacar la tajada mediática del charlatán de feria.

Explíquese, le dije.

-Como usted sin duda ignora, soy un parapsicólogo investigador de lo oculto, he dedicado muchos años a estudiar el fenómeno de las cartas astrales y puse un anuncio para buscar voluntarios que se dejaran realizar una, sólo les pedía su fecha y hora exacta de nacimiento para intentar conocer su destino a través de su carta astral… Pues bien,  la última víctima, la Sra. Montero Arróstegui, era cliente mía, y al realizarle su carta supe inmediatamente que iba a morir asesinada el día 19 de diciembre de este año, porque su fecha de nacimiento fue el día 22 de mayo de 1963 y nació…. a las 14:35. Los astros que regían ese momento indicaban inequívocamente su fecha de muerte.

Cualquier observador medianamente cuerdo ya habría mandado a paseo a Quintanaurría mucho antes de oir mencionar la palabra “carta astral”, sin embargo, por loca que pareciese, su hipótesis era la más sólida que teníamos hasta hora.  Intrigado, consulté varios dossieres al azar que tenía en mi mesa y le contesté con cierto aire triunfal…

-Mire, Sr. Quintanaurría, ni me gusta perder el tiempo, ni me gusta hacérselo perder a los demás. Como puede comprobar en estos documentos del Registro Civil que constan en los  expedientes de las demás víctimas, las horas de nacimiento no coinciden con las que figuran en las notas encontradas.
 
Quintanaurría  me miró atentamente y lejos de mostrarse molesto  o airado me contestó muy serenamente. 

-Los datos de hora de nacimiento del registro no son fiables, son declarados por el padre cuando va a registrar al recién nacido. Los verdaderos datos se encuentran en el registro del hospital. Y en ellos me baso para elaborar las cartas. Como puede comprobar, la hora de nacimiento de la señorita Montero Arróstegui no es la que figura en la hoja registral de su expediente…

He de reconocer que esa respuesta me dejó impresionado, las piezas del puzzle cuadraban casi tan perfectamente que la teoría de Quintanaurría no sólo dejó de parecerme absurda, sino que me empezó a gustar.

Entonces según Usted, ¿el asesino puede tener conocimientos de astrología?

Quintanaurría elevó su péndulo sobre la mesa y este empezó a girar lentamente.

-Eso no lo sé, pero puedo decirle que el destino está escrito en las estrellas, que ni usted ni yo estamos aquí por casualidad y que la próxima víctima ha nacido el año 1973, el 23 de diciembre a las 12:25 y seguramente morirá mañana a las 15:28 exactamente. 

En ese momento el péndulo se detuvo apuntando en mi dirección sin obedecer a las normas físicas de los movimientos de oscilación pendular ni de la ley de la Gravitación universal…

El 23 de diciembre era mi cumpleaños.

CONTINUARÁ.

 

13 de diciembre de 2019

CUERVOHAIKUS NAVIDEÑOS


"Hai! Cucú"


Cuervolandiaaaaaaaaa!!!

En Cuervolandia siempre estuvimos orientados a lo oriental, tal es así que este año hemos decidido celebrar estas fiestas homenajeando al país del sol naciente y del trono del crisantemo con temas navideños  contados en cuervohaikus que esperamos sean del moderado agrado de nuestros clientes más leyentes.

1 El desafío

-¡Hazme tres haikus!
-Deben ser navideños
-¡Hay ku joderse!

2 El ascensor

-Parece que refresca
-Ya es Navidad
.-¡Me bajo en el tres!

3 El fakir

El fakir llora
No es por los clavos
Es que nieva por dentro.



I

Era Reiwa.
Los tiempos cambian,
pero no en Cuervolandia.


II

Abeto dulce y gris,
ya han caído
tus regalos ¿Dónde están?


III

Cae del monociclo
sin perder la sonrisa.
Los niños miran.



26 de diciembre de 2018

LOS TRES FANTASMAS DE LOS GERENTES: LA CUERVOLANDIA PASADA

 

'Un rayo de sol, oh, oh, oh, 
me trajo tu amor, oh, oh, oh. 
Un rayo de sol, oh, oh, oh, 
a mi corazón, oh, oh, oh'

Sistema óptico que implica a la vez reflexión y refracción de la luz,.... sistema óptico que implica a la vez reflexión y refracción.... Sistema óptico ... El segundo gerente daba vueltas y vueltas a su cabeza dentro de aquel recinto reducido, cuando de pronto oyó una voz con marcado acento argentino:

-Buenas tardes cabashero soy el espíritu de las Navidades pasadas, de cuando todo esto era campo y...


Tanili no le dejó continuar


- ¿No sabrá usted por casualidad una palabra de 12 letras que defina un sistema óptico que implica a la vez reflexión y refracción??
- Pues la verdad es que no, querido, sho venía a hablarle de la navidad en el siglo III y del papel del derecho consuetudinario en los sistemas forales de....


- Pero, pero... ¿Usted no se da cuenta de dónde estamos?


-Pues la verdad es que lo desconosco, mirá vos, que me parece un lugar macanudo, pero no asierto a comprender el porqué de sus tribulasiones...


- Mire, ahora mismo estamos en la Habitación de Escape Extremo Rafael Farina, la nueva  atracción de Cuervolandia que estoy inaugurando y me queda un minuto para averiguar el último acertijo que puede abrir la puerta de salida...


- ¿Y si no la superás?


-Si no la supero viviré con el eterno sentimiento de frustración de no haber superado un reto, una desazón, un resquemor que no me causará infelicidad pero tampoco permitirá que sea feliz...¿ Maldita sea! necesito saber esa palabra de doce letras para salir de este condenado armatoste!!!!


-Caramba eso es un gran problema, pero ¿no es ese el sentido original de Cuervolandia? ¿No es este un parque de atracciones existensial dónde el triunfo y el desastre son sólo dos impostores a los que hay que ignorar por igual? Los gerentes habéis fundado esto para Shegar a la felisidad a través de la desepsión y superar el miedo a las frustrasiones.... Pero bueno que sabré sho, dijo el espíritu cabizbajo,  sólo soy un langostino que sobró de las Navidades pasadas!!!


En ese momento Tanili lo entendió todo o, mejor dicho, lo recordó, y así pudo ver reflejados en las palabras del espíritu de las Navidades pasadas los valores originales que hicieron a los gerentes fundar Cuervolandia, ese reflejo se refractó en su mente y de esa iluminación brotó desde su más profundo ser la palabra catadrióptico, las doce maravillosas letras que abrirían la puerta de la Habitación de Escape Extemo Rafael Farina....


Pero no las pronunció, en su lugar cogió en su mano al langostino y le dijo...


 Te Shevo a Casa!!

24 de diciembre de 2018

LOS TRES FANTASMAS DE LOS GERENTES: LA CUERVOLANDIA PRESENTE


'Come fly with me, let's fly, let's fly away
If you could use some exotic booze
There's a bar in far Bombay
Come fly with me, let's fly, let's fly away'


  • Borrascano: Hoy, en la Impertinencia, contamos con la presencia de la Virgen de Guadalupe!!
(APLAUSOS)
  • Borrascano: Hola, María, ¿Cómo estás? Me vienes muy morena…
  • María: Sí, es que me tallaron así, David.
  • B: Guay, guay… “Virgen de Guadalupe, dame la mano, para subir la cuesta de Puertollano”… Qué flipe, ¿no?, o sea, que es un puerto, pero es llano… no lo entiendo muy bien, porque los puertos en ciclismo son cuestas, pero esto debe ser como un falso llano… me flipa hasta el amoche...
(RISAS)
  • B: De aquí salgo yo hoy cristianizado
(RISAS)
  • M: Si, bueno, David, eso es una coplilla, una jota extremeña, que
    -----------------
Jackeline apagó la tele, bostezando… Había encendido la tele, y tras un breve zapping, había decidido quedarse con la Impertinencia, ese programa de entrevistas joviales. Pero la verdad es que la calidad había descendido mucho. Era como si un programa de comedia se disfrazase de periodismo, pero optando por un estilo antiperiodístico, para hacer gracia, lo cual resultaba en anticomedia, y del todo antigracioso. Pero claro, si la alternativa era ver a los de Chorradina Empty meterse con cualquier cosa que ellos decidiesen que debían escarniar, la decisión estaba clara, dejar que Borrascano la adormeciera… Aunque tampoco funcionaba.
De repente, algo golpeaba su ventana. A su memoria acudieron las imágenes de un vampiro infantil que tan grabadas tenía desde su niñez, pidiendo entrar, pero en seguida desechó tales pensamientos lúgubres… “estamos en nochebuena, no en víspera de todos los santos”, se dijo en voz alta para darse tranquilidad. Se asomó a la ventana, y vio que era un repartidor. En seguida cayó en la cuenta de que el portero automático no funcionaba, así que le dijo que bajaba a abrirle.
Se enfundó una sudadera y sus cuervozapatillas, aquellas que aún le duraban desde que las obtuvo en su primera cuervo cesta de navidad (aunque en realidad, aquella cesta tenía forma de nido, con plumas de cuervo y otros restos biológicos y todo…), cogió las llaves y bajó las escaleras en un santiamén…
Pero para su sorpresa, al abrir el portal, en lugar del repartidor encontró a un hombre sudoroso, de unos 55 años, con ropa muy cara, pero con un aspecto lamentable. Las ojeras le llegaban al suelo, y el implante capilar, pese a tener pinta de ser de los caros, no parecía haber hecho efecto en una anchísima frente demacrada por el estrés.
  • Perdone, ¿ha visto a un repartidor?
  • Buenas noches, Jackeline, no te preocupes por el repartidor, ya le he pagado. Disculpa el ardid, pero era la única manera que tenía de contactar contigo. Puedes llamarme Cormonas.
  • Creo que me vuelvo a casa, buenas noches,…
  • No, por favor. Espera, sólo será un momento.
El desconocido que se hacía llamar Cormonas extendió una tarjeta. Al hacerlo, por la manga de su Armani, se veían unos gemelos, de oro, sin duda, y con forma de ave. Jackeline cogió la tarjeta. Era de la mejor calidad, tanto por el gramaje de la cartulina, como por la serigrafía en negro y dorado. En la misma podía leerse “Sr. Cormonas. Chairman. Los Palominos”.
  • Escuche, Sr. Cormonas, no sé que desea, pero un tazón de tapioca me espera en casa…
  • Tranquila, como le he dicho serán unos minutos.
Cormonas chasqueó los dedos, y como si de repente el cuervotúnel antigravedad volviese a funcionar, se encontraban volando a gran velocidad por el espacio. Jackeline asombrada le preguntó, como queriendo encajar las piezas de todo aquello
  • ¿Es usted un fantasma de navidad?
  • ¿Fantasma? Qué va!! Soy Cormonas, el presente de los parques temáticos.
Al momento volaban sobre un lugar lleno de luces, atracciones, brillo y glamour… la música más moderna podría oírse desde donde estaban. Ella, no podía creerlo, no podía creer que estuviesen flotando así, pero sin duda, la modernidad, el brillo, las avanzadas tecnologías, y la perfección de aquel sitio le llamó la atención sobremanera. Cormonas le dijo…
  • Esta es mi mayor obra. El mayor imperio en complejos de ocio y parques temáticos que pueda llegar a imaginarse nunca. Y este parque, donde antes no había más que campos baldíos y ciénagas repletas de apestosas especies batracias, ahora es el mayor negocio de su categoría. Las más importantes marcas de todo tipo de comida o bebida desean hacer negocios aquí, las mejores productoras de espectáculos pelean por programar en este emplazamiento, y eventos internacionales de toda índole se desarrollan aquí. Si deseas conocer a las mejores estrellas internacionales de la música, el deporte, el cine, el teatro,… puedes encontrarlos aquí.
  • Sin duda tiene glamour.
  • Si, aunque mi gran obra te necesita. Está incompleta. Este parque está solamente pensado para ser el segundo de mi cadena… Me falta la joya de la corona de mi imperio. El Palominos Imperial, construido para el deleite de todo el mundo, sobre todo para el mío, en los Monegros.
  • ¿Cómo?
  • Si, Jackeline, te necesito para poder operar desde dentro, y lograr que Cuervolandia deje de ser parte del presente. Necesito que trabajes para mí y me ayudes a que Cuervolandia sea un fracaso total!!
  • Bueno, Sr. Cormonas, creo que por ahora he sido lo suficientemente deferente como para escucharlo… Ahora me voy…
  • Pero si antes todo esto era campo!! Todo campo!!
Jackeline pensó en regresar a casa, y al instante se encontraba volando a la velocidad del pensamiento camino a casa mientras en sus oídos retumbaba el lamento desesperado de Cormonas “Todo campooooooo”.



El tercer gerente despertó en su despacho… Había sido un sueño extrañísimo… No sabía qué pintaba en el mismo Jackeline, la animadora en patines más veterana de la plantilla, ni tenía ni idea de quién era ese Cormonas… Pero estaba convencido de que ese sueño no era sino un mensaje del fantasma de las navidades presentes. Seguro que Irving Quintanaurría, investigador de lo oculto, opinaría exactamente lo mismo. Tenía que convocar al resto de gerentes de Cuervolandia de inmediato. Aunque un olor a sopa de tapioca le llegaba desde la cocina, mientras su estómago avisaba. Lo dejaría para luego.

22 de diciembre de 2018

LOS TRES FANTASMAS DE LOS GERENTES: LA CUERVOLANDIA FUTURA


'Caught in a landslide,
no escape from reality...'


Llega la epopeya de todos los años. Le voy a tener que decir a usté, señorito, cua-tro-pa-la-bras… Cada gerente elige para otro 4 vocablos que han de aparecer, resaltados en negrita, en el texto que escriba. En esta ocasión, nos visitarán 3 espectros para hacernos la puñeta.



Los gerentes también hacen de vientre. En eso estaba nuestro protagonista, aposentado cual monarca merovingio en el trono de loza del baño anexo a su despacho, en el corazón de Cuervolandia, en el corazón de los Monegros. Era su válvula de escape ante tantas horas extras, y para más inri, nocturnas.

Apareció sin solución de continuidad, como si siempre hubiese estado allí. Por eso, no se asustó cuando lo detectó por el rabillo del ojo, y se limitó a mirarlo con disgusto mientras le hacía una leve seña con la cabeza, de significado universal: “ya podías salirte un ratito fuera y esperar a que termine, ¿no? Enga, que no tardo”. Así fue. El espectro atravesó la puerta como la mantequilla es absorbida por el tejido adiposo. Todo muy limpio y silencioso, como la ocasión lo requería.

El ínterin le sirvió al gerente para rehacerse psicológicamente y, después de dar unas pasadas de ambientador, abrió la puerta mientras se secaba las manos con una toalla. Pensaba: “¿Vendrá este ser extraterrenal a aprehender la supuesta alma inmortal que los predicadores nos acusan de tener? ¿Querrá amedrentarme para obtener cuervofichas de gorra? Porque eso sí que no”.

―¡Ejem! Entonces… No eres un delirio, ¿verdad? ―le preguntó, al tiempo que volvía a sentarse en su puesto y le lanzaba una fugaz mirada a la botella de whisky del mueble-bar―.

―No. Soy el fantasma de las Navidades futuras de Cuervolandia ―informó mientras se recogía un poco la amplia falda roja con enaguas y se ponía cómoda sobre la mesa―. El primer espectro de tres.

―Ya veo… Vas a someterme a unas duras pruebas emocionales para desvelarme con cuentagotas algunas imágenes simbólicas del incierto futuro… Tendré que realizar un acto de contrición y ello cambiará radicalmente mi filosofía de vida ―recitaba él como alucinado―.

―Ya me habían advertido de que eras algo marisabidillo. Enciende el Betamax, anda.

Sacó de su escote una cinta de vídeo y se la pasó. Al activarse el aparato, un piloto verde dio señales de vida y las letras H·E·L·L parpadearon pesadamente. “Es que el espacio de la O está fundido”. El gerente extrajo un documental subtitulado en polaco sobre acordeones rusos y la nueva cinta fue ingerida con un maravilloso canturreo mecánico. En la pequeña y antigua televisión comenzaron a aparecer unas imágenes gastadas, desenfocadas, en blanco y negro.

―¿Realmente es necesario que sea testigo de este futuro horrible?

―No, pero a los espectros de Cuervolandia nos apetecía. Verás, básicamente, en el futuro va todo bien. Donald Trump desaparece, Putin desaparece, Bolsonaro también. Vuestro parque pervive: observa qué apatía, silencio y soledad se respira en la Cuervolandia del futuro. Es perfecto… No tenéis que hacer nada para llegar hasta ahí. Absolutamente nada diferente. Perseverad en vuestra mediocridad y desgana, eso es todo.

―Ahora tú deberías advertirme vehementemente: “¡No mires durante mucho tiempo! ¡Ningún hombre debería ser testigo del destino que le acecha!”

―No, si te lo he traído precisamente para que lo veas… Al final salís vosotros de viejos y da mucha risa… ―la señora fantasma se carcajeó con suavidad, tapándose traviesamente la boca con la mano―.

Observó durante un rato más y todo era una sucesión de barracas borrosas, con algunas pocas figuras humanoides arrastrándose lenta y pesadamente de un lado para otro; una figura acuclillada parecía comer cuervoñigos en un rincón, clavando sus ojos brillantes en la cámara como un animal herido. De los altavoces brotaban sonidos más distorsionados y ralentizados de lo normal. En un momento dado aparecía el blog de Cuervolandia, palpitando con comentarios de spammers. Quien manejaba el ordenador durante la grabación dijo “Callá, que me he equivocao. Esta boludez no es la web del equipo de fútbol. Ya lo quito”.

―Buenobuenobueno, ya me hago una idea, ¿eh? ―comentó el gerente, apretando el botón del stop―. Pero verás, he notado que pintas demasiado fácil este futuro (que tan bien se ajusta al espíritu de Cuervolandia y a lo que los fans de las instalaciones exigen). Esta inanidad que nos embriaga hay que cultivarla. ¡No se llega a esta ataraxia mercantil así como así, por casualidad! Nosotros nos esforzamos constantemente por pulir esta línea: desde nuestro vestuario perdulario hasta el rechazo constante de nuevos proyectos. Algunos son tan buenos que es durísimo tirarlos abajo. Pero hay que tener fuerza de voluntad. Hay que hacer muchas horas extras, como yo ahora, viendo documentales rusos de acordeones subtitulados en polaco. ¡Hay que tener unos cojones muy gordos para, simplemente, dejar pasar el tiempo! Un tiempo que no volverá, un tiempo que vale su paso, con a, en azafrán y rodio. Tú no puedes entenderlo. Vienes del futuro pero no comprendes las cargas del presente.

―Sí, es posible; para eso está el fantasma de la Cuervolandia actual, que se le aparecerá a otro de tus socios. Yo ahí no llego ―sonrió despreocupadamente, paseándose por la estancia con sus sonoros zapatos azules de medio tacón―. Pero sí te quiero advertir de algo: si cedéis a la tentación, si vuestro emprendimiento y creatividad gana la partida, si ese come-come productivo que tenéis que reprimir logra asomar demasiado… en suma, si tiráis la toalla... lo perderéis todo. Tendríais una Cuervolandia viva, modernizada y que incluso acepte pagos con alguna criptomoneda. O podríais llegar a ofrecer contenidos regularmente actualizados en vuestro blog. Mucho ojo con eso. Le fallaríais a los cuatro incondicionales que la prefieren así (y fíjate que vosotros sois ya tres), como un agua turbia suministrada con cuentagotas: como está ahora, como debe ser. Podríais convertiros en otro exitoso blog del mainstream, ahora que han cerrado casi todos, y más que les seguirán... Eso ya te lo puedo asegurar yo. La verdadera Cuervolandia moriría de éxito, como una supernova, cuando podría vivir por siempre de hastío, como una enana marrón. Ahí lo dejo, hasta ahí puedo leer.

Maldita fantasma, al final me vas a hacer reflexionar. Con lo poco que se estila ahora eso, con lo incómodo que es revisitar alegorías, descubrir metáforas, conectar símiles y dobles sentidos… Sopesar conceptos abstractos y abstrusos. No obstante, tengo que darte las gracias por tu visita. Cuando vuelva a sentarme en el trono de loza, lo haré con otra perspectiva. ¿Puedo quedarme la cinta y enseñársela a los demás gerentes?

Claro que sí, guapi.

El fantasma comenzó a soplarle un beso cuando empezaba a desvanecerse, y al agarrarlo, ya no estaba... O quizás sí, pero era totalmente invisible.

Permaneció de pie cerca de un minuto, apagó la tele y la luz, cerró el despacho y se fue rumbo a su casa. Decidió no decirles nada de esto a los demás gerentes. Ya habría tiempo para intercambiar impresiones. Estaba decidido a convocar un cuervoaquelarre de la gerencia.


3 de enero de 2018

HISTORIA DE UN CLIENTE (I)



'¿Qué os parece mi mágico mundo de colores?'



Miró a través del cristal de su despacho, desde las oficinas de la planta 28. Anochecía. Ante él, como siempre, se extendía el luminoso paisaje urbano de Fukuoka. Con una cadencia monótona, recorrió las instalaciones rumbo al ascensor para volver a casa. Algunos trabajadores permanecían en su puesto hasta que la compañía les apagaba la luz, y esa actitud laboral sobre la que tanto había reflexionado le hacía sentirse victorioso y fracasado a la vez.

Durante el viaje de cuarenta minutos en tren hasta su hogar, recordó las palabras de su antiguo jefe: “¡Yonadera, la compañía espera que dé más de usted!”, así como las de sus compañeros en las clases de español del colegio: “¡Yonadera, Yonadera, tiene el culo de madera!”.

Aunque la vida en su pequeño apartamento podría ser sin duda más cómoda, cenar y hablar con su mujer, Meiko, suponía un bálsamo diario para él.

Esa noche se despertó antes de tiempo. Decidió navegar un poco por Internet en el cuarto contiguo, antes de desayunar. Iba a pulsar mecánicamente en la pestaña de favoritos el nombre de su diario preferido, pero se detuvo sin saber por qué. Observó durante unos instantes la pálida página de su buscador y el cursor parpadeante. Repentinamente, tecleó “荒廃” y aparecieron varios resultados. Hizo clic para avanzar 7 u 8 páginas en la lista (pues solía obviar las sugerencias principales) y acabó en la web ramplona de una agencia de viajes. Ofertaban vuelos a ‘destinos singulares’ de todo el mundo, lugares de ‘discreta demanda turística’ a precios muy razonables. La pequeña caricatura de un cuervo, envuelta en una densa maraña de recuadros de texto, capturó su atención: “Conozca la verdadera flor del desierto, Kueruborandia, a solo 18 horas de usted. El billete no se puede comprar por Internet; ha de presentarse en nuestras oficinas de 2 a 4 de la tarde, o de 2 a 4 de la madrugada, con un jersey blanco. ¿Cuál es su concepto de felicidad, Sr. Yonadera Hosei?”. Perplejo, amplió la escala de la página y volvió a mirar: ni rastro del anuncio, ni del cuervito.

Desayunó sintiéndose presa de una cierta confusión. Equivocó el azúcar con la sal en el té de su mujer. Se comía las senbei abstraído. Esa mañana, una vez sentado en su silla de trabajo, se rio levemente y, meneando la cabeza, comenzó su tarea diaria. Así volvieron a pasar los días… Pero aquella extraña experiencia con el ordenador golpeaba suave y frecuentemente su memoria.

A Meiko decidió no decirle nada de su inquietud, aunque ella comenzó a notarlo raro.

Te pasa algo, Hosei. En tu mirada.
¿Algo, cómo?
Un brillo, una… emoción.
No es nada, será que se me ha metido cualquier cosa en el ojo ─bromeaba─.

Buscó muchas veces más aquel pequeño anuncio rectangular de letra comprimida y córvido garabato en blanco y negro, sin éxito. Pero recordaba el peculiar contenido del mismo, e igualmente conocía el nombre de la agencia de viajes. Durante algún tiempo más estuvo dándole vueltas, cada vez más convencido de que debía hallar la forma de embarcarse en ese viaje de promisión.

El día en que se decidió fue realmente el anterior a aquel en el que preparó una excusa ante su jefe para abandonar el trabajo durante parte de la tarde. Al día siguiente era festivo. Como se trataba de un trabajador veterano y muy regular, la compañía no le puso trabas. Se llevó su cajita de bentō para comer y trazó una ruta directa a la calle de sus desvelos.

Cuando llegó, recorrió los portales en un sentido y otro, infructuosamente. Abigarrados rótulos, neones y recovecos le impedían separar el grano de la paja, como si tejiesen una baldía densidad informativa que nublase su percepción. Preguntó a los transeúntes, pero a nadie le sonaba esa referencia. El tiempo transcurría con rapidez y llegó un momento en que, cansado, se dijo que debía de estar loco perdiendo la tarde así. Además, ni siquiera había comido. Se encaminó de vuelta a la oficina un poco avergonzado y lo vio. Fue como un fogonazo en su cabeza, cinco segundos a toro pasado. Retrocedió unos metros para reconocer, pintado en la pared de un viejo edificio, casi oculto entre otros grafitis y papeles semiarrancados, aquel esquemático y simpático icono del cuervo (que ahora lo observaba con perplejos ojos saltones). Su pico, orientado hacia unas escaleras húmedas y oscuras, sin duda lo invitaba A ÉL a acudir, a experimentar un encuentro en la tercera fase, a pactar. Miró el reloj de su móvil: eran las tres y media.

Descendió, cauteloso, varios tramos de escalones que se iban torciendo hacia la derecha a medida que disminuía su tamaño, hasta finalmente convertirse en una pequeña rampa. Se vio envuelto por un sonido de maquinaria sometida a tensión eléctrica. Sobre la puertecilla metálica podía leerse “呼び出しなしで渡す”. Intentando controlar su respiración, el Sr. Yonadera se detuvo un momento y por fin entró, pero lo que vio no le gustó nada.

Se encontró con una barra como de bar, de madera, escasamente iluminada, con un ordenador portátil sobre ella. Un sofá y algunas sillas estaban dispuestas en torno a las paredes salpicadas de varios pósteres viejos del Caribe, de Turquía, Atolladero (Texas) y Samarcanda. No pudo evitar venirse abajo; como no parecía haber nadie, en silencio puso una mueca y giró sobre sus talones para cruzar nuevamente la puerta.

Una voz infantil con extraño acento gaijin le preguntó qué deseaba. Desde una habitación situada al otro lado de la barra entró en escena, resuelta, una niña occidental portando un taburete bajo. Subiéndose a él, emergió con una gran sonrisa ante el portátil y se sacó una piruleta de la boca.

Me llamo Atanasía, ¿en qué puedo ayudarle?
Esto… ¿Esto es una agencia de viajes?
Sííí-í ─asintió cantarinamente.
¿Tenían ustedes un destino a… en avión, de… unas 18 horas, creo que era…?
─…
¿A… Un lugar, llamado, emm... Kueruborandia? ─sus últimas palabras eran casi un avergonzado susurro.
No.
¿No?
No, lo siento. Pero a lo mejor le pueden interesar algunos otros lugares con los que sí trabajamos.
Lo lamento, ha sido un error… Pero gracias, ya lo pensaré. Adiós.

Y se fue.

Qué mal, Hosei, estás fatal. Fatal. Pero el dibujo… El dibujo… En fin”. Hubiese caminado con desánimo, pero vio que eran ya las 4 menos diez, y no le sobraba el tiempo. De hecho, se incorporaría a la oficina más tarde de lo previsto. Al guardar el móvil, reparó en su manga. Llevaba una cazadora negra sobre un jersey azul. Hiiiija de puta. Echó a correr como un descosido y entró como un relámpago en una tienda de moda. Empezó a pedir a gritos un jersey blanco, se lo arrebató de las manos al vendedor, lo pagó con su huella digital usando el móvil y, como un miura, desapareció del local dejando a los que allí estaban en un estado de incrédula parálisis. Por supuesto, se coló por delante de todos los clientes y ni siquiera llegó a probarse la prenda.

La puerta de metal volvió a abrirse, esta vez violentamente. Un hombre fuera de sí, con sus gafas brillantes de sudor, gritó con decisión: “¡¡Un billete a Kueruborandia, por favor!!”. Atanasía fue testigo de cómo casi se ahoga al hacer una profunda reverencia, porque el jersey que se había puesto (del revés) sobre el anterior era como mínimo de tres tallas menos. Miró la hora en el ordenador: las 15:58 dieron lugar a las 15:59.

Claro que sííí-í. Le tomo los datos.

El regreso de Yonadera esa tarde a la compañía fue bastante comentado. A pesar de que había procurado refrescarse y adecentarse mínimamente en los servicios de la planta baja, varios de sus compañeros y su propio jefe no pudieron evitar mirarlo con cierta desaprobación, unos, o preocupación, otros. El caso es que ese día recogió sus cosas nada más volver, mostrando siempre una absurda sonrisa de satisfacción en su cara. Traía una carpetilla gris bajo el brazo a la que se aferraba con intensidad, con orgullo.

Durante el viaje hasta su hogar, se sentía como en una nube. “Hacía años que no me encontraba así”, se dijo. Comió su almuerzo en el tren. Al entrar en casa, su mujer percibió claramente que algo había sucedido. Pero se limitó a observar, entre preocupada y sorprendida.

Esa noche, una vez había apagado la luz para dormir, le dijo:

Meiko, a lo mejor, dentro de un par de meses…
Haces un viaje.

Silencio.

¿Es muy lejos?
Sí, pero no sé exactamente dónde.
¿Y vas a volver, verdad?
Por supuesto.
¿No puedo ir yo?
Me temo que no.
¿Tan importante es para ti?
Sí ─respondió, un poco asustado.

Ella no volvió a decir nada. Al rato, se quedaron dormidos.

Poco después del amanecer, volvió en sí. Volteándose para mirarlo soñar, susurró:

Entonces, de acuerdo.

24 de diciembre de 2017

Sucedió en 2003



'Tú pasa el Pronto y yo el paño'



La ventosidad resonó en todo el comedor.

Se hizo el silencio.

El olor del meteorismo hizo que nadie pudiese probar el resto del Sushi.

Cormonas, tuvo que contener su ira de anfitrión para no perder su prestigio recién adquirido con los inversores japoneses.

Ella, con los pechos aún desnudos y muchos trozos de nori, miso y wakame pegados a su cuerpo se incorporó sin decir palabra, sonriendo alegremente a toda la concurrencia de lobbistas.

Todos los comensales, varones rijosos que integraban la reunión dejaron sus palillos y la miraron mientras les alzaba el dedo corazón, cogía su abrigo gris y se largaba andando elegantemente por la puerta principal

La fiesta de adquisición del complejo Nagashima resultó ser un gran fracaso

Me pareció oír al fondo la risa de Cubero.

Yo me enamoré de ella otra vez.

En realidad nunca dejé de amarla.

Los Palominos no volvieron a poner Suhi en el cuerpo de nadie para celebrar sus victorias empresariales.

El trío de las Azores se reunió en Marzo.


28 de diciembre de 2016

Invocaciones Santillana



 El careto anunciador.

Segunda entrega de los relatos al alimón, recordamos que en negrita irán las palabras elegidas por el resto de gerentes que deben figurar obligatoriamente en el relato.
Cuervolandiaaaaaaaaaa!!!

El 28 de diciembre, fecha en la que se rememora una matanza de niños y donde la inocencia es motivo de burla y rechifla del jacarandoso vulgo fue la fecha que Irving Quintanaurría, Investigador de lo paranormal, decidió conjurar a los demonios más perversos siguiendo las recetas más depravadas de los manuales de sortilegios más arcanos.

Así el Necronomicón, el Ciprianiño, el Ars Almadel, libro cuarto de la Clavícula de Salomón, el Picatrix, la letra pequeña de la parte de atrás de los contratos de Bankia y demás grimorios que jamás debieron ser hollados lo fueron ese día... ¿Cuál es el motivo? ¿Hay una razón quizá?...Ni el propio Quintanaurría lo sabía, quizá pudo en él su ansia de conocimiento, su hambre de nuevos saberes, su trágica curiosidad sobre el más allá... Sea por lo que fuere,  su imprudente proceder lo llevó a seguir los pasos del doctor Fausto de Goethe, del Estudiante de Salamanca de Espronceda o de Mikey Mouse en Fantasía como aprendiz de brujo convirtiendo su casa en altar de invocaciones...

Allí,  estaba nuestro Irving!! Allí, lanzando sortilegios en medio del pentáculo trazado con un cuchillo en el parquet!! Ofreciendo libaciones a los demonios paganos, fumando un puro y escupiendo Ron del hacendado durante horas y horas por todo su living room plagado de exvotos y amuletos de muy distinta índole provenientes casi todos de la teletienda, como la pulsera Rayma y su poderoso cuarzo, la efigie del Santón del Payatú y los Monos de mar mirando absortos desde su pecera.

En su esfuerzo investigador mezcló el conxuro da queimada con las suras prohibidas del Corán y esperó toda la noche a que se manifestaran las cortes demoníacas Lucifer el caído, Satanás el distante, Belzebub señor de las moscas y Subirá el demonio que susurra tras la oreja de los despistados y a la vez inspira a los grupos de Rock and Roll.

Finalmente a la hora bruja de las seis de la tarde antes de que empezase la somnífera película alemana de la 1 Irving vió que en la pared de su salón se dibujaba como un icono bizantino en tonos ocres y dorados una horrible faz con mirada perdida y unas greñas de hombre primitivo, dignas de Sandokán  de los Bee Gees o de Camarón de la Isla…

Sobreponiéndose al espeluzno Irving le preguntó:

¿Eres real o ficción?

-Dilo pronto aparición


La Cara entonces dirigió a él su mirada y díjole:


El alcalde de Airrigorriaga

tiene mucha ilustración.


El alcalde de Airrigorriaga

tiene mucha ilustración.


Pues sabe tocar el chistu,

y un poquito el acordeón.


También toca la pandereta

y se llama PANTALEÓN


PANTALEÓN PANTALEÓN PANTALEÓN PANTALEÓN PANTALEÓN PANTALEÓN PANTALEÓN PANTALEÓN PANTALEÓN PANTALEÓN PANTALEÓN PANTALEÓN PANTALEÓN PANTALEÓN PANTALEÓN PANTALEÓN PANTALEÓN


Tras esta enigmática frase el espectro se esfumó, como vino se fue y dejó tras de sí incógnita y enigmática canción.

Irving Quintanaurría atribulado por tan misterioso mensaje y a la vez preso de una decepcionante sensación de haber empleado tiempo y esfuerzo en algo tan sumamente ridículo decidió archivar el asunto, poner una alfombra para tapar el pentáculo y bajar a la frutería a comprar unas naranjas para el desayuno.  Bajando la escalera pensó….

¡¡¡Quizá los demonios también gastan inocentadas!!



24 de diciembre de 2016

Maximilian, el piruletero cuerdo



'Un gramo de locura por tus pensamientos'


Como siempre por estas fechas, primer relato de tres. Destacadas en negrita se encuentran las palabras impuestas despóticamente por cada gerente a los otros dos, que han de figurar obligatoriamente en los textos. Felices y dulces fiestas...


Ya desde una tierna edad, Maximilian sabía lo que quería ser de mayor: odontólogo. Tan claro lo tenía, que avanzó espoleado por su motivación directamente hacia la consecución de ese objetivo.

Su primer día en la facultad supuso para él el gozo que emana de una íntima satisfacción; la de sentirse realizado. Se vio cómodo en todas las clases, salvo en la correspondiente a la primera asignatura que su grupo recibió, denominada Ética, documentación e historia de la odontología.

Varios años después, con toda la carrera superada meritoriamente, esa materia de primero aún se le resistía. No lograba aprobarla, incluso con sucesivos profesores y diferentes métodos docentes. De modo que fue presentándose a todas las convocatorias hasta alcanzar la última, de carácter extraordinario, y también la suspendió.

Fue entonces cuando sus padres le dijeron: “Ya te advertimos de que estudiar eso era una tontería. Vivir de verle y hurgarle las bocas a la gente no es un oficio decente. Tú deberías haber sido pianista. Mírate las manos, atontado. Son manos de pianista”. Y su madre añadió, deslizándose en una lenta danza por el salón familiar: “Clayderman… Gould… Brendel... ¡¡Un, dos, tres, un, dos, tres…!!”

Maximilian se desesperó y olvidó su sueño de abrir una clínica dental. Rompió los lazos familiares, sumergiéndose  entonces en un período de abandono y apatía vital. Apenas había trabajado esporádicamente en una fábrica de paraguas o como cobrador en un par de cines, pero ya se sentía quemado. Muchas noches sufría sueños inquietos en los que escuchaba el insistente canturreo de su madre, y la veía danzando, con la sonrisa de una hurí, sobre la alfombra de su casa, siguiendo los compases de una enervante partitura para piano y orquesta: “¡¡Un, dos, tres, un, dos, tres…!!”

Un día, en la habitacioncilla de su pensión, abrió la ventana y la habitual vaharada de compuestos químicos provenientes de una industria cercana lo alcanzó. El adictivo (a la par que repelente) olor a sustrato de colodión lo embriagó y, observando la herrumbre del polígono industrial, se sintió preso de una inmensa angustia. Se echó a andar con sus gastados zapatos, sin rumbo fijo, durante varios días y noches. Compraba cualquier cosa para comer y dormía en portales, o bajo los árboles. Caminó mucho tiempo por anodinos espacios abiertos hasta que se percató de que ya no sabría cómo volver. Entonces siguió errando hasta escuchar los inciertos sonidos de unos altavoces. Como todos nosotros, había llegado a Cuervolandia.

Quedó capturado por el cuervoembrujo de las instalaciones y su atmósfera. Se presentó en la gerencia para solicitar trabajo, que consiguió tras una extraña entrevista personal. Cada gerente le hizo una pregunta.

-¿Cuál es la capital de Arabia Saudí?
-Mmm… uff… Creo que Riad.
-¿Puede dibujar en esta servilleta la función x=y?
-A ver… Me parece que sería así.
-Si te pudieras colar en un delfinario sin que te pillasen, ¿lo harías?
-Bueno… No, creo que no.
-Empiezas mañana vendiendo pirulís por el parque -dijeron los tres a coro-.

Y así fue. En realidad vendía varios tipos de chucherías en una bandejita colgada al pecho por los hombros, anunciándolas sonoramente de vez en cuando mientras deambulaba (“piiiiiiiiruletááááá, ssssseeeeetas de shocoláááá, teeeejjjiiillas deaavelláááá, naaaaranjitas con azúúúúú, caaaaarameloooooos… ¡un, dos, tres, un, dos, tres!”).
Sin embargo, extrañamente, cuando llegaba el momento de cerrar la venta, un malestar generalizado se apoderaba de él, llevándolo a hiperventilar y obligándolo a sentarse en algún banco. Una vez que se le pasaba el sofocón, bebía unos tragos de agua y proseguía su labor.
Preocupado, se dio cuenta de que esto solo le pasaba cuando atendía a los pequeños. Si era alguno de sus padres quien realizaba la compra, todo iba bien. Pero si se trataba de un niño o una niña quien le pedía con ilusión alguna mercancía, sentía un rechazo y un conflicto interno que lo indisponía instantáneamente.

Concluyó que a ellos realmente no quería venderles golosinas. ¿Por qué, Dios mío, por qué? Durante la primera larga noche de zozobra y reflexión, llegó a la convicción de que todo sucedía porque no podía permitir que esos inocentes estropearan sus dientes tan fácil y dolorosamente con esos azúcares pegajosos y esos agresivos colorantes, fabricados seguramente de cualquier manera pero vendidos a precios que dejaban unos márgenes de beneficios escandalosos. ¿Es que solo él se daba cuenta?
En cambio, ese mecanismo de respuesta psicosomático no operaba cuando eran los adultos los compradores. Tal vez fuese porque, al no suceder la relación causal de un modo tan directo, no se sintiera tan culpable. Siempre cabía la esperanza de que los adquirieran para sí, o no les diesen los dulces a los infantes, o se los ofrecieran en casa para asegurarse de que se lavaban los dientes inmediatamente después, o qué sabía él.

Afortunadamente, gracias a eso, Maximilian pudo salvaguardar su puesto de trabajo generando unas ventas satisfactorias, al mismo tiempo que se enorgullecía por poder ejercer finalmente su vocación original. Pensó en solicitar otro puesto de trabajo, pero decidió que, manteniéndolo, hacía más bien que mal en el mundo. En esos tiempos, los edulcorantes artificiales eran aún ciencia ficción...

Con el paso del tiempo, aprendió a evitar las peticiones de los niños hasta donde era posible, convirtiéndose en un maestro de la excusa y del escabullimiento. Acabó tomando la medida precisa entre las actitudes de las familias y la distancia hasta su posición para dejarse estar, avanzar o desplazarse rápidamente a otro punto del parque. Además de esa aptitud para interpretar el lenguaje corporal, desarrolló una especie de marcha atlética merced a la cual nunca llegaba a correr, pero resultaba casi imposible de seguir. También sabía exactamente cuándo anunciar su mercancía o permanecer silente. Combinando todas estas habilidades, logró aumentar las ventas al mismo tiempo que, entre los pequeños fans de Cuervolandia, se desplomaban las ignotas tasas de afecciones dentales por caries derivadas de glúcidos.

Era consciente de que nunca nadie se lo agradecería, porque nunca nadie lo sabría. Pero él sí, y eso bastaba. Cada jornada de trabajo era una nueva ocasión de orgullo que sumar a la anterior. Volvía a sentirse como en su primer día de estudiante universitario. Recuperada la autoestima, muy pronto mejoró su imagen personal; daba gusto verlo paseándose con su bandejita por el parque, todo pincho como un pincel. Siempre sonriendo, su plaquita al pecho y su chistera anti-insolaciones lo hicieron familiar en el complejo. ¿Dónde está Maximilian? Ahora lo veías y ahora ya no. “¿Una bayonesita, señora, para su marido? ¡Uy, jajajá, qué susto, venga, sí, gracias! Ustedes son la sal de Cuervolandia, y claro, mi labor es hacer de contrapeso”.

Ni siquiera alguien tan zorro y agudo como el Señor Cubero llegó a detectar lo que se escondía tras Maximilian. No obstante, tampoco nuestro vendedor de chuches tenía idea de la labor de microguerra callada e infatigable que desarrollaba el contable.

Solo ustedes, queridos lectores, son conocedores de que ambas tendencias divergentes tenían lugar en Cuervolandia con idéntica intensidad y de cómo se anulaban mutuamente, contribuyendo mínima, aunque tal vez decisivamente, a la estabilidad del planeta.