martes, 31 de julio de 2007

Como Prometí

'¡¡Guapaaaaaa!! ¡¡Boniiitaaaaaa!!
¡Aiaiaiaiaiaiaiaiai!'


Hoy, Día de San Calimero, y Santos Demócrito, Dionisio y Segundo Mártires, escribo en este vuestro espacio de jolgorio. Que no decaiga!!

Y es que no hay nada más divertido que consultar el santoral. Nuestra Santa Madre Iglesia lo ha organizado así por algo, ¿no? Nada como afrontar una dura jornada de trabajo alimentando a los cuervos sabiendo cual es el Santo al que debemos dirigir nuestras oraciones y nuestras prebendas:

- Te pongo 6 velas si apruebo mi permiso de conducir.
- ¿He oido 9?
- ¡¡Con la Iglesia hemos topado... no subo de 7!!
- Enga,... el permiso es tuyo por 7 velas y la compra de una estampita. No se hable más.

Y el organizar la agenda es mucho más piadoso y más dado a los graznidos si se hace en función del santoral; 25 de Octubre, San Crispín: depilarme la axila; 9 de marzo, San Paciano: soborno anual al inspector de seguridad de la Cuervonoria; 5 de diciembre, San Dalmacio: desparasitarme.

Es por esto que desde hoy, a todo aquel que se saque un abono de verano en nuestro maravilloso parque temático, se le regalará un Cuervosantoral Católico Apostólico y Monegrino.

lunes, 30 de julio de 2007

Historia de un gerente (I)

'Se vende por separado.
Pilas no incluidas.
Más de 5000 pesetas'

'Llego pronto, llego pronto'

Miles de e-mails interesándose por los gerentes de Cuervolandia nos llevan a satisfacer esa sana curiosidad colectiva. Este es el relato en tres partes de la trayectoria personal de uno de ellos.


Químico aficionado desde su infancia, irredento cautivo de la tabla periódica de los elementos e incansable constructor de modelos moleculares de plástico o madera –ingenuos los primeros, complejísimos después–, su primer Quimicefa labró el cauce por el que habría de discurrir buena parte de su vida. “¿Por qué pega el pegamento? ¿Cómo es que perdura tanto la orina de gato en el ambiente?”.


Se preguntaba todo esto mientras dibujaba en un cuaderno cuadriculado estructuras atómicas, nevadas montañas, árboles secos de los que colgaban bufandas o cajones cerrados bajo llave en cuyo interior moraba toda clase de satisfechas mascotas.


Recién alcanzada su mayoría de edad, sus padres le enviaron a la universidad y estudió, como no podía ser de otra manera, la carrera de Biblioteconomía. Sin embargo, pronto descubrió que los secretos de la archivística que llegaban hasta su aula susurrados de generación en generación de bibliotecarios, y todas aquellas refinadas técnicas para la clasificación de volúmenes, eran menos interesantes que la propia lectura de los libros sobre los que versaban; por lo que, hasta cierto punto desencantado, tras muchos cuadernos cuadriculados repletos de ilustraciones más y otros tantos libros de química devorados, abandonó sus estudios dos años después de haberlos comenzado, para decepción de sus padres y desespero de una lánguida y dulce compañera de clase que jamás se había atrevido a dirigirle la palabra: tan solo urgentes suspiros y huidizas miradas rubias.


A pesar de la franca oposición de sus progenitores (y quizá por ello, pues tuvo que ganarse la vida por su cuenta), trabajó un tiempo en el diseño de cajas de juguetes, dibujando –en función del artículo– atrayentes rótulos, simpáticos animales o amables escenas que destacaran en las estanterías de las tiendas, por otra parte saturadas de productos infantiles cuyo gancho visual, en casi todos los casos, se basaba en imágenes fotográficas muy cuidadas. Sin embargo, la filosofía de sus jefes rechazaba semejante explicitud por obscena, siendo estos partidarios de una representación subjetiva del contenido de las cajas, estimuladora de la desbordante imaginación de los pequeñuelos y menos tosca que aquellas otras.


—Aquí tienes a Cucho, el pollo que salta a la comba. Quieren un grafismo aún más depurado que el de la princesilla hámster Eloísa. Buena suerte.


Había verdadera obsesión entre los directivos por respetar la normativa de producción y cuantos estándares de seguridad y calidad existiesen o fueran a aprobarse a medio plazo. El plástico estaba prohibido en la empresa: tan solo se fabricaba empleando materiales que ellos hubiesen querido para sí cuando apenas sabían hablar, como madera de camelio (cuyo aroma, además, se había comprobado que cautivaba a las madres inconscientemente) o tricorilparbamida, tan noble como extremadamente resistente al vómito de bebé, aunque cuarenta y tres veces menos barato.


Incomprensiblemente el negocio no prosperó, y tras la quiebra hubieron de presenciar con angustia y contenida rabia cómo cientos y cientos de cajas de maravillosos juguetes eran vendidas en pública subasta a precios ridículos; “casi a granel”, como se le oyó gemir al presidente de la empresa tras dar un sobresaltado respingo, cuando el mazo del subastador besó por última vez la mesita en la que se ventilaron sin miramientos granjas de ponis, caretas de gato, barritas de labios con sabor a manzana o sacos de la risa ecológicos.


En ese momento, el postrero objeto subastado, un saco, empezó a reír sin pausa, haciendo la retirada de los fracasados aún más vergonzosa, pues tanto el público como el maestro de ceremonias se contagiaron y no podían dejar de carcajearse, señalándolos con el dedo al verse incapacitados para disculparse. Otros sacos previamente subastados comenzaron a activarse histéricamente, en un perverso efecto dominó. Alguien logró ladrar que se activaban por simpatía. El futuro cofundador de Cuervolandia viviría siempre con la imagen de toda esa gente trastabillando calle abajo, doblados como demonios, llevando bajo el sobaco las cajas con sus dibujos estampados, que a veces se les caían al apoyar las palmas de las manos sobre sus rodillas, con las bocas abiertas y las caras teñidas de rojo colapso.


Algunas muñequillas fareras, al rodar por la acera, se te quedaban mirando fijamente con una extraña expresión en sus rostros de tricorilparbamida tallados por ordenador; y al dibujante de las cajas le pareció leer en ellos un “No importa ya” que le hizo pensar en sus padres, y allí mismo lloró con todos los demás.

miércoles, 4 de julio de 2007

Cherchez la femme

'Say Cheeeeeese'

Paseo por Cuervolandia, camino contemplando sus minaretes y torreones de corchopán repasando mis dientes con la lengua para eliminar de ellos el color del cuervo frutas y con las yemas de los dedos aún oliendo a sirope de arce.

Deambulo por sus avenidas de fantasía intentando propiciar un encuentro que quizá nunca se produzca, esperanzado y temeroso a la vez de volver a ver esos rojos labios, y ese abrigo gris. Paso al lado de un anciano que toma patatas y observa con mirada tranquila lo que pasa en derredor desde su banco, que semeja por un momento ser una suerte de trono universal o una atalaya cósmica.

Recorro las glorietas temáticas, discurro por los puestos del mercado gitano, avanzo entre las multitudes que salen de la montaña drusa o de Mondo Egypto, fluyo entre las masas de gente cerca del monumento a Milli Vanilli, las personas se me antojan cada vez más uniformes y monocromas. Sigue sin aparecer.... voy al embarcadero del lago artificial a ver si la puedo encontrar y sin embargo sólo encuentro envases de plástico de cuervoñigos y latas de cuervo frutas flotando entre las aguas negruzcas. Allí me detengo y escruto el entorno, quizá no hay que desplazarse, quizá ella sea una sugestión de mi traicionera psique, quizá sea mi desesperanza la que la convoque por algún extraño sortilegio. No sé por qué presiento que la encontraré si no la busco.

Me pregunto a mí mismo por qué lo hago, por qué necesito tanto verla si sólo hemos intercambiado un par de frases hechas y un poco de sirope.....

Me interrumpe la nueva clown en monociclo que me ofrece una cuervovisera, se la acepto, pero no me la pongo. Llamo desde mi móvil a la gerencia para renovar mi reserva de habitación 215 "Sueños Bávaros" del Cuervohotel, aunque casualmente me salió el contestador automático de un almacén de dentaduras postizas. Cuelgo.

Compro una vela, aún no me explico por qué y la enciendo en las cuervopalmatorias dispuestas a lo largo del paseo. La cera al arder desprende un olor a pachulí mezclado con naftalina e insecticida. Me pongo triste y me marcho del lugar.

Prohibido pescar los siluros.

Cuervo, cuervo, cuervooooooo