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31 de diciembre de 2023

HISTORIA DE UN CLIENTE (II)


"Debe pensar en ruso. Piense en ruso"


¡Los pajaricos a lo Jico en el avión, madre! ¡Ay, qué pena!

"¡Los pajaricos a lo Jico en el avión, madre!

¡Ay, qué pena!"


Era tanta la emoción que sentía, que casi no le supuso un esfuerzo refrescar los rudimentos de español con los que se había familiarizado en la asignatura “Lengua Extranjera” del colegio. No sabría decir por qué la escogió, viviendo en Japón. Tal vez le deslumbró su exotismo, su dificultad. Por entonces acababa de ver la película Firefox, en la que Clint Eastwood birlaba a una potencia extranjera un sofisticado avión de combate que se gobernaba con la mente, y solía repetirse: “debe pensar en español. Piense en español”. Fueron tres años en los que tomó contacto con el abecedario, vocabulario simple y sintaxis básica. Después, como vaticinaban sus padres que sucedería, se le pasó esa fiebre, aunque él sentía que el profesor casi le repetía los mismos contenidos cada curso.

 

El día fijado para el gran viaje parecía inalcanzable, a pesar de notarlo cada vez menos intangible. Meiko, su mujer, era consciente de esto y de muchas más cosas. Le decía: “Yonadera-san, se te va a enfriar la sopa”, y entonces él volvía en sí y dejaba de sonreír con esa fascinada manera de mirar el cuenco, sólo para seguir haciéndolo de otra forma algo menos entregada.

 

 

Se despidieron ante el control de equipajes del aeropuerto nipón. Llevaba sólo una mochila, porque había recibido por mail indicaciones de la organización afirmando que “ellos se ocuparían de todo lo necesario para facilitar su estancia”, aunque también era cierto que “no podían asegurarle una fecha exacta de vuelta por el momento”, pero que “confiara en ellos como lo había hecho antes, al contactarlos” y, entre otra serie de recomendaciones escritas en letra más pequeña, constaba que no se olvidase de llevar un jersey amarillo en el equipaje de mano. El final de cada mensaje incluía el dibujo del extraño cuervito que había visto por primera vez en aquella huidiza página de Internet, y pintada después en el muro de una callejuela saturada de publicidad. Inexplicablemente, dichos correos electrónicos desaparecían de su ordenador al poco tiempo de ser leídos, por lo que debía concentrarse en ellos para no olvidar las cosas “importantes”.

 

Casi a punto de separarse, Meiko le dijo: “Ay, Hosei. Todo esto me da un poco de nervios... Ya me irás diciendo cómo van las cosas. Recuerda que… te espero aquí”. Él no comprendía bien sus emociones, pero ella temía que el influjo de Kueruborandia, fuese lo que eso fuese, lo capturase. Incluso había pactado consigo misma ir a buscarlo a la lejana España. Al mismo desierto donde parecía estar situada esa extraña... instalación, si fuese preciso. Se recordaba preguntándole “¿pero qué es, Hosei? ¿Qué es ese sitio? ¿Por qué el viaje es gratis? ¿No será un flashmob piramidal de esos?” Y a él, respondiéndole “tranquila. Por lo que me consta, es un lugar especial... No lo sé, no dan muchos datos. Pero tengo la convicción de que debo ir. No te preocupes, estaré bien”.

 

Sin embargo, lo veía tan contento que sus recelos se disiparon, y tampoco deseaba transmitirle una inquietud innecesaria.

 

Una vez accedió al área de embarque, ya sólo, se sintió realizado. Por haber llegado ahí y haber sido capaz de alcanzar ese estado de singularidad. No, el viaje no era gratis. Le costó mucho esfuerzo conseguir el billete... Esto era algo personal, entre él y el cuervo. Nadie más lo entendería, porque tampoco él mismo podía hacerlo del todo.

 

 

A través de los ventanales, el día gris y plomizo servía de escenario para los despegues y aterrizajes de las aeronaves. Uno de los aviones que se desplazaban por la pista iba rodeado de una bandada de aves oscuras, que se dispersaron en cuanto las vio. Miró a ambos lados del amplio recinto. Allá a la izquierda, hacia el fondo, apenas había gente en las puertas de embarque. “Qué curioso”, se dijo. Y al dirigir su atención a esa zona un poco más, vio una figura haciendo señas con las manos. No puede ser. ¿A él? Pues parece que sí. Yonadera sonrió y decidió acercarse rápidamente, pero al llegar allí se le congeló la cara. Un hombre de mediana edad con maquillaje blanco y una vestimenta muy rara (más tarde sabría que era de arlequín), le dio un largo e inopinado abrazo. Mientras caía en la cuenta de que esa situación era un tanto incómoda, notó una molestia en el abdomen.

 

—Disculpe, es mi mandolina. Pongo el mástil para acá, ajá… Ahora, jeje.

 

A pesar de no entender, intentó balbucir algo como respuesta, pero no le salía. Seguía manteniendo un rictus de sufrida sonrisa. Entonces ese extraño señor, que además tenía tatuajes, sacó un papelito enrollado del bolsillo, lo extendió con cierta dificultad y dijo con un vozarrón emocionado:

 

—Boku namae wa Pako desu! Kueruborandia e yōkoso!

 

Y para su sorpresa se puso, aunque fue contenidamente, a llorar de contento. Notaba un ligero temblor en esa mano de uñas lacadas en negro mientras le apretaba el brazo con afecto.

 

A partir de entonces, se reconocieron aunque nunca se habían visto antes y las cosas fluyeron. Había pasajeros de otros vuelos mirándolos con curiosidad y hasta desaprobación, pero no le importó. Paco se esforzaba por hacerse entender, y él comenzaba a desenredar su ovillo de neuronas román paladinas. Recordó la voz infantil que le decía: “debe pensar en español... Piense en español”.

 

Mediante ágiles señas manuales, y sobre todo hablando lentamente y en voz muy alta, el bueno de Paco el arlequín pudo hacerle comprender que el avión estaba en tránsito por la pista, a punto de llegar para su acoplamiento con el finger. Simultáneamente, una repetitiva estridencia que parecía haber estado oyéndose siempre de fondo —gañíí, gañíí-ga—, alcanzó la entidad suficiente como para perturbar la atención que requería la conversación y que girasen sus cabezas hacia la fuente del irritante sonido. Ya tenían a Jacquelynne, montada en su monociclo, lanzándoseles prácticamente encima. Se vieron forzados a pararla con los brazos un tanto bruscamente, y aun así ella perdió pie, no pudiendo evitar que el pintoresco vehículo se desplomase sobre las espinillas de ambos.

 

Según caía, abrazó al pasajero en ciernes dando un grito de alegría. Lucía, ladeada, una boina a cuadros de ajedrez. Su sonrisa lo deslumbró, y leyó, no sin dificultad, la plaquita identificativa que ella llevaba: “Jac-q-que-ly-n-ne”.

 

—¡Kyaa! ¡Hola hola! ¡Hola hola! —sólo acertaba a decir ella, encantada de la vida.

 

“Casi se mata, pero parece encantadora”, pensó él. Aún estaba desconcertado por el júbilo que parecía suscitar en tan peculiares personas cuando se vio coronado por una insólita visera de cartón con que lo invistieron rápidamente, ligera y ajustada a la cabeza por una goma. ¡Imitaba graciosamente la cabeza de un cuervo, con su pico y todo!

 

—Kue-ru-bo-bi-se-raaa. Kuerubobisera —le instruyeron, al tiempo que sus ojos se agrandaban como los de un niño. 

 


Entre una cosa y otra, el arlequín atendió una rápida llamada a su teléfono móvil, hizo un gesto a Jaquelynne y esta comenzó a hacer sonar una bocina escandalosamente. ¡Pabú, pabú! ¡Pabúúú! Todo el mundo allí los miraba, pero Yonadera ya no creyó percibir desdén y malestar en esas caras, sino simpatía y sentido de la maravilla. Fue así como supo que el embarque había comenzado y se dispusieron a atravesar la pasarela hacia la aeronave, previo franqueamiento de un torno de acceso metálico, rígido y algo oxidado, cuyo penetrante sonido ("clak-clak-catack") lo acompañaría desde entonces para siempre. Le impresionó bastante el aspecto interior de la pasarela, repleta de extravagantes y cautivadores dibujos en blanco y negro de aire primitivo, ancestral: aves egipcias, seres humanos esquemáticos en las más sorprendentes posiciones, rostros que parecían reír o tal vez todo lo contrario, misteriosos gatos… Infundían respeto y fascinación, pero no resultaban atemorizantes.

 

Al entrar en la aeronave, se dio cuenta de que era uno de los últimos pasajeros en acceder. “Pero si llegué bastante a tiempo al aeropuerto… No lo entiendo”. Ocupó el asiento indicado en su billete y sus dos acompañantes hicieron lo propio. Entonces, unos cuervoazafatos rapados como marines, ataviados con un elegante uniforme negro y camisa de cuello blanca, cerraron la puerta, certificando así que tras él ya no subiría nadie más.

 

Ya estaba allí. Ya estaba a punto de viajar a ese lugar añorado, a esa flor del desierto, y se sentía ilusionado, pletórico. La voz de la piloto, hablando por megafonía con un tono tan atropellado como desganado, hizo que volviese a centrar su atención.

 

*BRTFXXñiiiiiiii…* “Bienvenidos a bordo del vuelo chárter FUK Fukuoka – CVL Cuervolandia, les habla la comandante. Es un honor poder realizar un viaje así con ustedes a este lejano destino. Espero que sea de su agrado. El personal de a bordo queda a su disposición para cualquier petición. Durante el trayecto, el servicio de catering les ofrecerá merienda, desayuno y sesión vermú. Muchas gracias.

 

Buelconborflai fu-fukuoka clevelandia comanderespiquin… prívileich to can rialais sachtrip faraguay. Bueiting yorplesha. Personnonbod at yordispousha anirecués. Guay flaing, catringsevis ofers branchfast an vermouz yamsesion. Zanksalot”. *FRKT*

 

Apenas pudo comprender algunas palabras en español e inglés que se esforzaba por interpretar. Pero, a continuación, la locución continuó inesperadamente:

 

*BRTFXXñiiiiiiii…* “Señor Yonadera Hosei, este es un mensaje para el señor Yonadera Hosei”. *FRKT*

 

(Se hizo un silencio absoluto en el aparato)

 

*BRTFXX* “¿Ha traído con usted un jersey amarillo? En otro caso, no podrá volar. Repito: ¿ha traído con usted un jersey amarillo?

 

Mista Iondera Hussein, dismesach fo Mista Iondera Hussein.

 

Hafiu brot hielouyérsein güizllu? Oderguays yu no eibol tuflái. Ripiting: Hafiu brot hielouyérsein güizllu? *FRKT*

 

Tardó unos segundos en asimilar la situación. Al igual que en un sueño, sin ser dueño de sí mismo, intentó abrir la mochila que llevaba consigo como único equipaje. Le costó desabrocharse el cinturón de seguridad porque le temblaban los dedos. Deslizó la cremallera, rebuscando en el interior cual poseído (se notaba la cara ardiendo) para extraer, triunfal, un jersey amarillo bastante arrugado que alzó de pie, sin saber a quién mostrarlo exactamente. Su cabeza se movía como la de un pájaro, a la expectativa.

 

Tras unos instantes que parecieron suspendidos en la eternidad, todos los ocupantes del avión se giraron hacia su asiento estallando en gritos y vítores, seguidos de una gran ovación. En ese momento se percató de que él era el único pasajero real (cosa que, de alguna forma, no le sorprendió mucho), y el avión arrancó con fuerza para despegar.

27 de febrero de 2021

Gerente por un día (Nº 5): Anagnórisis / Spin off

 

Nos complace sobremanera poder contar de nuevo con la sección "Gerente por un día" en Cuervolandia, en este caso de la mano de nuestro atento lector y colaborador Chilindrotes, procedente del Llano de los Hornos, Zihuatanejo.

Muchas gracias, Chilindrotes. Esperamos que no sea esta su única gerencia interina... ¡Marchando estas dos piezas de Cuervoatmósferas rotundas como la copa de un pino!

 

 

'No cantaré hoy para celebrar vuestra singladura, 
pues os deseo un seguro retorno'

 

Anagnórisis


He visto cosas que no creeríais… He visto la Llave Única que abre portales a mundos incomprensibles hasta para el que más sabe de los Gerentes. He visto elevadores hechizados, capaces de convertir en orate al más flemático de los matemáticos. 0, -1, 1, 00, 2, 01, 3… Al contemplar tal sucesión numérica, sin orden ni concierto alguno, enloquecen sin remedio. Pero nada de lo que he visto es comparable con este nuevo mundo que se ha abierto ante mis ojos. Un mundo de chirriantes atracciones de feria, correosas piruletas y desvencijados letreros señalizadores. Todos los seres que en él habitan, desde Maximilian, el más cuerdo de los piruleteros, hasta Cubero, el más intrigante de los contables, bailan al son que tocan tres gerentes dementes. Tras leer la última historia pergeñada por sus maquiavélicas mentes, de algún modo lo sé. Sé que un día cogeré mis bártulos y me iré en busca de ese lugar semioculto entre la bruma del desierto de los Monegros. Pues, cual Agláope seductora, un graznido me llama a través de lejanos y viejos altavoces…

 

 

 

'Houston, ¿me reciben?
Houston, contesten, por todos nuestros ***tos  ancestros'


Spin off


Cuenta la leyenda que uno de los gerentes de Cuervolandia estuvo durante un tiempo en posesión de la Llave Única. Cierto plomizo día en el que no tenía nada mejor que hacer, se decidió a abrir uno de los portales mágicos. Al entrar, aparentemente todo era normal: vestíbulo amplio y luminoso, buzones en la pared lateral...Cruzó el vestíbulo y entró en el ascensor.

{0, -1, 1, 00, 2, 01, 3…} ”Calma” -pensó-. ”Afortunadamente soy de letras, este hechizo no me afecta en modo alguno”. No obstante, una gota de sudor frío recorrió su frente y no pudo evitar que sus piernas temblequeasen como juncos movidos por el viento. Salió del ascensor y se dirigió con paso vacilante hacia la puerta color lapislázuli con ventana de ojo de buey que tenía ante sí. Pero no pudo entrar, pues se había olvidado en el despacho la dichosa pildorita roja, sin la cual no era posible traspasar la puerta.

- “Mecachiiiss. Ahora tendré que volver otro día. ¡Menuda faena!”

Contrariado, volvió sobre sus pasos. Nunca más volvió a cruzar aquel portal. Ese mismo día, la Llave se deslizó del bolsillo de su pantalón de lino beige, cayendo por una alcantarilla semiabierta. Desde entonces, su ubicación es todo un misterio.


30 de enero de 2021

Endgame

 


 'Hierofanta'

 

Capítulo final de la saga 'Conjunción letal'. La quinta dosis es la que cierra el círculo y la que permite alcanzar la inmunidad de la bandada de cuervos ante las historias que nos endosan gestores bancarios, agentes de seguros y políticos varios. Apriétense la goma con los dientes y preparen la vena.


Cuervolandiaaaa…

La mujer se bajó del SEAT 600, saltó sobre Quintanaurría y le plantó un largo beso en la boca. En calidad de atónito y azorado observador de esta escena, no pude sino darme la vuelta pudorosamente y esperar un minuto y medio mientras observaba el lugar donde se desarrollaba esta escena surrealista que estaba viviendo en estos momentos.

Estábamos en algún lugar del desierto de los Monegros, concretamente en el parking semivacío de un extraño parque de atracciones cuyo nombre era anunciado por lejanos y viejos altavoces… No era un lugar desagradable, pero me producía cierto inquietante desasosiego, probablemente porque a pesar de no estar comunicado por ninguna carretera con ningún sitio, el lugar tenía parking y había algunos coches aparcados. Estábamos a 24 de diciembre y eran las 14:30.

Habíamos llegado andando hace dos horas, Quintanaurría había trazado con tiza un círculo en el suelo con extraños símbolos rúnicos y llevaba largo rato haciendo una especie de conjuro que incluía ofrendas, exvotos y cánticos en lenguas desconocidas.

Mientras él bailaba y cantaba dando vueltas a su círculo, yo aún seguía dándole vueltas a mi cabeza, había hecho examen de conciencia y me preparaba para asumir con entereza el destino que, al parecer, estaba escrito para mí en las estrellas.

Según la constelación que rigió mi nacimiento, dentro de una hora y 28 minutos va a aparecer en medio de esta nada una persona que me disparará un tiro en la frente. Por la trayectoria de los disparos anteriores probablemente lo hará a una distancia de aproximadamente un metro, apretará el gatillo con la mano derecha y yo, al igual que las otras 12 víctimas, recibiré el disparo en una posición relajada y sin signos de defensa, dolor o temor, por lo cual sospecho que estaré sumido en una especie de trance hipnótico o bajo el efecto de una droga. Cuando haya acabo su cruel misión, esa persona dejará una nota sobre mi cadáver con mi hora de nacimiento, las 15:28, escrita con una Olivetti Lettera 2000.

El motivo de mi asesinato se me presenta aún borroso, porque por una parte entiendo que la persona que me asesinará lo hará porque comparto mi destino con otras doce víctimas que han nacido bajo una conjunción letal, aunque, tras la lectura de la leyenda Chorotega del volcán Massaya, empieza a tomar forma en mi cabeza la sospecha de que mi muerte obedece a un plan más elaborado en el que las doce víctimas, el asesino y yo somos simples peones en una partida concebida hace mucho tiempo.

En medio de mis pensamientos oí el ruido de un motor a lo lejos. A medida que el ruido se hizo más fuerte y nítido, apareció por el horizonte un SEAT 600 pintado con rombos blancos y negros que tardó un rato en llegar, y cuando aparcó justo delante del círculo, contemplé estupefacto que iba conducido por el musculoso arlequín de la cafetería.

El arlequín saludó a Quintanaurría desde el volante. De repente se abrió la puerta del copiloto y descendió del coche una mujer menuda, de unos 67 años, con el pelo muy rizado, casi afro, con unas gafas de sol grandes y redondas, chaleco, pantalones bombachos holgados y llena de anillos, collares e innumerables abalorios.

-¿Qué pasa, Quiiiin? ¡¡Tíooo, cuánto tiempo que no me invocas!! 

Sin dar oportunidad a la réplica, saltó sobre Quintanaurría y le plantó el tremendo beso en la boca con el que ha comenzado este relato.

-¡¡Qué bien besas, ladrón!! ¿Me has preparado lo mío?

Quintanaurría hizo una señal, el arlequín sacó una nevera portátil del coche y preparó un litro de calimocho. La mujer se sentó en el suelo, justo delante del círculo que Quintanaurría había trazado, y se sirvió un vaso mientras Quintanaurría ofreció lo que yo prefiero interpretar como un cigarrillo, para no verme obligado a detener a quien quizá fuese mi única oportunidad de descubrir la verdad de todo este enloquecido caso. Una vez acomodada, me señaló mirando a Irving.

-¿Quién es esta prenda? -dijo mostrando una sonrisa llena de braquets.

-Inspector Lucas, le presento a Chaciutique, diosa nicaragüense del fuego y guardiana del volcán Massaya, a la que intuyo querrá usted hacerle muchas preguntas...

-Encantado de conocerla -dije yo, intentando disimular mi estupefacción. A estas alturas la lógica ya estaba fuera de la partida, pero si quería resultados, tenía al menos que seguirle el juego a Quintanaurría…

-¡¡Qué educao eres, tronco!! Apaláncate una birra y yo te explico lo que quieras... ¡Y llámame Chaci, porfa, que mi nombre completo se os hace siempre bola a los humanos!

-Está bien -dije intentando no pensar en lo ridículo de la situación-. ¿Qué es la conjunción letal? ¿Por qué me van a matar dentro de… 45 minutos?

-Así me gusta cariño. ¡Al grano, que el tiempo apremia!

Chaciutique dio una calada al “cigarrillo” y dijo:

-Porque tú eres el último sacrificio que hace falta para que se rompa el hechizo de la sinvergüenza de Nequepio…  Sí, ya sé que te has leído la historia.

-¿Qué clase de trato hicieron Nequepio y usted?

-¡Que me trates de túu, hombre ya! ¡¡Relajaté, que eres un afortunado!! ¡No sabes la envidia me das, que te matan en una hora! Yo aquí toda la eternidad existiendo y estoy hasta los ovarios… Bueno, al loro, yo lo que pacté con esa golfa era que, si yo le salvaba el culo a su novia, ella me sustituiría como guardiana del inframundo por lo que queda de eternidad…

    Yo cumplí mi parte y convertí a ambas en una pieza de cuarzo viva que las mantendría unidas para siempre, y así yo podría por fin tener una existencia terrenal de persona mortal y vivir la vida sin tener que estar en ese **to volcán, e irme de fiesta en fiesta hasta que el cuerpo aguante… Pero algo salió mal y aquí me tienes, sólo salgo a dar una vuelta cuando colegas como Quinta me invocan para darme un alegrón de vez en cuando.

En este instante, la deidad apuró de un sorbo largo el tubo de calimocho, y tras exclamar "¡¡Ahhhh, que buenoo!!", retomó la historia.

-Bueno, amor, pues acelero antes de que te apiolen. Resulta que el machista maltratador del Rey Nangue encuentra el corazón y las separa, y para que vuelvan a juntarse son necesarios 13 sacrificios de personas nacidas en la conjunción astral que ya conoces, y nada, macho… que te toca… Tómate una, que te va a hacer falta… -dijo extendiéndome una cerveza y cogiéndose otra para ella.

Iba a abrir la lata y tomármela cuando me vino una idea a la cabeza…

-Niyujui no quiso, es eso lo que salió mal, ¿verdad?

Chaciutique me miró y su rostro demudó en un gesto entre triste y serio…

-Eres muy perspicaz, Lucas. El trato era con Nequepio, a ella sí la podía obligar a ocupar mi puesto en el volcán, pero a Niyujui no… Cuando hicimos el pacto, Nequepio me dijo que Niyujui estaría de acuerdo, pero no era así; cuando se tiró al cráter agarró a Niyujui contra su voluntad y la forzó a estar unida a ella por toda la eternidad, convertida en cuarzo… Si la vida eterna es un castigo de por sí, estar atada a otra alma por toda la eternidad me parece una crueldad aún más terrible… Al principio me cabreé tanto que intenté matarlas a las dos y entré en erupción durante tres días, pero el hechizo ya estaba hecho, ambas eran una pieza de cuarzo inmortal… y si no querían ambas vigilar la puerta del inframundo, tendría que quedarme yo en mi eterna condena, aunque involuntariamente ese cretino del Rey Nangue, al tirar la piedra contra la roca sagrada, solucionó el problema: las separó y ahora una busca a la otra, y la otra intenta evitar la unión…

-¿Las víctimas lo sabían?

La deidad Chorotega se puso a cantar en bajito, casi susurrando una especie de mantra monocorde.

En ese momento, intervino Quintanaurría.

-Efectivamente, Angélica Pinni Lestrade era amiga de Itziar Montero. Cuando Itziar le contó las antiguas leyendas chorotegas que le había narrado su abuela, Angélica se entusiasmó con la idea de publicarlas en un libro... Sin saberlo, se desencadenó una sucesión de acontecimientos que conectaron a muchas de las víctimas entre sí. Todos los relacionados con ese libro nacieron bajo la conjunción letal y todos fueron muriendo en el día y la hora exacta de su destino… Puede que todo sea una trama de Nequepio o una simple casualidad, pero el caso es que sí se conocían…

Miré el reloj, faltaban 5 minutos.

-Posiblemente muera pronto, pero antes quiero poner las cartas sobre la mesa…

    Usted no es Irving Quintanaurría, en realidad todo este tiempo estuve hablando con un péndulo que posee a su poseedor. Estuve hablando con Niyujui y a esta hora no sé cuál es su plan, no sé si va a juntarse con la otra parte del péndulo y completar el hechizo, no sé qué pintan aquí ese arlequín y la diosa del fuego, no entiendo su loco plan y el tiempo se acaba...

Quintanaurría se acercó a mí, y entre lágrimas me dijo:

-Efectivamente, soy Niyujui... Espero que un día me puedas perdonar por lo que te he hecho, y por lo que voy a hacerte ahora. Llevo toda la vida huyendo de mi destino, pero ya ha muerto demasiada gente…

Súbitamente, Quintanaurría se sacó el péndulo del bolsillo y, empujándome al centro del círculo que había trazado en el suelo, me dio un golpe seco con él en la cabeza...

Acto seguido, Chaciutique dio una calada a su extraño cigarro y expelió por su boca una espesa nube de humo que me impidió ver  lo que sucedía a mi alrededor, hasta que de repente oí una voz femenina...

-Buenas tardes, ¿inspector Lucas? Tenemos una cita ahora…

La voz provenía de una extraña pero hermosa mujer, que apareció de la nada vestida con un abrigo rojo,  y me miraba a los ojos apuntando a mi frente con una 38.

Entonces todo pasó rapidísimo: el arlequín musculoso intentó agarrar a la desconocida y esta, haciendo una llave de artes marciales que no había visto en mi vida, lo lanzó varios metros hacia un lado. En ese instante de distracción, Chaciutique cogió de la mano a Quintanaurría y se esfumaron en el aire, confundiéndose con el humo del cigarro que había dejado en el suelo… "¡¡¡Buena suerte, figura!!!…" -acerté a oír a lo lejos...

La bella mujer volvió a apuntarme a la cabeza. Su mirada reflejaba que no era nada personal.

En ese momento me invadió una sensación de profunda paz y relajación. No entendía nada y a la vez lo entendí todo... Desde ese estado de elevación espiritual inspiré profundamente, y al espirar, mi mente contempló atónita cómo de mi boca brotó sin control alguno la palabra...

-Proceda.

 

Bang

 

Luz

 

Silencio

 

EPÍLOGO:

 

El 24 de diciembre de ese año, una fuente en la selva nicaragüense dejó de manar agua salada.

El inspector Lucas fue encontrado por un misterioso arlequín sólo y amnésico en medio del desierto. Tenía una extraña cicatriz en la frente y llevaba en su mano lo que parecía ser un péndulo verde con una bala del 38 incrustada en su interior. La línea del destino de su mano derecha presentaba una bifurcación que antes no tenía.

No volvieron a aparecer más víctimas que siguieran el patrón de la constelación letal, y el caso se archivó sin resolver en una nave administrativa de Aranda de Duero.

La puerta del averno del volcán Massaya no aparecía guardada por nadie; sin embargo, las almas condenadas y los demonios que allí habitaban no se escapaban, porque una extraña piedra de cuarzo verde asumió las funciones de guardiana.

El libro Antiguas Leyendas del Momotombo fue visto por última vez en la estación de autobuses de Nimes, víctima sin duda de la moda del bookcrossing.

Irving Quintanaurría fue visto por última vez analizando manchas antropomorfas que aparecían en diversos locales nocturnos de Benidorm. Iba acompañado de una hippie de mediana edad que se mostraba imbatible bebiendo roncolas en los karaokes ingleses de la zona. Ambos parecían vivir algo parecido a un romance.

El espíritu de Niujuy, libre ya de su prisión de cuarzo, vaga por el mundo apareciéndose de vez en cuando como un invisible sentimiento de cariño y bienestar que aparece en momentos inesperados por las atracciones de Cuervolandia.

De la mujer del abrigo rojo no hemos vuelto a tener noticia.

 

FIN

 

La gerencia informa de que el próximo 7 de febrero, el gerente ponente de esta revitalizadora saga nos regalará un "truecumentary" o 'making-of' de la historia, con la participación de varios de sus protagonistas. Será la guinda del pastel y nos permitirá una gozosa metacomprensión de los quiénes, los cómos y los porqués. ¡Graznad, graznad, malditos!

16 de enero de 2021

Pendular


 
'Gran diosa del volcán: sé testigo,
con tu ardiente ojo, de mi magnificencia' 
 

Cuarta parte de esta rompedora saga. La hilandera que maneja con soltura las tijeras les grita "¡más garbo!" a sus dos hermanas. Su nervuda y ávida mano está deseando realizar el trabajo que le corresponde. No es menos importante que el de las otras, pero sí el menos valorado por esos hilillos egoístas, de mil colores, que se lían continuamente. Ya llegan a ella, ya falta poco... Así debe ser...


Cuervolandiaaa

El hombre musculoso vestido de arlequín escribía con una pluma de ave en un enigmático diario, al tiempo que con su mano libre apuraba una copa de coñac pequeña llena de brandy con anís, mezclados en iguales proporciones. Tras meterse el lingotazo entre pecho y espalda, se secó con cuidado una lágrima de la mejilla, cerró el libro, pagó y abandonó el local diciendo:

-Hasta pronto, Irving.

Quintanaurría le sonrió y se despidió con la mano.

-Hasta pronto, Paco.

En otro momento y lugar, este hecho que comento me habría parecido extraño, surrealista y bizarro, pero lo cierto es que no estábamos en otro momento y yo llevaba cinco horas conduciendo por carreteras que no vienen en ningún GPS, siguiendo la dirección marcada por el péndulo de cuarzo verde de Quintanaurría hasta  que las carreteras se conviritieron en caminos, los caminos en senderos, los senderos en cañadas y las cañadas en páramos, hasta llegar a ese misterioso bar abierto a las tres de la mañana que señalaba la entrada al misterioso y bello desierto de los Monegros.

Irving se fue a dormir al coche, pues dijo que mañana sería un día duro. Faltaban 12 horas para mi presunto asesinato a las 15:28 y, como es lógico, yo no tenía  sus ganas de dormir, dado que mis pensamientos se arracimaban en mi cabeza a velocidad acelerada y mis párpados se negaban a abrazarse a pesar de mi evidente cansancio.

Para calmar mi ansiedad, abrí mi dossier sobre los crímenes de la Conjunción letal y posé mi vista en el caso número uno, la primera víctima encontrada: Marcelo Cedrón Panikoulas, un Arousano con raíces cretenses que regentaba una próspera quesería.
Una persona en apariencia anodina y cuya vida era completamente normal, salvo por dos pruebas encontradas en el registro de su domicilio que no encajaban con la imagen de ciudadano común que pretendía proyectar. La primera y más importante es que Marcelo figuraba en los registros de la policía como comprador del arma que fue usada para su propio asesinato y para los que acontecieron en los meses posteriores; y la segunda la tenía ahora mismo en mi mano y era un pequeño libro, con encuadernación de lujo en  piel y oro, que se podría considerar una rara pieza de coleccionista.

El libro, titulado Antiguas leyendas del Momotombo, no constituía una prueba de por sí; simplemente era el libro que la víctima tenía en su mesilla de noche y, por muy exhaustivas que sean las investigaciones, los policías no solemos leernos las bibliotecas de los escenarios del crimen. Sin embargo, la rareza del ejemplar despertó mi curiosidad e hizo que lo guardara en el dossier para estudiarlo más tarde. Mi insomnio decidió que era un tema suficientemente aburrido como para intentar anestesiarme con él y lo abrí por el punto de lectura que tenía marcado el Sr. Cedrón.

La leyenda del volcán Massaya:

Una tradición oral de los indios Chorotega cuenta que el Rey Nangue estaba casado con una bellísima princesa de la tribu vecina, la joven Niyujui. Tenía una larga melena y unos preciosos ojos verdes que eran únicos en su tribu. El rey, como muchos hombres poderosos, confundía amor con posesión y sentía unos celos tremendos de su hermosa mujer. 
 
Por desgracia para todo el reino, esos celos no carecían de fundamento.
En efecto, la princesa Niyujui de claros ojos y sedosos cabellos amaba a otra persona y era correspondida. El objeto de sus amores era nada menos que Nequepio, la hermosa hermana del rey, famosa en todo el país por su extraordinaria elocuencia y sus artes de hechicería.

Un día pasó lo inevitable: el rey encontró a su mujer y a su amante entregadas a la pasión en un claro de la selva, vestidas tan solo con la luz de la luna y, loco de dolor y celos, decidió castigar a las adúlteras de la única manera posible, sacrificándolas a la diosa del fuego Chaciutique, tirándolas al interior del volcán Massaya.

En el momento del sacrificio, Nequepio conjuró a la diosa para que la mantuviera siempre unida a su amada en el otro mundo. Zafándose de los sacerdotes, se abrazó a Niyujui y se abalanzaron ambas sobre el cráter.
Compadecida de su amor y enfadada por la reacción del rey, la diosa Chaciutique hizo que el volcán entrara en erupción durante tres días. Cuando al fin se enfrió, los Chorotegas encontraron entre las cenizas una piedra de cuarzo verde como los ojos de la bella Niyujui, y se la llevaron al rey.

El Rey Nangue, al verla, reconoció el hechizo de su hermana y, enloquecido, arrojó violentamente la piedra contra una roca que había en el centro del pueblo. El cuarzo se partió en dos y de la roca empezó a brotar una fuente de agua salada por las lágrimas de las amantes separadas.

El Rey Nangue lanzó una parte del cuarzo al océano Pacífico y la otra parte al Atlántico, en la tierra de los Mískitos, para que las que le traicionaron nunca pudieran volver a verse.
 
Desde entonces, cuenta la leyenda que ambas piezas de cuarzo viajan por el mundo buscándose una a la otra y se guían mutuamente, cambiando los destinos de quienes las portan...
 
Tras leer este libro, mi mente empezó a atar cabos. Miré quién lo había escrito y  vi que era obra de Angélica Pinni Lestrade, la víctima número 6, pero el libro había sido impreso en la imprenta de Jesús Cortezo, que fue la víctima número 3, y el ISBN pertenece a Ediciones Fernández-Mildavia, la número 4... La leyenda se desarrolla en Nicaragua, lugar de origen de Itziar Montero Arróstegui….

Quintanaurría me despertó y miré el reloj: eran las seis.

-¿Ha descansado?

Yo asentí.
 
-Vamos, ahora toca caminar…

Pagué y dejé propina a la enigmática camarera, que me miraba de manera muy fija con sus ojos verdes. Al recibirla, me dijo:
 
-Muchas gracias… Hasta muy pronto.
 
 
CONTINUARÁ
 

6 de enero de 2021

Kübler Ross


'Duelo bajo la miríada de soles'
 

En este tercer episodio, las ruedecillas dentadas del mecanismo de nuestras vidas siguen girando... por ahora.

 

Cuervo, cuervo, cuervo…

Cuando llegó el informe del registro de nacimientos del hospital, se confirmaron mis peores sospechas: nací el 23 de diciembre de 1973 a las 12:25… Irving Quintanaurría vino a anunciarme mi asesinato.

Al principio me mostré escéptico.

Me levanté de mi silla, apagué los micros y las cámaras, cerré la puerta por dentro y bajé las persianas de la sala de interrogatorios. Me volví a sentar delante de la mirada impasible de Quintanaurría, que aparte de haberse guardado el péndulo, permanecía en silencio, en la misma posición, sin mover un músculo de su cara…

-Esto que me está contando no es real, seguro que se trata de un error. Igual es una casualidad o está moviendo usted el péndulo... No sabe la de graciosas teorías de la conspiración que se oyen cada vez que hay dos asesinatos más o menos seguidos… Simplemente es una coincidencia y su teoría no se sostiene. Esto es una comisaría de policía y yo preciso evidencias científicas, no conjeturas pseudocientíficas ni cuentos de hadas…

Es más, ¿cómo sé yo que usted no es el asesino? Sabe datos importantes y conoció a la señora Arróstegui. ¿Cómo sé que el venir aquí no forma parte de un burdo intento para buscarse una coartada?

Irving me miró y dijo:

-Efectivamente. Usted no lo sabe, y no tiene ningún tipo de prueba que me incrimine… Puede elegir y decidir si hacerme caso o no, incluso puede detenerme si quiere, pero eso no va a cambiar lo que ha visto. Usted nació bajo la conjunción letal y lo que sí es seguro es que es dificil que salga de esta situación sin ayuda, inspector…

Miré a Quintanaurría y mi ira no hizo más que aumentar. No suelo perder los nervios en los interrogatorios, pero me miré a mí mismo haciéndole caso a un lunático con un cucurucho en la cabeza, un ridículo péndulo y unos mocasines con maravedíes en la trabilla… y de pronto dejé que la rabia me poseyera. Di un puñetazo en la mesa que hizo un sonoro estruendo, y como una exhalación cogí a Quintanaurría del cuello de su camisa y lo levanté un palmo de la silla donde estaba sentado. ¿Es esto una broma? ¿Una cámara oculta? ¿Acaso se está riendo de mí….? Llevo semanas enteras sin dormir apenas, intentando analizar cada cabo suelto de un complicado caso de asesinato múltiple y viene un fantoche, un fenómeno de feria, a decirme que moriré mañana, por no sé qué teoría estrafalaria… ¿Tan idiota cree que soy?... ¿Por qué hace esto? ¿Para qué lo hace?

Quintanaurría contestó con un hilo de voz…

-Se lo debo a Itziar… ¡¡Ella tampoco me creyó!! 

Dos lágrimas recorrían sus mejillas.

Lo miré a los ojos y me avergoncé inmediatamente de mi reacción… Itziar Montero Arróstegui, la víctima número 12, una joven de origen nicaragüense, era profesora de física en un instituto de la zona. Una vida ejemplar de superación a través del estudio había forjado en ella un carácter escéptico y racionalista, según los testimonios de sus familiares, compañeros y amigos, 

Sin embargo, esta persona tan racional quiso conocer el momento de su muerte consultando su carta astral; al analizar su cadáver se descubrieron en su cuerpo varios tatuajes de protección sefiróticos y ocultistas, y en sus ropajes se encontraron diversos amuletos chamánicos de procedencia desconocida…

Ella había intentado escapar de su hipotético destino acudiendo a prácticas de las que siempre renegó… Tenía miedo, no quería morir, sabía la hora de su muerte y aun así su balazo en la frente lo recibió en una calle concurrida, sin que nadie viera nada y sin que ningún dispositivo de vigilancia apreciase la más mínima alteración o imagen acusatoria.

-¿Pedimos un café? -sugerí con gesto reconciliador…

-Con leche y azúcar, por favor.

Pedí dos cafés.

En la breve pausa que siguió, Quintanaurría y yo permanecimos en silencio, él sentado de nuevo en su silla y yo de pie, dándole la espalda y mirando fijamente el falso espejo de la sala de interrogatorios cuya cortina había bajado, dejándolo totalmente cegado.

Trajeron dos vasos de café, los tomamos en silencio y me volví a sentar frente a Irving.

-Está bien: supongamos, y sólo supongamos, que tiene usted razón. Si el día de mi asesinato es mañana, sólo tengo que estar a esta hora en la comisaría y dejar que mis agentes se hagan cargo del asesino cuando venga a matarme...

Quintanaurría recuperó su tono neutro y me contestó.

-Eso no va a servir. Arróstegui, Cortezo y Pinni fueron asesinados en calles concurridas; Marosa lo hizo en un estadio, en un partido al que acudieron doce mil espectadores sin que nadie haya podido identificar al asesino, y los que se intentaron ocultar tampoco corrieron mejor suerte… Fernández Mildavia apareció en su refugio antiatómico con el mismo tiro en la frente y la misma nota que los demás… No se trata de un asesino común, Inspector. No se le puede atrapar con medios comunes, si es que se le puede atrapar.

Algo en el fondo de mi mente se quebró en ese momento. Puse la cabeza entre mis manos y lloré, lloré como nunca antes lo había hecho. Las lágrimas liberadoras brotaban de más allá de mi mente, quizá de esa parte de mí más atávica, irracional y primitiva que sabía que Irving tenía razón. Que estaba sentenciado y que era seguro que mañana iba a morir.

Pasaron delante de mí fragmentos de mi vida, mis primeros pasos, el abrazo de mi madre, las risas y lágrimas con mis amores y amigos, mis desilusiones, mis logros profesionales, los casos que me absorbieron los últimos años, la primera vez que me dispararon y la primera vez que disparé, la soledad, mis fantasmas, el vacío, el abismo, aquella maldita máquina.… Sentía que esos recuerdos estallaban en el suelo con cada lágrima y de pronto recordé aquello por lo que merece la pena seguir viviendo…  Empecé a aceptar la situación y reaccioné.

-Está bien, Quintanaurría. Si voy a morir, que sirva al menos para algo. ¿Cuál es su plan?

-Estoy a su servicio, Inspector Lucas.

 

CONTINUARÁ….

 

30 de diciembre de 2020

Destiny's Child

 

'Ida'

Segundo episodio de este Pandemonium de los hilos de nuestras vidas, que se entrecruzan con la precisión de un patrón de modas. ¿Saben las líneas de los patrones quién las ha trazado? Ellas creen que son libres...


Es difícil encontrar un lugar en el mundo, un propósito, algún hecho, percepción o fenómeno que surja súbito, como un fogonazo y que de repente nos revele el sentido de nuestra existencia, que nos libre de la culpa adscrita al albedrío y que nos otorgue la paz de no elegir ni decidir.

Decidir es el verdadero pecado que maldijo a la raza humana. Todo era puro e iba razonablemente bien hasta que Dios mostró a Adán y a Eva la oportunidad de decidir desobedecerle. Nos cuentan que Eva decidió comer el fruto del bien y del mal, que esa decisión fue la que nos expulsó del Edén y ese pecado condenó a nuestra especie a caminar por la existencia terrena buscando el camino de regreso, decisión tras decisión.

El hombre está condenado a la decisión eterna y los resultados de tomar esas decisiones tienen por consecuencia la lamentable necesidad de tener que tomar otras nuevas, y así sucesivamente.

No obstante yo pienso, y por lo tanto sé que, al ofrecer al hombre la posibilidad de desobedecer, Dios ya sabía que los humanos decidirían hacerlo; opinar lo contrario supondría negar la omnipotencia de Dios y su existencia misma. El destino existe, y lo que es más importante, podemos conocerlo, se nos muestra cada noche porque está escrito en las estrellas.

 Nacer es el único acto que aparentemente no decidimos y precisamente la hora exacta de ese acontecimiento es la que marcará la fecha de nuestra muerte. Todos tenemos un tiempo limitado, lo vivimos con mayor o menor intensidad, pero cada uno de nuestros actos, por pequeños que sean, obedecen a un fin concreto que escapa a nuestro conocimiento.

El conocimiento exacto de nuestro destino nos libera de la culpa y de la necesidad de juzgar nuestros actos con criterios morales, nos devuelve a la libertad primigenia del edén buscado y nos libera de la cadena del albedrío.

Desde pequeña me dediqué a estudiar la vinculación que existe entre el comportamiento humano y la maravillosa danza que bailan los cuerpos celestiales en el marco infinito del espacio y del tiempo. Me pasé la vida intentando entender los complicados encajes que traza el universo en su expansión, estudié y recopilé datos con mi Lettera 2000 para conseguir atisbar la belleza de su mecánica. Como es natural, lo que llamamos “método científico” no me ofreció ningún tipo de respuestas. Por eso recurrí a las ciencias marginales, al estudio de las mancias, a la astrología hermética y a la alquimia, y me empapé de los conocimientos de muchos sabios que dedicaron sus vidas, a lo largo de las eras, a estudiar el hilo de relación entre el universo y la vida.

Como toda investigadora pionera, decidí comprobar en la práctica lo que mis estudios claramente me señalaban; así que, tras estudiar en profundidad ciertas cartas astrales, di con una combinación de astros que determinaba con una exactitud pasmosa la muerte violenta de los sujetos nacidos en el minuto y la hora exactos de su alineación. La embriaguez de tal descubrimiento me hizo diseñar un plan maestro que me permitiese corroborar de un golpe la certeza de lo que hasta ese momento sólo figuraba en mi mente como teoría y suposición.

Con mi motivación y mis capacidades no me costó mucho conseguir un buen puesto en las oposiciones para trabajar como auxiliar de registro en el hospital de mi ciudad. Ello me facilitó el acceso a los nombres de las personas nacidas bajo la conjunción letal, en los últimos 60 años. De los de 50 casos a los que pude acceder, elegí a los 14 que me ofrecieron los datos más precisos en su carta astral y descarté aquellos que me despertaron la más mínima duda sobre su exactitud.

Marcelo Cedrón, nacido a las 18:45 el 24 de enero de 1967 fue mi primer investigado y el que desencadenó todos los acontecimientos que me han llevado hasta aquí.

Esperé a Marcelo en el lugar exacto que me indicó el péndulo de cuarzo verde sobre el plano callejero que regalaban en la oficina de turismo. El reloj marcaba las 02:30 de la madrugada y la hora de la muerte estaba prevista a las 02:32. Marcelo caminaba solitario por el otro lado de la calle. En cuanto me vio, con paso firme y sin vacilar se dirigió hacia mí y me tendió su mano.

Sin pensar, como si fuera una autómata, le tendí la mía y, tras un breve apretón de manos, colocó en ella una pistola del 38 con silenciador, me miró a los ojos con una templanza de otro mundo y me dijo…

Proceda…

En ese momento lo entendí. Eran las 2:32, en ese momento sólo yo podía acabar con su vida, sólo yo era el instrumento del destino, es más... ¡Yo era el destino!
 
No lo pensé ni un instante: cogí la pistola y disparé a la frente, obedecí a los astros; la decisión no fue mía, yo lo sabía, Marcelo lo sabía y los astros así lo habían escrito... Me sentí segura y liberada, todo funcionaba con la exactitud del más preciso de los relojes…

Sabía que después de esto no podría defender mi tesis sin incriminarme, pero quizá por vanidad dejé el papel mecanografiado con la fecha y hora de nacimiento de Marcelo para que quizá otro pudiera atar cabos y llegar a las mismas conclusiones que yo… Aunque, hiciese lo que hiciese, el destino ya lo ha decidido.

Cada vez que cumplía el destino marcado por las cartas astrales me sentía reconfortada por formar parte de un plan trazado por fuerzas más allá de mi comprensión, como una elegida del destino que ejecuta el plan infinito de Dios y se preocupa de cuidar del diseño inteligente de su paraíso…

Hoy, día 23 de diciembre, me dirijo a realizar las dos últimas encomiendas que las estrellas me han reservado…
 
CONTINUARÁ
 
 

24 de diciembre de 2020

Valor cartastral

 

 

"Made in heaven, made in heaven,
It was all meant to be... Written in the stars..."

 

Esta vez es uno solo de los gerentes quien nos trae esta epatante historia. ¡Hulk destruye, Cuervolandia INNOVA!

Cuervo, cuervo, cuervo….

Cuando Quintanaurría se puso el cucurucho forrado de estrellas y constelaciones y sacó su péndulo de cuarzo verde me dieron ganas de sacarlo a patadas de la comisaría, pero decidí darle una oportunidad a la curiosidad y postergar ese momento, quizá porque estábamos cerca de Navidad, quizá porque ese día había desayunado bien, quizá porque estaba empezando a desesperarme en la resolución de los crímenes del relojero.

Tenía  12 informes de víctimas en la mesa de mi despacho, todas asesinadas por un tiro certero en la frente  disparado por una 38 no registrada y con silenciador, parecían personas escogidas al azar, no había nexo entre ellas, no había ni una huella, ni un testigo, ni una triste pista… el asesino siempre se adelantaba a nuestros pasos, llevábamos cuatro meses investigando y no salíamos del mismo maldito punto de partida.

Quintanaurría sabía perfectamente a qué venía y por supuesto, supo exactamente qué palabra decir para conseguir pasar de la recepción a mi despacho. ..14:35, no hizo falta más.

El investigador de lo oculto, como ponía su tarjeta, de color marfil añejo con una línea beige, bonita, pero no impactante, no esperó  una invitación a sentarse, sabía que la conversación no iba a ser breve.

¿Cómo lo supo? Le pregunté sin rodeos, 14:35 estaba escrito en la nota que apareció en la mano del último cadáver, todas las demás notas  aparecidas en los otros 11 cadáveres tenían una hora diferente marcada en números escritos por una máquina de escribir Olivetti Lettera 2000, no habíamos filtrado el dato jamás, pero Quintanaurría lo sabía y por eso estaba delante de mí con su cucurucho y su péndulo, sosteniendo mi mirada sin aparentar nerviosismo alguno. Su respuesta no se hizo esperar.

-Los astros me lo dijeron.

Mi paciencia estaba ya empezando a ponerse a prueba… pero no me dio la impresión de ser el típico bromista que por cuenta de los asesinatos vienen a tomarle el pelo a la policía o a intentar sacar la tajada mediática del charlatán de feria.

Explíquese, le dije.

-Como usted sin duda ignora, soy un parapsicólogo investigador de lo oculto, he dedicado muchos años a estudiar el fenómeno de las cartas astrales y puse un anuncio para buscar voluntarios que se dejaran realizar una, sólo les pedía su fecha y hora exacta de nacimiento para intentar conocer su destino a través de su carta astral… Pues bien,  la última víctima, la Sra. Montero Arróstegui, era cliente mía, y al realizarle su carta supe inmediatamente que iba a morir asesinada el día 19 de diciembre de este año, porque su fecha de nacimiento fue el día 22 de mayo de 1963 y nació…. a las 14:35. Los astros que regían ese momento indicaban inequívocamente su fecha de muerte.

Cualquier observador medianamente cuerdo ya habría mandado a paseo a Quintanaurría mucho antes de oir mencionar la palabra “carta astral”, sin embargo, por loca que pareciese, su hipótesis era la más sólida que teníamos hasta hora.  Intrigado, consulté varios dossieres al azar que tenía en mi mesa y le contesté con cierto aire triunfal…

-Mire, Sr. Quintanaurría, ni me gusta perder el tiempo, ni me gusta hacérselo perder a los demás. Como puede comprobar en estos documentos del Registro Civil que constan en los  expedientes de las demás víctimas, las horas de nacimiento no coinciden con las que figuran en las notas encontradas.
 
Quintanaurría  me miró atentamente y lejos de mostrarse molesto  o airado me contestó muy serenamente. 

-Los datos de hora de nacimiento del registro no son fiables, son declarados por el padre cuando va a registrar al recién nacido. Los verdaderos datos se encuentran en el registro del hospital. Y en ellos me baso para elaborar las cartas. Como puede comprobar, la hora de nacimiento de la señorita Montero Arróstegui no es la que figura en la hoja registral de su expediente…

He de reconocer que esa respuesta me dejó impresionado, las piezas del puzzle cuadraban casi tan perfectamente que la teoría de Quintanaurría no sólo dejó de parecerme absurda, sino que me empezó a gustar.

Entonces según Usted, ¿el asesino puede tener conocimientos de astrología?

Quintanaurría elevó su péndulo sobre la mesa y este empezó a girar lentamente.

-Eso no lo sé, pero puedo decirle que el destino está escrito en las estrellas, que ni usted ni yo estamos aquí por casualidad y que la próxima víctima ha nacido el año 1973, el 23 de diciembre a las 12:25 y seguramente morirá mañana a las 15:28 exactamente. 

En ese momento el péndulo se detuvo apuntando en mi dirección sin obedecer a las normas físicas de los movimientos de oscilación pendular ni de la ley de la Gravitación universal…

El 23 de diciembre era mi cumpleaños.

CONTINUARÁ.

 

3 de enero de 2018

HISTORIA DE UN CLIENTE (I)



'¿Qué os parece mi mágico mundo de colores?'



Miró a través del cristal de su despacho, desde las oficinas de la planta 28. Anochecía. Ante él, como siempre, se extendía el luminoso paisaje urbano de Fukuoka. Con una cadencia monótona, recorrió las instalaciones rumbo al ascensor para volver a casa. Algunos trabajadores permanecían en su puesto hasta que la compañía les apagaba la luz, y esa actitud laboral sobre la que tanto había reflexionado le hacía sentirse victorioso y fracasado a la vez.

Durante el viaje de cuarenta minutos en tren hasta su hogar, recordó las palabras de su antiguo jefe: “¡Yonadera, la compañía espera que dé más de usted!”, así como las de sus compañeros en las clases de español del colegio: “¡Yonadera, Yonadera, tiene el culo de madera!”.

Aunque la vida en su pequeño apartamento podría ser sin duda más cómoda, cenar y hablar con su mujer, Meiko, suponía un bálsamo diario para él.

Esa noche se despertó antes de tiempo. Decidió navegar un poco por Internet en el cuarto contiguo, antes de desayunar. Iba a pulsar mecánicamente en la pestaña de favoritos el nombre de su diario preferido, pero se detuvo sin saber por qué. Observó durante unos instantes la pálida página de su buscador y el cursor parpadeante. Repentinamente, tecleó “荒廃” y aparecieron varios resultados. Hizo clic para avanzar 7 u 8 páginas en la lista (pues solía obviar las sugerencias principales) y acabó en la web ramplona de una agencia de viajes. Ofertaban vuelos a ‘destinos singulares’ de todo el mundo, lugares de ‘discreta demanda turística’ a precios muy razonables. La pequeña caricatura de un cuervo, envuelta en una densa maraña de recuadros de texto, capturó su atención: “Conozca la verdadera flor del desierto, Kueruborandia, a solo 18 horas de usted. El billete no se puede comprar por Internet; ha de presentarse en nuestras oficinas de 2 a 4 de la tarde, o de 2 a 4 de la madrugada, con un jersey blanco. ¿Cuál es su concepto de felicidad, Sr. Yonadera Hosei?”. Perplejo, amplió la escala de la página y volvió a mirar: ni rastro del anuncio, ni del cuervito.

Desayunó sintiéndose presa de una cierta confusión. Equivocó el azúcar con la sal en el té de su mujer. Se comía las senbei abstraído. Esa mañana, una vez sentado en su silla de trabajo, se rio levemente y, meneando la cabeza, comenzó su tarea diaria. Así volvieron a pasar los días… Pero aquella extraña experiencia con el ordenador golpeaba suave y frecuentemente su memoria.

A Meiko decidió no decirle nada de su inquietud, aunque ella comenzó a notarlo raro.

Te pasa algo, Hosei. En tu mirada.
¿Algo, cómo?
Un brillo, una… emoción.
No es nada, será que se me ha metido cualquier cosa en el ojo ─bromeaba─.

Buscó muchas veces más aquel pequeño anuncio rectangular de letra comprimida y córvido garabato en blanco y negro, sin éxito. Pero recordaba el peculiar contenido del mismo, e igualmente conocía el nombre de la agencia de viajes. Durante algún tiempo más estuvo dándole vueltas, cada vez más convencido de que debía hallar la forma de embarcarse en ese viaje de promisión.

El día en que se decidió fue realmente el anterior a aquel en el que preparó una excusa ante su jefe para abandonar el trabajo durante parte de la tarde. Al día siguiente era festivo. Como se trataba de un trabajador veterano y muy regular, la compañía no le puso trabas. Se llevó su cajita de bentō para comer y trazó una ruta directa a la calle de sus desvelos.

Cuando llegó, recorrió los portales en un sentido y otro, infructuosamente. Abigarrados rótulos, neones y recovecos le impedían separar el grano de la paja, como si tejiesen una baldía densidad informativa que nublase su percepción. Preguntó a los transeúntes, pero a nadie le sonaba esa referencia. El tiempo transcurría con rapidez y llegó un momento en que, cansado, se dijo que debía de estar loco perdiendo la tarde así. Además, ni siquiera había comido. Se encaminó de vuelta a la oficina un poco avergonzado y lo vio. Fue como un fogonazo en su cabeza, cinco segundos a toro pasado. Retrocedió unos metros para reconocer, pintado en la pared de un viejo edificio, casi oculto entre otros grafitis y papeles semiarrancados, aquel esquemático y simpático icono del cuervo (que ahora lo observaba con perplejos ojos saltones). Su pico, orientado hacia unas escaleras húmedas y oscuras, sin duda lo invitaba A ÉL a acudir, a experimentar un encuentro en la tercera fase, a pactar. Miró el reloj de su móvil: eran las tres y media.

Descendió, cauteloso, varios tramos de escalones que se iban torciendo hacia la derecha a medida que disminuía su tamaño, hasta finalmente convertirse en una pequeña rampa. Se vio envuelto por un sonido de maquinaria sometida a tensión eléctrica. Sobre la puertecilla metálica podía leerse “呼び出しなしで渡す”. Intentando controlar su respiración, el Sr. Yonadera se detuvo un momento y por fin entró, pero lo que vio no le gustó nada.

Se encontró con una barra como de bar, de madera, escasamente iluminada, con un ordenador portátil sobre ella. Un sofá y algunas sillas estaban dispuestas en torno a las paredes salpicadas de varios pósteres viejos del Caribe, de Turquía, Atolladero (Texas) y Samarcanda. No pudo evitar venirse abajo; como no parecía haber nadie, en silencio puso una mueca y giró sobre sus talones para cruzar nuevamente la puerta.

Una voz infantil con extraño acento gaijin le preguntó qué deseaba. Desde una habitación situada al otro lado de la barra entró en escena, resuelta, una niña occidental portando un taburete bajo. Subiéndose a él, emergió con una gran sonrisa ante el portátil y se sacó una piruleta de la boca.

Me llamo Atanasía, ¿en qué puedo ayudarle?
Esto… ¿Esto es una agencia de viajes?
Sííí-í ─asintió cantarinamente.
¿Tenían ustedes un destino a… en avión, de… unas 18 horas, creo que era…?
─…
¿A… Un lugar, llamado, emm... Kueruborandia? ─sus últimas palabras eran casi un avergonzado susurro.
No.
¿No?
No, lo siento. Pero a lo mejor le pueden interesar algunos otros lugares con los que sí trabajamos.
Lo lamento, ha sido un error… Pero gracias, ya lo pensaré. Adiós.

Y se fue.

Qué mal, Hosei, estás fatal. Fatal. Pero el dibujo… El dibujo… En fin”. Hubiese caminado con desánimo, pero vio que eran ya las 4 menos diez, y no le sobraba el tiempo. De hecho, se incorporaría a la oficina más tarde de lo previsto. Al guardar el móvil, reparó en su manga. Llevaba una cazadora negra sobre un jersey azul. Hiiiija de puta. Echó a correr como un descosido y entró como un relámpago en una tienda de moda. Empezó a pedir a gritos un jersey blanco, se lo arrebató de las manos al vendedor, lo pagó con su huella digital usando el móvil y, como un miura, desapareció del local dejando a los que allí estaban en un estado de incrédula parálisis. Por supuesto, se coló por delante de todos los clientes y ni siquiera llegó a probarse la prenda.

La puerta de metal volvió a abrirse, esta vez violentamente. Un hombre fuera de sí, con sus gafas brillantes de sudor, gritó con decisión: “¡¡Un billete a Kueruborandia, por favor!!”. Atanasía fue testigo de cómo casi se ahoga al hacer una profunda reverencia, porque el jersey que se había puesto (del revés) sobre el anterior era como mínimo de tres tallas menos. Miró la hora en el ordenador: las 15:58 dieron lugar a las 15:59.

Claro que sííí-í. Le tomo los datos.

El regreso de Yonadera esa tarde a la compañía fue bastante comentado. A pesar de que había procurado refrescarse y adecentarse mínimamente en los servicios de la planta baja, varios de sus compañeros y su propio jefe no pudieron evitar mirarlo con cierta desaprobación, unos, o preocupación, otros. El caso es que ese día recogió sus cosas nada más volver, mostrando siempre una absurda sonrisa de satisfacción en su cara. Traía una carpetilla gris bajo el brazo a la que se aferraba con intensidad, con orgullo.

Durante el viaje hasta su hogar, se sentía como en una nube. “Hacía años que no me encontraba así”, se dijo. Comió su almuerzo en el tren. Al entrar en casa, su mujer percibió claramente que algo había sucedido. Pero se limitó a observar, entre preocupada y sorprendida.

Esa noche, una vez había apagado la luz para dormir, le dijo:

Meiko, a lo mejor, dentro de un par de meses…
Haces un viaje.

Silencio.

¿Es muy lejos?
Sí, pero no sé exactamente dónde.
¿Y vas a volver, verdad?
Por supuesto.
¿No puedo ir yo?
Me temo que no.
¿Tan importante es para ti?
Sí ─respondió, un poco asustado.

Ella no volvió a decir nada. Al rato, se quedaron dormidos.

Poco después del amanecer, volvió en sí. Volteándose para mirarlo soñar, susurró:

Entonces, de acuerdo.