jueves, 31 de diciembre de 2015

Catenaria

'Un óbolo, por karité'


Refinados cuervopacientes:

Embarcándonos en esos juegos de abanicos, espejos y tafetanes que son tan de nuestro agrado, les proponemos este relato endemoniado al alimón, autoconstreñido a la regla de que cada segmento debía comenzar por una palabra determinada y contener otras dos, cada terna impuesta al siguiente gerente por uno de los otros*.

¿No se entiende nada, verdad? ¡Bien! Pues es el momento de ponernos con ello.

[*En negrita, las palabras obligatorias]

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I

Estupefacción!!!  Estupefacción e iraaaaa!!! gritó el Arcipreste  cuando Bela besó a Dimitri en el tercer acto de la ópera búlgara del momento.  El grito del Arcipreste que expresaba sus sentimientos con la palabra exacta que los describe hizo enmudecer el cuervoteatro palidecer de asombro a las numerosas excursiones de confundidos niños, sobresaltó incluso a varios miembros de la embajada de Tuvalu que se creyeron la engañosa publicidad de que la Ópera sobre hielo" Nostalgias de Rumelia"era una disparatada comedia y en realidad se trataba de una atrevida versión contemporánea e iconoclasta del último Zarato de Tarnovo que rompía la cuarta pared y tiraba por tierra todas las ideas preconcebidas de continuísmo y estructura de guión fijadas por Tarkovsky ,Greenaway y Cassavettes.

Los intentos de Atanasía  aplacar la ira del Arcipreste diciéndole que la escena del oso hormiguero era una metáfora de los valores píos de la Santísima Trinidad y del divino perdón, fueron inanes, el Arcipreste gritó a todo pulmón la ira que le quemaba y le dejaba en el paladar un gusto amargo y salado, casi berberechesco. Estupefacción e iraaaaaaa!!!


II

Doríforo encarnado, fuerte y esbelto, no hubiera podido contenerlo. La función se deshizo en medio de un gran revuelo: cientos y cientos de gafapastas presentes en el auditorio protestaron sonoramente; los niños chillaban, indefensas presas de la frustración artística; los actores bajaron del escenario y un gran número de espectadores se subieron; alguien tuvo que agarrarse a unas cortinas según se caía, las cuales cedieron parcialmente por el peso, generando una vibración suficiente como para que los cables de la Gran Lámpara Ahumada se descolgaran desde la cúpula y, tras provocar el mayor de los pánicos durante unos segundos en los que los decibelios emanados de todas aquellas gargantas alcanzaron su pico, esta detuvo bruscamente, con un trueno, su inmisericorde caída a pocos metros del suelo. Muchos se pusieron a rezar allí mismo, bajo el bamboleante coloso enhollinado. El embajador de Tuvalu golpeaba su cabeza compulsivamente contra el respaldo de un asiento. El Arcipreste figuraba en el epicentro de toda esa confusión violenta, gesticulando y moviendo la boca, aunque tampoco a él nada podía entendérsele. Todos los demás, arremolinados, querían confluir en torno como una marea con su propia dinámica de fluido, mas las butacas de la platea dificultaban sus movimientos hasta el punto de hacerles resbalar, caer unos sobre otros y retorcerse con impotencia. Era un lamentable crisol de confusión y emociones retroalimentadas el que los ahogaba. El Arcipreste logró echar mano a su bolsillo y, no sin esfuerzo, extrajo una pistola negra de pistones con cartucho de tambor.

Alzando la inofensiva arma, contrajo su cara. Ocho detonaciones congelaron el tiempo.

La pequeña y eficiente Athanasía yacía hecha un 34 cerca de él, bajo un falso rododendro de atrezo. La atrajo hacia la rajada casulla, tomando el exangüe cuerpo entre sus brazos. Ella, desmadejada, pálida como la cera; él, tensionado, rojo como un tomate. En la mente de todos quedaría grabada esa imagen a fuego y siencio.

Justo entonces, surgiendo trémula de esa instantánea perfecta que parecía tomada de un cuadro de El Bosco, se elevó algo rasposa la voz del Arcipreste. Y dijo:


III

- Lejos está de nuestras intenciones el molestar al respetable, solo deseamos romper el curso de los tiempos... vivimos tiempos malditos en los que solo un aullido puede sacar las adormecidas mentes del letargo, romper las burbujas del cava dorado con el que nos embriagan, abrir la última caja de cuervoñigos. Era preciso quemar las naves.

- Pero Monseñor - Dijo con un marcado acento el mancebo que acompañaba al embajador de Tuvalu - ¿Se encuentra bien? ¿Qué ha provocado su ira?

- Ira y estupefacción, joven. Más fingidas las dos...

- ¿Cómo? - Gritó al unísono una masa sorprendida

- Ahora la estupefacción la sienten ustedes ¿cierto? Este trampantojo enlatado en majestuoso templo del arte tan solo ha sido concebido con un sarmiento al que agarrarse... No pretendíamos embaucar sus emociones, solo despertarlas.

De repente, pero en sutil melodía, una flautilla comenzó a suspirar desde el falso techo. Todas las miradas se elevaron. Suavemente se abrió una trampilla. El techo de madera de camelio crujía levemente. Como advenimiento mágico, descendió rápida pero armoniosamente una cesta como la de un globo aerostático. El remolino de gente se abrió para permitir el feliz aterrizaje al lado del arcipreste. Dentro de la cesta, un walkman casio con unos altavoces a juego emitían la alegre tonadilla pastoril de flauta, acompañado de unos ladridos igualmente alegres...

Atanasía ahora presentaba una regia compostura, una mirada repleta de sabiduría. El arcipreste la tomó por la cintura y la posó en el interior de la cesta. Tras hacerlo, remangó su sotana, dejando ver unos espléndidos calcetines en los que se representaban seres que viven en piñas debajo del mar. Con un grácil movimiento entró en la cesta, que comenzó a ascender. Atanasía sentenció:

- Si seguís participando de Obras enlatadas para el consumo de las masas, si no dejáis fluir vuestros gustos y permitís que la expresión humana del gusto y la moda sean prediseñados en despachos y laboratorios por expertos en usar el márketing para hacer  que los intereses de las élites os empapen el alma, terminaréis por amar a quién os oprime.

El ábside del teatro hacía que, a pesar de hablar con vocecilla infantil, su voz sonase soberana y magnánima. Conforme ascendía hacia el techo, la

-  En cuervolandia queremos que os preguntéis... ¿Permitiréis que a la estupefacción le siga la ira?  Estáis en vuestro derecho, pero nosotros solo os la hemos despertado. ¿Hacia quién la dirigiréis? Se os ha engañado, pero ¿cuántas otras veces os habéis dejado engañar? Salid de vuestro ensueño y pagad con el cheque de la indiferencia a quiénes os quieren inculcar los preceptos del desastre.

El cesto se introdujo por la trampilla y desapareció. Desde dentro del falso techo volvió a sonar la tierna vocecilla: Y recordad, aún no se ha encontrado un planeta como la tierra... No viváis en él como si pudiéseis vivir en otro sitio.

A sus últimas palabras le siguió el portazo de la trampilla, como un primer aplauso, al que se le unió primero el del embajador de Tuvalu, y luego el de todo el público, en un ensordecedor llamamiento, sabiendo que, en el año que entraba nada volvería a ser igual.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Cuervopoemas navideños 2014


'Ye olde crowe seedin' our fate'


Flores monegrinas


LLegan las fechas en que Paco el Arlequín se arma de tintero y pluma y versa para desearos feliz Navidad a todos los cuervoamigos.



I

Navidad de cuervos negros
ilumina el gris desierto
mientras un flautista tuerto
toca un villancico allegro.

Un coro de voces blancas,
vistiendo cuervo-viseras,
y túnicas de color hueso
ha venido de Salamanca
para cantar la noche entera
Y pide con bellos versos:

Paz en el mundo
Paz en los Monegros
Amores profundos
y amigables suegros.



II

Altos altavoces viejos y lejanos
villancicos cantan en los desiertos
Monegros, agrestes páramos yertos
hoy brillan y ríen pues es Navidad
Con caldo de zapallo y cuervoñigos
sirope de arce y velas marrones
¡Que empiecen ya las celebraciones!
¡Viva Cuervolandia pagad y pasad!


III

Una vez al año, los tres gerentes
se mezclan de incógnito entre los clientes.
Su mente colmena rauda analiza
Qué tipo prefieren de cuervopizza.

Después lo comentan mientras toman algo
(Compota de pulpo y albahaca bravía);
Discuten, porfían hasta la afonía
Sobre sus acciones en minas de talco.

Pero ya es Navidad... Salen a la calle
Muy emocionados y autorrealizados.
A la gente enganchan de su brazo o talle:
¡Ya se regocijan los afortunados!

Porque en sus solapas les pinchan chinchetas
conmemorativas, negras como grajos.
Dan un par de pasos de tango con ellas,
Y a los caballeros, cómplices codazos.




miércoles, 3 de diciembre de 2014

Relato al alimón anual: La luz de sus ojos



 Are you talking to uuuuuus?

Sonaban ritmos electro clown entre los escasos setos del boj del camino que discurría entre la casa abandonada y la tienda de velas hacia la grandiosa estatua de Milli y Vanilli abarrotada un año más por muchedumbres que habían acudido, algunos a revivir sus ilusiones, otros a probar los nuevos cuervoñigos pica-pica (gran acierto de los gerentes comercializar aquella partida cuyos envases al vacío habían sido dañados por una bandada de cuervos que se había colado en el almacén), y algunos pocos a echar la tarde.
Había chispeado hacía unos minutos, sin embargo no hacía frío… era más una sensación de destemple… agarré con firmeza la Cuervocola Hot Lemon para que mis manos entrasen en calor, mientras mi mente trataba de completar los versos que Kanqui perpetraba y que los destartalados altavoces entrecortaban…
Cuervolandia tenía eso: la gente cantaba alegre, como si de un concierto se tratase, cada vez que los altavoces se apagaban, como si fuera el mismo payasete el que estiraba el brazo del micro desde un escenario imaginario, brindando al público la oportunidad de cantar.
De repente, la música se apagó bruscamente, las luces se atenuaron, acompañando a la leve oscuridad del crepúsculo y comenzó una versión carrillonesca del Girl You Know It´s True.
Los grandes ojos metálicos de Milli y de Vanilli se iluminaron deslumbrando al público asombrado y todo el mundo contuvo el aliento cuando en medio del escenario tras una traca de petardos que estalló a medias y una tímida nube de hielo seco aparecieron por primera vez en Cuervolandia los inigualables equilibro-malabaristas, “Los Chindas Viajeros”!!!!!
Sí amigos, por fin el público de Cuervolandia tuvo en primicia la actuación de los mundialmente famosos Chindas Viajeros y hay que reconocer que estos chicos sabían del negocio!! Semanas antes de actuar los Chindas ya se anunciaban por todas las ciudades que iban con carteles fluorescentes y chillones dibujados por auténticos magos de la ilustración expresionista y con eslóganes tales como “harán las delicias de niños y mayores”, “El mayor espectáculo del mundo” “Éxito en TV” y según los sitios anunciaban incluso performances bizarras de combates surrealistas del tipo “Spíderman contra Pumby” o “Fantomas contra Lupin”.
Para esta ocasión los Chindas quisieron hacer algo diferente, muy inspirados en Le Cirque du Soleil abandonaron sus clásicos uniformes de mallas a rombos negros y aparecieron en escena vestidos con mallas color carne contorneadas con dibujos fantasía de purpurina para darle un tono más adulto y artístico a su espectáculo.
Dando palmadas al aire empezaron dándolo todo con su número estrella, el peligrosísimo rulo!!!! Niños y grandes contemplaron asombrados cuando Tony, el líder de los Chindas, subido a una tabla con un cilindro debajo, iba manteniendo el equilibro mientras añadía cada vez más pisos a su delirante construcción, en el tercer piso de cilindros y tablas logró hacer el pino aunque con unos vaivenes que dejaron mudos a los asistentes.

A Elenita le había encantado el número de los Chindas, pero a sus seis años se ponía muy nerviosa pensando que se podrían caer en cualquier momento. Se los imaginaba estrepitosamente abatidos ante sus pies, con la boca y los ojos muy abiertos, inmóviles en una dolorosa postura mientras el cilindro seguía rodando por ahí, entre un público que se apartaba a su paso como si les fuera a quemar.

Al finalizar el espectáculo, divisó un elfo emisario de Papa Noel que, sentado en un trono de cartón piedra y rodeado por un nutrido grupo de familias, atendía a los niños en su regazo. Elenita señaló con el dedo hacia ese lugar, mientras requería a sus padres con la mirada y tiraba de su ropa con la otra mano. Ellos sonrieron y tranquilamente siguieron sus pasos, pues la niña salió escopetada para allá.

Observó cómo, en riguroso orden, cada chaval se sentaba sobre su regazo y respondía a sus preguntas. Todos le contaban los regalos que esperaban recibir de Papa Noel este año, y luego se iban con un caramelo en la mano. Alguno se quedaba mudo y sobrecogido: tal vez porque sus padres insistieron en que la entrevista entre su criatura y tan alto emisario tuviera lugar. 

 —¡Adiós, Nerea, guapa! ¡Pronto tendrás tu patito pintado! 

Por fin le tocó a ella. El elfo, con gorro y vestido verdes, era bastante amable, pero en su sonrisa había algo que la desagradaba, aunque casi no era consciente de ello. La ayudó a subirse.

Hola, bonita. ¿Cómo te llamas?

—Yo Elena.

—Muy bien, Elena. ¿Y has sido buena este año?

Tras una pausa reflexiva, dijo:

—Sí.

—¿Seguro? 

—Sí, pero... Pero el otro día... le eché espuma a Grissom.

(No pudo evitar retorcerse un poco los dedos con las manos)

—¿Quién es Grissom?

—Se fue corriendo y se sacudió y se manchó el sofá y todo. Papá se enfadó por tocar sus cosas del baño.

—¡Ja, ja, ja! Digo, ¡jou, jou, jou! ¿Vas a volver a hacerlo?

—No —dijo con sonrisa pícara.

—De acuerdo... Ahora, dime qué quieres que le diga a Papa Noel que traiga para ti. ¿Qué regalos te gustarían?

La... la pértiga de Peppa Pig, y... hum... ¡el pendrive de Dora Exploradora!

—Ajá. Ya se lo diré yo en tu nombre, te lo prometo. ¿Ves? Lo apunto aquí, en este papel.

Elenita pareció satisfecha. El elfo la bajó con cuidado y le metió uno de sus caramelos de coco y anís en la mano. Ya los había probado antes de disfrazarse, y le repugnaban. Estaba abriendo los brazos para recibir al próximo chiquillo, cuando la niña se volvió y gritó:

—¡Ah! ¡Y un hueso de plástico! ¡Eso es lo más importante!

El elfo le hizo un gesto aprobatorio y sonrió de nuevo de esa extraña manera. Acto seguido, retomó el papel de sus apuntes y escribió algo más. Se quedó tranquila.

Al volver con sus padres, estos le mostraron en la cámara digital las fotos que habían tomado mientras ella y el elfo dialogaban. Estaban muy orgullosos.

—¿Qué te preguntó? ¿Y tú qué le dijiste? ¡Huy, qué contento se va a poner Grissom!

Esa misma noche, el elfo se quitó el disfraz y Saturnino Cubero, el contable de Cuervolandia, comenzó a escribir la carta a Papa Noel en nombre de los niños. Ayudándose de los apuntes que había tomado, estaba seguro de no olvidar nada.

"Juan Carlitos. Desea una maceta de porcelana y un CD de El Consorcio. Parece un niño nervioso: en caso de enviarse un tercer regalo, se desaconsejan juguetes de acción y de violencia simulada".

"Nerea. Gran apasionada de la entomología. Quiere una colección de grandes insectos clavados en alfileres. No pide nada más. En caso de enviársele un regalo a mayores, recomiendo un minijuego de La oca".

"Elena. Pide con ilusión una correa de castigo para entrenar a su perro. Nada de artículos de deporte ni tecnológicos, porque siempre le regalan lo mismo. Los personajes famosos de la tele también la aburren. Un gran bote de espuma a presión, por el contrario, creo que sería algo apropiado para ella, ya que podrían jugar en familia".

Cubero daba buena cuenta de un bocadillo de chopped pork barato mientras escribía. Sonreía al pensar en los frutos de esta acción de microguerra. Niños contrariados desde la más tierna infancia darían lugar a adultos crispados. Ellos, algún día, se rebelarían contra el sistema y la revolución anticapitalista estallaría finalmente. Se trataba de un proyecto muy, muy grande, y con toda seguridad él ya no lo vería. Pero seguiría contribuyendo durante toda su vida a sembrar estas pequeñas semillas de incomodidad social. Había muchos Saturninos Cuberos en los cinco continentes, propiciando nimios pero fundamentales cambios en el tejido social que tanto aborrecían.

Terminó su tarea y, al día siguiente, desde la cuervoestafeta envió la voluminosa carta a Papa Noel por correo certificado con acuse de recibo. Tras un duro día de trabajo con las siempre boyantes cuentas de Cuervolandia, cuando llegó a casa se estiró en su hamaca y colocó con satisfacción los brazos por detrás de su cabeza.

—Ahora solo queda esperar.

lunes, 2 de diciembre de 2013



"A Belén pastunes, a Belén Chicotes,
que ha vencido la grey de los principotes "


 Cuervolandiaaaaaaaaaaaaa!!!!!!

Anoche me desperté pasadas las tres y cuarto y de una manera casi inconsciente y automática pero sin llegar a ser sonámbula me dirigí al frigorífico y lo abrí. No sé porqué extraño motivo me encontraba en esa situación, no tenía hambre ni sed y además la noche era fría y yo iba descalzo, pero el caso es que me detuve varios minutos ante esa luz invitadora y acogedora, quizá metáfora de la luz al final del túnel donde nos espera un destino opíparo o frugal según las experiencias vitales con las que lo hemos llenado. No se si sería esa reflexión freudiana en la que identifiqué la frigorífica luz con la muerte y el más allá o simplemente que no tenía ni la más remota idea de lo que me había llevado hasta allí, lo que me detuvo en la puerta tanto tiempo. Cuando miré por fin la nevera lo entendí todo.

Allí, formando pequeñas hileras estaban las latas de cuervocola edición especial navidad en las que venía escrito el nombre de los personajes de cuervolandia, un singular invento del tercer gerente en el que afirmaba que había concentrado el sabor de cada habitante de cuervolandia. Preso de una curiosidad cercana al paroxismo decidí probarlas todas.

Empecé por la de Saturnino Cubero, al principio sabía a polvo, y a legajos pero a medida que lo saboreaba había una pequeña nota de sabor picante y revolucionaria que me incitaba a replantearme el orden establecido y empezar una microguerra enseguida, aún con ese sabor en la boca abrí y probé la de Valentín Schlinder Pashnavi, al abrirla me corté un dedo y me dolió pero al beberla deseé seguirme cortando pues experimentaba un extraño placer, asustado sólo se me ocurrió parar mis instintos suicidas abriendo la de Paco el arlequín que, como no, sabia a solysombra y a melancolía e incomprensión, llorando caté la de Quintanaurría y explotó el cosmos en mi boca como si fuera una psicofonía, ávido descubrí que no podía parar doña Antonia sabía a recuerdos de pasión desenfrenada Jaquelyn sabía a linimento, Fontevalero sabía a ornitorrinco y a Ibis,Athanasía a goma de mascar y licor del polo y el Arcipreste a vino de misa, poder y frangelico y por fin después de probar el sabor a primera calada y super ego de Lupiáñez llegué a la lata más fascinante, no ponía nombre sólo sé que era gris y que una vez abierta no puedo salir de ella. Quizá el año que viene alguien la venga abrir en Navidad, quizá no.... ojalá.

No se devuelven las cuervofichas tiradas al cuervopozo de los deseos. La gerencia no se responsabiza de su no satisfacción.

domingo, 2 de diciembre de 2012





El convenio de los grajos

Trabalenguas deslenguados para Cuervos olvidados.

Felíz aniversario al alimón.

I

Díjole el mulá a la mula
a Alá debes emular
y la mula al mulá dijo,
no me amoles más mulá
mal emulará la mula
al mulá que a Alá no emula
si el mulá no emula a Alá
mala mula y mal mulá.

II
Cuervos corvos y curvados
cruzan cruces y cruzados
frican crujen y no croan
cortan curten y recortan
corvos, y curvados cuervos
cortos y quebrados cuerpos
frotan y crían al cierzo
negros crótalos de viento

III
Zombis en Zimbabue
ziszas, ziszas,
zumban a zarpadas.

Zambos en Zancíbar
ziszas, ziszas,
zampan zamburiñas.

Zozobran las cebras
ziszas, ziszas,
zambulléndose a zancadas.

¡Zarambeques con zambombas,
ziszas, ziszas,
y con címbalos de Zambia!

IV
Plumada pluviosa y plúmbea,
plomizo plan:
Palmear, plas - plas - plas, en la platea.

Pulpos palaciegos pelean plegados,
se apalean a paladas
por paladear impúdicos placeres.

Galopando en plazas peladas,
golpeando, pegando, pagando,
pedaleando, plantando plastas...

Aplastando pulgas pelmazas,
palpando plañideras plenas.
Apilando plagas plutonianas.

v
SUSSUDIO/

Caseros sarasas se asan en saunas; sajan gaseosas pese a ensalzar, mes a mes, a Sarasate o a Saramago. Se solazan, asimismo, a solas en silos soleados. Sisan y lisian sin láseres al asesino de Sísifo, y así, sí que sí. Quesilete para mí.

VI
MISAL TANTAM/

Salivando lasañas y ensaladas de saldo sin salmorejo, Sara & Salazar por ensalmo salmodian, solemnes; o, sesudos, asaltan a asalariados salafistas por soleares saboreando Soleros.

Sentientes simbiontes estimulan sensatas mulas mutantes susurrándoles el sana-sana o maná-maná. Menta en los montes saudíes. Betún bajo el batán. ¡Batamantas imantadas! Balalaikas tucumanas.



domingo, 25 de diciembre de 2011

Seguidillas con bordón, que tiene muy mala rima



'Valor de ley'


Deseamos a todos los visitantes de Cuervolandia una muy feliz Navidad y una buena entrada en el 2012, al que desde aquí podemos verle ya las orejas.

También hemos de felicitar a todos los que compraron sus décimos de lotería en nuestra cuervoadministración, porque como ya saben, este año la región de los Monegros ha repartido el gordo y nos ha tocado. Al Sr. Cormonas le hemos enviado una generosa donación para que la destine a sus parques de atracciones "Los Palominos" (qué demonios, es Navidad), pues sabemos que también tiene sus seguidores.

Recogiendo el guante que nos lanzó un lector el año pasado, la gerencia adapta sus tradicionales versículos navideños a los corsés poéticos que, masoquistamente, se congratula en autoimponerse.

Bien, dese rienda suelta al plectro, pues:


I

Blancas y luminosas

Las Navidades
Llegan a Cuervolandia
Felicidades.

Qué maravilla
Con bordón felicitar
Por seguidilla.

II

Esta navidad,
Desierto Monegrino,
Queremos cantar
Encaramados a Pinos:

"Por cuervos y por patos,
No más sequía,
Queremos más relatos"

III

Esta crisis creativa
Que nos asola
La tenemos cercada
Pero no mola.

Juro en caliente
Que lo conseguiremos
Los tres gerentes.


jueves, 1 de diciembre de 2011

Feliz Quinto Aniversario!! Cuervo-relato al alimón!!


'King Donald's'


'Lo del casting no es aquí... ¿Verdad?'


Quizá estaba nublado, quizá era por la tarde, quizá era domingo cuando Pipo Schumann el contorsionista imposible, guardaba cola impaciente pero concentrado, en otro casting más, uno de tantos a lo largo de su carrera. El ambiente no era muy distinto de las otras entrevistas: payasos, alegres y tristes, forzudos con bañador de rayas rojas, calvos y con bigotes a lo Richelieu, Magos chinos de largas uñas, sombrero hexagonal y coleta que miraban de refilón con aire desconfiado, mentalistas uruguayos que se retiraban antes de tiempo porque ya percibían en la mente de los entrevistadores que no los iban a aceptar, algún que otro ajedrecista de Zimbawe y hasta un mono vestido de botones que llevaba a su domador desnudo y lo hacía pasar por un aro…. La única diferencia con los otros cástings es que esta vez Pipo Schuman sentía que era su gran oportunidad…..

- Siguienteee. A ver, ¿alias?

- ¿No... quiere que le diga antes mi nombre?

- Su nombre sólo le importa a los administrativos, para los seguros, las nóminas y todo eso. Si supera el casting, tal vez algún chupatintas se lo pregunte después, pero ya le advierto de que empieza con mal pie. Es su nombre artístico o figurado lo que nos aporta información relevante, lo que las gargantas de los clientes gritarán y lo que se anunciará por los megáfonos oxidados una y mil veces. Debería saberlo.

- Álister el Imposible.

- ¿Especialidad?

- Pues... mire -humpf- esto. Y ahoraaa... -xssss, gñieaaa- ¡ta-da! E incluso, si me permite un momento para tomar impulso... ¡Homp! y... ¡bim! ahí está.

- Mmmm, vaya, vaya. No está mal. ¿Y come usted mucho?

- Lo justo para ser capaz de hacer lo que hago. Una vez al mes, acudo a un local de comida rápida para compensar.

- Suena sensato. Pero no todo consiste en cuidar el templo de nuestro cuerpo, amigo... ¿Qué me dice de su mente? ¿Qué lee usted, Imposible Álister?

- En estos asuntos me dejo guiar por mi buen amigo Yogui-gurú, que regenta una librería de viejo. El mismo día que voy a la hamburguesería, él me visita y me vende, o tal vez debería decir regala, antiguos e interesantes libros a un precio de risa. Los que van más a contracorriente, la retaguardia de la cultura. El grito ahogado de las mentes preclaras que nadan a contracorriente por las cataratas de los tabúes de nuestra sociedad autoamordazada, el eco de cuya caída, sin embargo, se deja oír estrepitosamente entre las generaciones futuras; ya sabe usted. Los últimos tres que leí se titulaban “El orgullo de la industria porno”, “Una defensa del bicameralismo” y “Mi vejez bajo la bota de la sultana”.

- Qué curioso... Alguno de ellos he leído, y me parecieron extraordinarios.

- ¿A que sí? Es que Yogui-gurú es una luciérnaga en la más obscura sima. Lo conocí durante mis viajes por Chechenia, porque yo provengo de Manitoba.

- A nadie le importa de dónde deje de provenir usted, señor. Limítese a responder a lo que le pregunto. ¿Se lleva usted mal con las madres?

- Uh... Excepcionalmente, sí.

- Correcto. ¿Conoce el valor de un caramelo lanzado al público?

- Depende de lo vivido y sufrido por quien lo recoge.

- ¿Cuál fue la última vez que perdió el control?

- Cuando, al enjuagar las almejas japónicas que había comprado, apareció un guijarro confundido en medio. ¡Yo pagué por ese peso, ¿entiende?!

- ¿Qué hizo con la piedra?

- ¿Eh? ¿Qué quería que hiciese? Pues un llavero, para recordar perennemente el fantasma de ese sentimiento y fortalecer la agudeza de mi ego en el futuro.

- Ya. ¿Considera usted que no hacer de vientre todos los días es síntoma de estreñimiento?

- No.

- ¿Es usted un hombre enamorado, Álister?

- Le he echado el ojo a una mujer con abrigo gris, pero poco más sé de ella, todavía. Respondiendo a su pregunta, aún no.

- A su juicio, ¿cuál es la mejor religión?

- Considerar otras “religiones” aparte de la única verdadera es herejía.

- ¿Sabe quién es Schlinder Pashnavi?

- Un maravilloso escritor.

- ¿Cómo definiría, en sólo dos palabras, a Cuervolandia?

- Tiempo. Lento.

- Es suficiente. Siguienteee.

¿Es el Parque de atracciones Los Palominos? Por favor, pásenme con la adjunta de dirección. Gracias, espero... Elspeth, ¡¡Por fin logro hablar contigo!! El Sr. Cormonas quiere despedirme!! No ha parado de gritarme hasta que se lo han llevado de nuevo al hospital para administrarle su dosis de calmantes… ¿Que Qué ha pasado? Pues que el que iba a ser el fichaje estrella como Jefe del Área de Innovación de Espectáculos de “Los Palominos” no ha aceptado… Si, si, el que te comenté que pasó todas las pruebas, Álister el Imposible… Contestó con gran soltura a todas las preguntas de la entrevista, pasó sin sudar las pruebas físicas, las pruebas de idiomas, incluso el examen de escritura braille para ciudadanos de Chitril,… Era perfecto para el puesto, con él pretendíamos revolucionar las estrategias de animación con nuevos números, innovadoras puestas en escena que hiciesen que el público se interesase aún más por nuestros parques de atracciones… Claaaaro, el Sr. Cormonas está que trina: había puesto muchas esperanzas en él, para poder aventajar a Cuervolandia. Por fin iba a poder convencer a la banca y a todos los inversores, por fin iban a ser capaces de hundir a ese parque que tanto se les ha atragantado… ¿Por qué ha rechazado? Bueno, cuando Cormonas le llamó para hacerle la oferta del puesto en firme, Álister al enterarse de que el puesto no era exactamente para Cuervolandia le contestó… “Lo siento mucho: No trabajo con imitadores”.

Cuervolandia: ¡¡Rechaza imitaciones!!

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Gerente por un día (Nº 4): "Saber escuchar"


¿Quién turba nuestro reposo?


Cuervolandiaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

Si amigos cuervofans, los gerentes nos hemos tomado un año sabático para reflexionar y tomar aire, para vivir experiencias y poder contarlas luego, no temáis, habrá relatos al alimón y cuervopoema navideño. Y el año que viene seguramente volveremos a la gerencia con renovadas historias. De todos modos hay clientes que nos leen y que se incorporan al trajín de nuestro parque y no renuncian a la oportunidad de ser gerentes por un día y así lo hace nuestro amigo Adolfo Marín que nos ha conmovido con su historia. Merece la cuervogerencia por un día sólo por hacernos despertar del letargo. Gracias y bienvenido a cuervolandia.

Precaución: los coches de choque no tienen frenos.


SABER ESCUCHAR

El hombre tomó asiento junto al anciano. Después se giró con placidez, le miró y le ofreció una amplia sonrisa. El anciano, acostumbrado a no esperar compañía alguna en sus largas tardes en el banco del parque, se sintió tan sorprendido como complacido al verlo. El hombre vestía impecablemente, con un estilo sencillo que constituía la clave de la elegancia que destilaba. En la pulcra camisa había dejado el botón superior desabrochado de manera deliberada, y una chaqueta italiana, en perfecta armonía con los pantalones y los zapatos, le daba el aspecto sólido de una persona acostumbrada a atraer las miradas sin pretenderlo, por su mera presencia. Su imagen estaba lejos de la manida formalidad del hombre de empresa, y tampoco recordaba a la inquietante figura del comercial que esconde su ansia de ventas bajo una mueca dentada. No parecía tener prisa u objetivos concretos; simplemente estaba allí, sentado y satisfecho del mundo que se desplegaba ante sus ojos en aquella tibia tarde de principios de otoño.

- Buenas tardes - dijo el hombre. En su voz se percibía la serenidad propia de quien se ha asentado en la vida, sin traza de ese odioso orgullo forzado que muchos usan para creerse reafirmados. Debía de rondar los cincuenta años, pero su aspecto jugaba a su favor y hubiera sido fácil suponer que acababa de cumplir los cuarenta.

- Buenas tardes -respondió el anciano, levantando una de sus manos apoyadas en el bastón para tocar el ala de su sombrero a modo de saludo.

Hubo un momento de silencio. El hombre miraba pausadamente hacia arriba y giraba la cabeza con lentitud, estudiando las ramas del árbol que les cubría. De vez en cuando el sol en lo alto, bajando lentamente hacia la línea del horizonte ante el banco, se filtraba entre las hojas y le hacía guiñar los ojos. A sus espaldas, el camino por donde había llegado se adentraba en la oscuridad creada por la bóveda de vegetación.

De pronto dijo:

- Se está bien aquí, ¿verdad?

No era habitual para el anciano que alguien tratase de hablar con él. Esto era en parte algo buscado, ya que procuraba huir de las agobiantes charlas de hospital a las que tan aficionados eran los demás ancianos que frecuentaban el parque, y por eso había elegido aquel banco en penumbra, donde a ninguno de aquellos enfermizos individuos se le ocurriría sentarse. Pero, por otro lado, lamentaba profundamente su aislamiento. Dentro de su propia familia su figura había ido transformándose poco a poco en una sombra. Los hechos de su rica vida ya no interesaban a sus hijos y nunca habían interesado a sus nietos, y cansado de competir en desventaja con el monótono ruido de fondo del televisor, se retiraba a la soledad de aquel banco a rumiar sus recuerdos sin molestar a nadie. Por eso tuvo una extraña sensación de complicidad con el hombre cuando éste le dirigió la palabra.

- Sí, la verdad es que sí- respondió-. Yo vengo todas las tardes desde que me jubilé. Siempre que haga buen tiempo, claro.

- ¿Y hace mucho de eso?

- Bueno… Depende de cómo se mire. Cinco años pueden pasar muy rápido o muy despacio. En mi caso pasan muy despacio.

El hombre asintió con una leve inclinación de cabeza y un murmullo de aprobación.

- Le comprendo. Tiene usted aire de mundo, de haberse movido mucho y haber visto muchas cosas. Seguro que pasarse las tardes en el banco de un parque no es su ideal de jubilación.

- Tiene razón. Mi hija mayor me protege demasiado, apenas me deja hacer nada. Me prepara la comida, controla las medicinas que he de tomar, me abriga de más e incluso me dice a dónde debo ir y a dónde no. Todo lo hace, menos escucharme. Y el caso es que puedo valerme perfectamente por mí mismo, pero vivo con ella porque se empeñó tanto que no pude negarme. Enviudé poco antes de jubilarme, y en ausencia de mi mujer, que en paz descanse, mi hija parece sentirse responsable de darme un retiro cómodo. Como si quisiera compensarme por los esfuerzos que pasé para criarla a ella y a sus hermanos.

- ¿Tanto tuvo que hacer por ellos?

- Ningún buen padre se quejaría de lo que tuviera que hacer por sus hijos. Yo, al menos, no me quejo. Pero tampoco siento que haya sido un padre tan bueno, aunque si no lo fui, se debió a las circunstancias. Al poco tiempo de nacer mi hija mayor me quedé sin trabajo, y pasé muchos meses sin encontrar nada. Ya sabe que aquí nunca ha habido trabajo. En aquel tiempo todavía era peor, de manera que acabé por marcharme a Sudamérica.

Sudamérica… Mencionarla hizo que un eco vibrante resonase en lo profundo de la mente del anciano.

- Allí me hice camionero, ¿sabe usted? Cuando llegué a Caracas le pedí un préstamo a un primo mío que había emigrado unos años antes. Las cosas le habían ido bastante bien y había podido ahorrar cierta cantidad de dinero al margen de lo que enviaba a casa, así que no tuvo problemas en prestarme un poco. Eso sí, con los correspondientes intereses –rió entre dientes-. Por eso, en cuanto tuve el camión, me lancé a ganarme el jornal por los caminos.

El anciano miró con atención al hombre. En el rostro de éste afloraba, rejuveneciéndolo aún más, una intensa expresión de expectación, como la de un niño que va al cine por primera vez y ve apagarse las luces mientras el proyector se enciende y empieza a sonar la música en la sala. Parecía dispuesto a absorber con placer cuantas anécdotas estuviese él dispuesto a ofrecerle.

“Qué gran oportunidad”, pensó el anciano. Y comenzó a desenrollar, con una paciencia impregnada de emoción contenida, el ovillo de sus recuerdos.

Poco a poco los minutos se fueron llenando de escenas almacenadas a través de los años en los archivos de la memoria. Al principio fueron desplegándose con esfuerzo, anquilosadas como miembros que han permanecido sin moverse largo tiempo. Pero pronto la mente se acomodó a la situación y las palabras empezaron a fluir con soltura, y los recuerdos a encadenarse y a encajar entre sí. El anciano había recorrido prácticamente todo el continente a los mandos de su camión, y en más de una ocasión los conocimientos acumulados durante su vida en el campo hasta los dieciséis años le habían resultado muy útiles para resolver situaciones comprometidas, cuando no para salvarle de la muerte. De modo que, entre majestuosas cordilleras y llanuras infinitas, violentas tormentas y secos páramos, gigantescos rebaños de ganado y extraordinarios animales de la selva, e individuos de todo el espectro de calidades humanas posibles, las experiencias de su juventud en la casa paterna emergían aquí y allá y se mezclaban con naturalidad en la trama de lo contado. Así, cosiendo los retales de su historia personal, fue recorriéndola, mientras el sol seguía bajando hacia el horizonte y sus rayos se iban suavizando.

Durante todo ese tiempo el hombre permaneció sentado en la misma posición. Se mostraba a todas luces atrapado por la conversación, que ya no era tal, sino prácticamente un monólogo en el que el anciano hablaba y hablaba, cada vez más rápido y con mayor intensidad. En los primeros momentos el hombre había hecho pequeños incisos, preguntas concretas que habían ayudado a que arrancase el relato, pero ahora se limitaba a asentir de cuando en cuando mientras sonreía sin cesar con una amplitud proporcional a la pasión que el anciano ponía en su narración. No parecía cansarse; más bien al contrario, se le notaba ávido de escuchar, y era sin duda aquella avidez la que arrastraba al anciano a contar todo cuanto iba surgiendo de los rincones polvorientos de su cabeza.

Porque en aquella cabeza ya sólo quedaba polvo en los rincones. El espacio central se había despejado para convertirse en un majestuoso escenario. Sobre su plataforma, los acontecimientos del pasado rompían la ajada envoltura color sepia en que el ostracismo los había encerrado y se desplegaban mostrando su esplendor original. Además, al aumentar el ritmo de la narración, aquellos recuerdos que habían empezado a abrirse tímidamente como flores mustias recién regadas estallaban ahora con la furia de fuegos artificiales.

No hubo tregua al silencio. Ni un momento de descanso, ni la necesidad de humedecerse la garganta; nada interrumpió. Más aún, el discurso siguió acelerándose, y cuando la aventura sudamericana tocó a su fin, el anciano prosiguió con la historia del regreso a casa. Luego vino la tienda de ultramarinos que montó con el dinero ganado, y con ella los chismes y rarezas de la gente que allí acudía. Ya se sabe, esa gente que siempre parece normal. Entre medias, por coincidencia en el tiempo, se mezclaron la educación y los logros de los hijos. Después, en una especie de estertor sentimental, el anciano vomitó la pena por la pérdida de su mujer bajo la forma del relato de su enfermedad, agonía y muerte. Finalmente llegó la jubilación.

- … y esto es todo hasta la fecha.

Al instante de pronunciar aquella frase, el anciano sintió algo muy extraño, algo que no había experimentado nunca. Tuvo la desagradable sensación de que entre sus manos se deslizaba el extremo de una cuerda vital, y aunque el instinto enseguida le hizo reaccionar para asir el precioso cabo, éste quedaba ya fuera de su alcance. Con una velocidad sorprendente, se alejó sin remisión hasta perderse por completo.

Se quedó vacío. En su interior, desalojado a fuerza de habla, su mente buscó ansiosa un punto al que aferrarse. Una seña de identidad, migajas de la memoria, cualquier cosa. Pero ya no quedaba nada.

Los ojos del anciano se abrieron de par en par, las pupilas se dilataron. Trató de absorber la realidad con la mirada, en un esfuerzo desesperado por capturar del entorno algo que le devolviese un ápice de sí mismo. Sin embargo, nada de lo que allí había formaba parte verdadera de él.

El mundo empezó a cambiar al blanco. El sol estaba a punto de descender por debajo del follaje del árbol sobre sus cabezas, y su luz, aunque mortecina, pronto bañaría el banco del parque. Pero no aún. El mundo cambiaba al blanco sólo para el anciano, y los objetos a su alrededor iban fusionándose en una única masa de hielo puro que presagiaba un frío infinito.

Ejecutando con asombrosa lentitud un simple giro de cabeza, volvió la vista hacia el hombre. Buscó a tientas su rostro a través de las escasas fisuras que quedaban en la pared inmaculada que cubría sus ojos. Buscó un gesto de ayuda, la última confortación de saberse socorrido en aquel momento trágico. Lo que encontró, sin embargo, fue la visión de la sonrisa del hombre. Una sonrisa parecida a la que le había hecho ganarse la confianza del anciano, pero en absoluto igual. La boca se había ensanchado y afinado a la vez, las mandíbulas apretaban los dientes con saña, y en las comisuras de los labios afloraba una perversidad íntimamente satisfecha.

El corazón del anciano se estremeció, encogiéndose de horror hasta detenerse.

El blanco lo inundó todo.

El hombre se apartó ligeramente hacia el extremo del banco sin dejar de mirar al anciano. El cuerpo de éste empezó a inclinarse con lentitud, fue aumentando el ángulo poco a poco y terminó desplomándose sin vida sobre el asiento de madera. El bastón cayó a tierra con un sonido amortiguado, y el sombrero se volcó y quedó apoyado boca arriba.

El hombre se puso en pie. Con el aire placentero de un gato que se despereza, estiró sus extremidades mientras bostezaba. Luego metió las manos en los bolsillos del pantalón, echó a andar con parsimonia y enfiló hacia la entrada del camino por donde había llegado. Desde el inicio del sendero, cubierto por la penumbra, lanzó una última mirada al banco donde yacía el anciano. Justo en aquel momento el sol, en su caída, surgió entre el follaje y la línea del horizonte. La claridad reveló la escena: un anciano tumbado en su habitual banco del parque, en el que nunca se le había visto acompañado. Tal vez estuviese durmiendo, pero pronto la desmadejada postura de su cuerpo llamaría la atención de alguien que acudiría a tratar de despertarlo en vano.

Para los periódicos sería otro cadáver misterioso que seguía la misma pauta de los anteriores.

Triunfante, el hombre se adentró en la oscuridad del camino sin volver a mirar atrás, dejando en el aire el rumor de una canción murmurada que se fue apagando en la distancia.

sábado, 25 de diciembre de 2010


'Coro Polifónico Jurásico de Cuervolandia'


'¿Dónde estás ahora, Cuñataí, que tu suave canto no llega a mí?'


Aunque parezca mentira
Esta navidad una dos, mmm digo tres liras.

En la fría navidad+
no hay lugar para el quebranto ni la ira
hay tanta felicidad
y tanto amor se respira
que cuervolandia baila y en corro gira.


Del niño Jesús la voz
se alegraba y se reía, pues cuervos
-todo cariño y amor,
pollos y también viejos-
cosquillas le hacían y se iban lejos.
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Los Gerentes contentos:
de sus corazones, ollas de bronce,
rebosan sentimientos.
Nos desean, entonces,
con Cuervolandia, Feliz Dosmil Once


Pd. Los gerentes os deseamos felíz cuervonavidad a todos y finaliza este año gritando CUERVOLANDIAAAAAAAAAAA!!!!!!!