martes, 25 de septiembre de 2007

Historia de un gerente (II)

'Elpepiput, sátrapa'

'Susórdenes, mi capital'


Sirviéndose de los escasos ahorros reunidos durante su truncada etapa laboral, se refugió en una pensión, abatido al considerarse culpable de que los juguetes no se vendieran debidamente. Él había dado lo mejor de sí mismo diseñando las cajas de Marisita, la medusa risueña, o Bárbara, la adorable anchoa de peluche; pero de poco había servido todo el esfuerzo volcado en su labor, y lo mismo podía decirse de los avances tecnológicos en los que la empresa había destacado como una de las pioneras. Durante largas semanas se encerró en sí mismo, cuestionándose qué buscaba en la vida y a qué deseaba dedicar realmente sus energías. ¿Es que acaso no valía para ese trabajo?

En esa época, todas las noches se acostaba atrincherándose bajo las sábanas, acosado por el irritante zumbido de los mosquitos que regentaban la pensión, y todos los días se despertaba rascándose las hinchazones de sus manos, brazos o pies. De nada valía el uso, antes de dormir, de molestos espráis que, o bien casi asfixiaban a uno más que a los propios insectos, o simplemente no eran eficaces. Impotente y temeroso ante la ineluctable condena nocturna, casi siempre tardaba en conciliar el sueño hasta que al final caía rendido, asiendo casi con orgullo la pala matamoscas cual simbólico pendón militar, para resultar invariablemente acribillado por tan indeseables compañeros de cama. Las trampas eléctricas tampoco se revelaron eficaces, por entonces muy peligrosas para la seguridad y tan ruidosas como hoy en día; por no hablar de las mosquiteras, en las que varias veces llegó a quedar enredado con los insectos en el interior, gimiendo y condenándose hasta el agotamiento.

Muchas noches se quedó dormido pensando en cuál sería el método perfecto para deshacerse de esas agudas y sedientas trompetas. Hasta que un día, además de con granos, despertó con la respuesta. Pues claro que sí. Y, o mucho se equivocaba, o a nadie se le había ocurrido todavía.

Gracias a sus conocimientos de química y a las experiencias adquiridas en su anterior empleo, amén de largas sesiones dedicadas al estudio de sus recalcitrantes antagonistas (pues no hay enemigo pequeño), patentó una fórmula e ideó un artilugio muy bien fundamentado. No tardó en contactar con Arturo P., un antiguo compañero de la fábrica de juguetes, para que supervisara los aspectos técnicos de la manufactura y montaje. Este enseguida se entusiasmó con la idea, pues también sufría el tormento mosquitil desde pequeño; su sangre era tan dulce que todas las dípteras se cebaban en su piel, según decía, destilando tal afirmación un trágico orgullo.

—La mía es más dulce que la tuya —insistía, con semblante de resignado bribón—.

Convencidos como estaban del éxito de su proyecto, unieron recursos y confiaron su idea a una empresa de matamoscas novel, hoy ya extinta. Fueron los primeros en sacar al mercado un antimosquitos eléctrico con pastillas de recambio. Era algo revolucionario y moderno: lo enchufabas y te olvidabas, despedía un suave olor a pachulí, podías dejar las ventanas abiertas e incluso la luz encendida, no se oía ni un zumbido durante toda la noche…

El éxito fue fulgurante, aunque sus competidores tardaron en reaccionar. Al principio se rieron de la idea para luego mostrarse nerviosamente escépticos y, cuando finalmente quisieron lanzar un producto similar, se dieron cuenta de que no estaban preparados para alterar tan drásticamente sus tradicionales enfoques ni las cadenas de montaje, por lo que se limitaron a copiar. Pero aun así no fue fácil, y encontrar un principio activo similar parecía imposible. En decenas de despachos se dieron puñetazos o escupió saliva al exigir resultados, y por toda la nación rodaron las cabezas de muchos ingenieros químicos.

Mientras, los exitosos directores del proyecto perfeccionaron el aparato a la par que sus prestaciones, incorporando útiles detalles que a nadie más se le ocurrían, a pesar de parecer obvios cuando se ponían a la venta en supermercados y droguerías. También introdujeron el primer depósito líquido, en sustitución de las ya anticuadas pastillas. A meses luz de sus imitadores, se hicieron ricos en apenas unos años, contribuyendo a ello decisivamente la patente que poseía el creador sobre la fórmula inicial.

Los embalajes utilizados para contener el ingenio fueron asimismo diseñados por él, popularizándose enseguida el símbolo del mosquito risueño atravesado por una barra roja transversal, como en la conocida señal de tráfico que establecía prohibición.

¡Qué satisfacción volver a casa de sus padres un lustro después, en una furgoneta cargada a rebosar con cajas de antimosquitos! No había vuelto a saber de ellos desde sus comienzos en la fábrica de juguetes.

Descubrieron avergonzados que, como la mayoría, también usaban el invento de su hijo, el cual tenían repartido por toda la casa. Tanto se alegraron de volver a verle, que no podían dejar de llorar a causa del gozo y el orgullo.

Pero cuando su madre lo miraba cariñosamente, él se daba cuenta de que en esos ojos palpitaba aún cierta tristeza por la vida que, antaño, tan inopinadamente había frustrado como Responsable en jefe o Investigador de área senior del Departamento Técnico y de Catalogación Archivística de la biblioteca municipal de alguna destacada ciudad de nombre compuesto. “No pudo ser”, pensó ella conteniendo la emoción, y luego volvió a abrazar a su hijito con locura mientras sonreía.

martes, 4 de septiembre de 2007

Valentín Schlinder Pashnavi?

'Muerte por hipoteca 700984821'


'Don't walk'

-Pase, pase...

El doctor Lupiáñez activó el metrónomo, encendió un cigarrillo, dio una calada y lo apagó con vehemencia en un cenicero triangular. Sacó su bloc de notas y tras invitar a tumbarse en el diván al caballero hindú que acababa de entrar, se situó tras su cráneo e inició el siguiente diálogo:

-Cuénteme su historia Sr. Schlinder- Pashnavi.

-Verá doctor. Por primera vez en mi vida me encuentro desnortado, perdido, no hallo reposo en la meditación, no encuentro sosiego en el ayuno, no sé cuánto podré seguir así..., La verdad no sé por dónde empezar a contarle.....

- Tenemos tiempo, empiece por el principio ¿Por qué decidió ser Fakir?

-La pregunta es ¿Cómo puede alguien no querer ser Fakir? Sí doctor, el control absoluto del cuerpo por la mente, el dominio del dolor, la cercanía a la iluminación a través del desapego físico, esa fue mi razón de ser,... mi razón de ser hasta ahora... Claro.

-¿Cómo llegó a controlar el dolor?

-Doctor, yo no controlo el dolor, el dolor existe por sí mismo, surge en cualquier esquina, no hace falta clavarse nada para sentirlo, el dolor somos nosotros, está en nuestra esencia. Yo sólo aprendí a convivir con él, desde que mi padre me dio de comer mi primera bombilla, desde que empecé a actuar en el circo de mi abuelo clavándome agujas en las manos y la lengua a mis tiernos siete años. Todos los días en mi camita de clavos soñaba con el día de actuar en un lugar con clase, un lugar como Cuervolandia, con su atracción de Mondo Egypto, en la que yo era la estrella...

-Ahá... (dijo el doctor Lupiáñez, arqueando una ceja y apuntando frenéticamente en su pequeño bloc de notas sus últimas impresiones "posible trauma infantil").

-Mi pasión por el dolor se fue sofisticando más a base de trabajo y esfuerzo, llegué a ver de corrido infumables producciones de dieciséis horas de metraje premiadas en el festival de Sundance, ir a clases de derecho romano e internacional privado a las ocho de la mañana y estudiar las asignaturas sin estar matriculado siquiera, no pagué dos años de Hacienda, sólo para ver cómo me embargaban todos mis bienes, sólo por el placer de buscar la perfección en el dolor, el dolor, DOLOOR, DOLOOOOOOOR, ¡DEVUÉLVAME MI DOLOR , DOCTOR LUPIÁÑEZ, DEVUÉLVAME MI DOLOOOR!!!!!!!!!!!, ¡¡¡¡¡¡DOLOOOOOOOOOR!!!!!.

Mientras pronunciaba estas palabras, Schlinder Pashnavi saltó sobre la mesa del doctor y se golpeó varias veces con la esquina de la mesa en la cabeza. Lupiáñez ante esta situación descontrolada, apuntó en su libreta "trastorno obsesivo por el sufrimiento", le propinó un puntapié para que se calmara aún más y tras varios puñetazos y collejas, logró reconducir al diván a Schlinder Pashnavi que lloraba desconsolado....

-Tranquilo Sr. Pashnavi, estamos aquí para ayudarle... (Dijo el doctor, dándole a su paciente sonoras bofetadas en la cara).

-No siento dolor... (dijo Valentín sollozando), no sufro. Sus bofetadas y collejas no me proporcionan ninguna alegría, no crea que no se lo agradezco, pero son más bien aburridas y dadas sin convicción.

-Hago lo que puedo, pero esta no es la vía amigo Schlinder Pashnavi, lo que pretendo encontrar es el motivo que provocó en usted esa terrible insensibilidad hacia lo que más ama.

-No lo sé yo estaba tan feliz, el día de los hechos, había venido al trabajo en un autobús regional, que paraba en todos los pueblos viendo la misma película trasnochada de las últimas doce veces, aún saboreaba unas ortigas crudas que me había encontrado a la orilla de la carretera, y cuando ya en el trabajo, me encontraba con mi público, con mis queridos niños, empecé mi número de contorsión y punzamiento con varillas de fuego y en lo mejor del número la vi, ella era..., no sé cómo era, sólo me acuerdo de un abrigo gris.... El resto ya lo sabe.

-Exactamente, se quedó absorto en medio del número y de no ser por los cuerbomberos se nos queda usted en el sitio.

-Ayúdeme doctor. No he vuelto a sentir amor por mi profesión desde ese día.

-Paciencia amigo Schlinder Pashnavi....vuelva regularmente a mis sesiones, el camino será duro pero creo que poco a poco lo iremos consiguiendo.

El doctor Lupiáñez acompañó a Valentín a la puerta, guardó en el bolsillo su bloc de notas. Encendió un cigarrillo, dio una calada, lo apagó en el cenicero de cinzano que había caído al suelo tras el ataque de Schlinder Pashnavi, esta vez lo hizo sin vehemencia, reflexionó unos instantes y paró ..... el metrónomo.

Atención, los coches eléctricos pueden dar calambre.
Cuervooooooolandiaaaaaaaaaaaaaaaa.