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5 de abril de 2010

Gerente por un día (Nº 3): "La Magia de Cuervolandia"



'Matrimonio concertado'

'Caja de sorpresas'

Y aquí proseguimos en esta serie de cuervoposts, relatados por ustedes, visitantes de nuestro parque, que en algún momento han disfrutado no sólo de sus atracciones sino de todo el encanto que el marco incomparable que lo rodea le confiere. Sólo cabe agradecer esta vez a Alberto, Necio Mayor de Mundo de Necios, que nos haya regalado los ojos y el paladar, la mente y el corazón con este relato. Los Gerentes sabrán como hacerlo. Una vez más se demuestra que en Cuervolandia es posible.

Era la primera vez que iba a visitar Cuervolandia, ese parque de atracciones en medio de la nada más absoluta y de la insalubridad más visible debido a los excrementos de cuervos, que a modo floral adornaban cierta parte del parque.

Fuí allí ex profeso, en contra de mi sensatez y con todo mi deseo de que fuera cierto lo que me habían dicho.

Según mi cuñada Julia, entre las atracciones de los “cuervocoches de choque” y la caseta de “churros y demás fritangas” se encontraba el sitio en el que se depositaban mis esperanzas. Una adivina con ojo de cristal y verruga incluida que aseguraban era capaz de predecir el futuro, el presente y adivinar la carta más alta del mazo, si era menester. Según las malas lenguas tenía prohibida la entrada a los casinos de medio mundo, aunque nadie lo había demostrado, pero solo por si acaso.

Después de pasar por taquilla a por mi cuervofichas me dirigí disciplinadamente hasta el lugar donde se encontraba la Adivina. Avisté el sitio con un ligero rechazo, era una especie de tienda de campaña, como la de los indios de las películas antiguas, tenía un color amarillento tirando a cobrizo probablemente por la suciedad acumulada y a modo de cartel, ondeaba al viento una bandera con un ojo brillando que parecía el de Sauron, siguiendo según me acercaba a la puerta.

Del umbral colgaba una cortina de tiras, que cuando la atravesé me fijé que eran cadenas de plata y rellena de abalorios de todo tipo de la marca Pandora. – Vaya pija – pensé para mí.

Entré respetuosamente con las manos entrelazadas y la cabeza gacha, los ojos bien abiertos y una mueca lo más parecida a una sonrisa de lo que fui capaz de plantar.


- Buenos días –dijo desde su mesa la que supuse era la persona que buscaba.
- ¿La adivina? –Aventuré no sin temor a que me dijera que me había equivocado.
- Adelante, siéntese y relájese. ¿Un té? –Preguntó, y su voz causaba un efecto en mí que me llevaba en efecto a la relajación.

Agradeciendo y aceptando su oferta, acabé de entrar y mis ojos se acostumbraron a la escasa luminosidad que había en el interior únicamente ambientado por velas causando un efecto de contraste con el exterior, donde Lorenzo castigaba a los audaces que se atrevían a salir.

Mientras me calentaba el té aproveché para realizar una minuciosa inspección del interior de la tienda india que sorprendentemente parecía muchísimo mayor de lo que se antojaba desde fuera. La choza tenía unos sofás y una par de sillones, una estupenda biblioteca de madera de roble, una mesa a juego con la biblioteca donde estaban todos los utensilios que se esperan de una adivina –o bruja– perfectamente ordenados e impolutos. También tenía una mesa de billar y un mueble bar abierto y –según parecía – recién usado.

Me sirvió el té en una preciosa taza de porcelana y me hizo un gesto para que me sentara donde quisiera entre los sillones. La observé detenidamente, era una mujer de mediana edad, efectivamente, con una ligera verruga al lado de la nariz, ojos marrones y pelo castaño recogido en una coleta. No era fea, como cabía esperar –¿pero qué era exactamente lo que esperaba?– y cuando sonreía podría jurar que hasta era en cierto modo atractiva.

- ¿Ha venido para que cuente su futuro? –me preguntó cortésmente.
- Pues la verdad es que me da un poco de vergüenza empezar –le dije ruborizandomene levemente y esperando que la oscuridad existente ocultase el detalle –Verá me gustaría saber quien es la mujer con la que voy a ser feliz el resto de mis días.

Sonrió de nuevo, pero esta vez sus ojos refulgían fuego y pude sentir la energía emanando de sus manos mientras miraba la bola de cristal.

Ahora no sabría decir cuánto tiempo pasó y si lo que sucedió allí fue real o sugestionado, pero Pandora (Se llama Pandora la Bruja) me dio una respuesta concreta y sorprendente.

Hoy, cuatro años después Pandora y yo tenemos dos hijas, un perro y una perchero animado (aunque yo sugerí que la escoba sería más útil, pero ella quería evitar los tópicos), se ha retirado del mundo del espectáculo y vivimos en un pisito con vistas al cementerio de la Almudena en Madrid. Se ha cambiado su apellido por el mío y eso nos permitió conseguir grandes ingresos iniciales en los casinos.

Si conocen a alguien que sea lo suficientemente bruja para sustituir a Pandora, sepan que alquilamos la tienda índia de Cuervolandia, por si les interesa.

23 de enero de 2010

Gerente por un día (Nº 2): "El transformador del mal rollo"



'¡Oye, Blas!'

'Yo nací para esto, Kyle'

Segunda edición de esta sección dedicada a los relatos de todos ustedes, gerentes en el exilio disfrazados de personas normales. De otra manera, no podrían concebir nuevas páginas de este su desvencijado parque con semejante naturalidad y, sí, digámoslo ya pues es evidente, talla moral e intelectual. Es algo que nos hinche de orgullo, no de sorpresa, empero, pues sabemos que ustedes son nobles, poderosos y granguinolescos. Mas, ¡cesen los introitos y ábranse ya las compuertas de esta nueva atracción! Limonessa del ilusorio es la responsable y por ella los cuervos vuelan en círculos hoy sobre nuestras cabezas. Gracias, amiga.


Había sido un año enormemente productivo para Cristóbal. Y es que, estar enamorado de la mujer del abrigo gris era inspirador para él. Bien es cierto, que no todos sus inventos fructificaron. Por ejemplo “El extractor de problemas a presión con mangos de colores” tenía un defecto en la resistencia del material que debía hacer fuerza para la extracción. Ese defecto nunca pudo ser corregido. Lo mismo ocurrió con “La destructora de las preocupaciones”. Sin embargo con “El saquito contenedor de sensaciones agradables” consiguió alzarse con el premio nacional al Inventor del Año (prestigioso premio concedido por la revista Geniality). El jurado valoró la originalidad, la eficacia en la conducción del bienestar, la portabilidad del saquito y la utilidad general de la creación.

Y ahora, ¡no lo podía creer!... Se abría en Cuervolandia la última atracción que había salido de su imaginación “El transformador del mal rollo” y además para su mayor regocijo la gerencia había aceptado una ubicación entre un cuervocajero automático y un cuervorestaurante -nada que ver con la ubicación inicial junto a los cuervoWC-.

El transformador se convertiría en la atracción estrella, había levantado una gran expectación. Para empezar, utilizar con éxito la atracción te suponía no un gasto de cuervofichas marrones, sino una devolución de las mismas a usar en cualquiera de las demás atracciones (incluido el cuervocasino). Cubero fue el primero en utilizarla, quería dejar de ver medusas crecientes que le sonreían. Para ello entregó 10 cuervofichas marrones a Jacquelyn. Sí, eso es, Jaquelyn superó todas las pruebas para incorporarse como controladora de la nueva atracción, fue seleccionada entre varios individuos trabajadores temporales y permanentes de Cuervolandia. Para ellos suponía un prestigio adicional, además de un incremento nada desdeñable de su imaginario sueldo. Su labor consistía en valorar a simple vista un grado de mal rollo aceptable para poder ser transformado en buen rollo a lo largo del recorrido; recoger las cuervofichas y devolverlas en caso positivo y dar el primer empujón a los usuarios dentro de su flotador de óxido de nitrógeno. Una vez impulsados desde la rampa del malestar los usuarios van desprendiendo problemas y preocupaciones al rebotar con las paredes de buenos recuerdos. Después caen desde la cascada de la risa a la piscina de la serenidad, allí permanecen el tiempo necesario y se aproximan a las duchas de limpieza de impurezas. Finalmente unos cuervos con vista afilada hacen el último control de calidad, si detectan alguna anomalía (malos pensamientos, hostilidad latente, envidia, rencor…) agarran los flotadores con sus afilados picos y lanzan a los usuarios a las tuberías de la realidad, donde una sucesión de pequeños extractos del programa “Informe Semanal” tratarán de demostrarle que su mal rollo no tiene razón de ser, comparado con el estado del mundo. El óxido de nitrógeno va impregnando esas tuberías. En la salida un medidor de estabilidad emocional indicará la posibilidad o no de recuperar sus cuervofichas. Intentar cantar una canción de Pavarotti en ese momento está bonificado con 2 cuervofichas.

Desconocemos la suerte de Cubero ya que los recorridos de la atracción son confidenciales. Lo que sí sabemos es que Lupiáñez ha presentado una solicitud formal para usar la atracción como terapia con neuróticos. Cristóbal ya ha advertido que no admitirá al agresor de Berlusconi ni a otros casos dudosos de mal rollo o de gran impacto mediático. No aspira a la fama. Todo lo contrario de su medidor de estabilidad emocional que ya ha confirmado que había concedido una entrevista a Kyle Mirandilla. (Kyle, por razones desconocidas, muestra un interés desmedido en entrevistar al insuflador de óxido de nitrógeno).

Cormonas cierra “La voz de los Monegros” con rabia y arroja el diario a la papelera, “¿Cómo es posible?” de nuevo Cuervolandia lanza una atracción que va a superar con creces a cualquier montaña rusa o lanzadera o espectáculo de fuegos presentes en sus muchos parques. Entonces una sonrisa maliciosa se dibuja en su cara…


Bien, y los demás ¿a qué esperan? Si creen que Cuervolandia no es digna de ese nombre hasta que no escriban ustedes sobre ella (y creen bien), hágannos llegar sus textos a la dirección de nunca: cuervosdelmundo@yahoo.es

28 de abril de 2009

Tributo a Gloria Fuertes



'Pero...'

'Era en Numancia /
al tiempo que declina'



Esa tarde de finales de abril el invierno parecía no querer abandonar los Monegros. No es que hiciese frío... más bien el sol se dejaba ver de vez en cuando entre nubarrones tormentosos que no se atrevían a descargar. Hacía fresquete, pero decenas de visitantes estaban expectantes ante una novedosa atracción: El rincón de la Poesía.

No era una atracción tal cual. No se trataba de un lugar en el que los milagros de la mecánica y la electrónica te llevasen por un recorrido vertiginoso y vibrante. Tampoco era un lugar en el que personal cualificado hiciese gala de sus dotes interpretativas. Era algo mucho más novedoso. Se trataba de un espacio en el cual los visitantes podían recitar sus poemas por turnos. Era algo interactivo, que incitaba a la creatividad y que permitía, por tan solo 10 cuervofichas marrones, convertirse por instantes en una estrella, en alguien bohemio y transgresor a la vez,... dando al mundo a conocer sus sentimientos en forma de líricas expresiones.

La idea había encantado a la gerencia, puesto que podrían dar uso a un pequeño espacio que estaba sin uso entre Mondo Egypto y el cuervorrestaurante, y los costes eran escasos: solo necesitaban un moderador/conductor, que a su vez podía encargarse de encender el micrófono y cobrar las cuervofichas. En palabras de uno de los gerentes: "¡Es genial! Con esta idea los visitantes se entretienen solos, unos a otros,...indudablemente nos elimina carga de trabajo".

Pepito Pi i Pi subió tenso al escenario. Nunca se había atrevido a reconocer su pasión por la poesía de la Generación Beat. Siempre había querido hacer crítica social, sacar al mundo de sus aletargadas mentes consumistas. Por eso sintió que esa tarde de finales de abril era su oportunidad. Se armó de valor, cogió con firmeza el micrófono y promulgó a los 4 vientos el siguiente alegato contra la pena de muerte y contra el incumplimiento de las tallas mínimas del pescado.

"Qué estupideces se dicen a veces
Sobre el reino de los peces:
Un besugo va hasta Lugo
A su examen de verdugo.
Una preciosa merluza que iba borrachuza
Le vendió la caperuza.
Un lenguado deslenguado
Va a ser su primer condenado.
La lubina Serafina
Le administró la morfina.
Un pelotón de rodaballos disparó al cantar el gallo
Para así evitar cualquier fallo.
Lanza salvas Don Siluro
Desde un estanque muy oscuro,
Qué simpática matemática,
Con su pistola automática,
Tras quitarle el seguro.
Un sable muy amable,
Comprimido lateral,
Luce hermosa, sin igual,
Su espinosa aleta dorsal
De colorido inigualable.
Qué contento vuelve el jumento
Al ministerio de fomento.
Qué alegría, noche y día,
Al llegar la policía.
¿Terminarán la autovía?
Este lindo supositorio,
os lo dedica con jolgorio
Vuestro amigo Glorio"

9 de enero de 2009

Gerente por un día (Nº 1): "El intercambiador de sueños"

Bajo este título genérico irán apareciendo esporádicamente los relatos de todos ustedes -que realmente son gerentes en el exilio disfrazados de personas normales- que tengan a bien enviarnos sobre Cuervolandia y las particulares sensaciones que el complejo les provoque, a la dirección de nunca: cuervosdelmundo@yahoo.es (la gerencia no puede garantizar la no publicación o extravío del material recibido)

Vale, ¿quién ha sido el gracioso que ha juntado todas las frases en una sola?

Este primer relato cuervolandés es cortesía de nuestra habitual Interruptor, a la que desde aquí congratulamos, agradecemos y agasajamos.

 
'El pacto de los lobos'
 
 'Aitáááá, Layetááá, iáiáiá'


Todo comenzó el día en que Cristóbal Salteiro presentó el boceto de su invento en Cuervolandia: Una nueva atracción consistente en una amplia pantalla plana donde quedaban reflejados los deseos más ocultos.

Ver si era viable como nueva Atracción del Parque supuso todo un reto. Al principio se ofrecieron bastantes voluntarios pero los problemas comenzaron a surgir cuando los que la probaban no reconocían como propias las imágenes que se exponían ante sus ojos: “Que no, que yo no soy así de materialista, lujurioso…”.

Al final se acabó nombrando a Bruno Estévez como Coordinador del Proyecto y se delegó en él toda responsabilidad.

La primera decisión que tomó Bruno fue llevar el experimento con mayor discreción: Sólo el conejillo de Indias de turno y él como fiel testigo tomando notas de todo lo que sucedía. Se sentía psiquiatra a veces, sacerdote en otras ocasiones y llegó a la conclusión de que aquello se parecía demasiado a una “Máquina de la Verdad” pero con mayor impacto debido a su pantalla de 80 pulgadas.

Conforme introducía más y más modificaciones Bruno optó finalmente por una solución intermedia: ¿Por qué no hacer que cuando uno se conecte no visualice sus propios sueños sino los de un desconocido y viceversa? Al fin y al cabo todos tenemos un lado más o menos indiscreto, aquello podía resultar todo un éxito.

Cristóbal se quedó bastante extrañado cuando por fin recibió la llamada de los Gerentes para ofrecerle el puesto de trabajo pero exigiéndole unas cuantas variaciones en su invento. Hizo lo que le pidieron sin hacer demasiadas preguntas porque rebosaba de ilusión por trabajar en Cuervolandia.

El día de la inauguración de la nueva Atracción “El intercambiador de sueños” se creó un gran revuelo, sin embargo Cristóbal prefirió esperar sabiendo que así tendría más repertorio de ensoñaciones en las que poder recrearse. Cuando se decidió por fin a probarla se quedó absolutamente enamorado de la preciosa mujer que ataviada con un largo abrigo gris le prometía amor eterno. Durante días no pudo quitarse su imagen de la cabeza ¿De qué mente provenía aquel fascinante rostro? ¿Existiría de verdad o alguien la había inventado? ¿Acaso era una artista o la musa de algún pintor?

A la semana siguiente Cristóbal no podía creerse la sorpresa que le aguardaba, la misteriosa mujer del televisor estaba allí mismo en carne y hueso comprando una cuervo-ficha para acceder al “Intercambiador de sueños”. Su pulso comenzó a temblar, en persona aún era más hermosa de lo que él podría haberse imaginado jamás y además aparentaba ser dulce y simpática.

Cuando la desconocida abandonó el recinto Cristóbal corrió raudo para visionar su grabación, pero al verla comenzó a llorar desconsoladamente. En lo más profundo de tan bella dama sólo había deseos de venganza y muerte. Intentó borrarla inmediatamente de su memoria, ella representaba todo lo que siempre había despreciado, pero su corazón no conseguía soltarla, le atraía hasta extremos insospechados, incluso ahora más que antes porque en su mente había comenzado a fraguarse una idea: “Puedo sacarla de ese pozo oscuro en que se encuentra, regalarla los sueños más fascinantes que registre y hacerla volar”.

Lo que Cristóbal desconocía era que no hay lugar para la luz en la oscuridad más profunda y que aquella obsesión le iba a exigir pagar un alto precio, pero ya era demasiado tarde…


Nota de la gerencia:

Posteriormente a que este relato nos fuera enviado, en un diario digital salió publicada la siguiente noticia ¿Habrá una vez más magia en Cuervolandia? That's the destiny

http://mx.news.yahoo.com/s/afp/081212/insolitas/jap__n_ciencia_televisi__n_curiosa_2

29 de septiembre de 2008

La cámara antigravitatoria de Cuervolandia



'El último viaje de Schumpeter'

'Susuna'


Don Eloy Buján estaba contento: a su avanzada edad, el trabajo como operario y técnico de mantenimiento que durante años venía realizando en Cuervolandia, se ajustaba perfectamente a su vida y circunstancias. Siempre lo había dicho y por ello se sentía muy agradecido.


Ese día, como todos los demás, se dirigió bien temprano a la caseta de máquinas disimulada tras una puerta en la fachada de esa, entendía él, prodigiosa atracción. Casi no se notaba la cerradura si no se conocía su punto exacto de ubicación: bajo la entrepierna del astronauta que, dibujado sobre un fondo negro estrellado, saludaba a los clientes con una congelada ingenuidad y el casco bajo el brazo. Pues bien, en esa estrellita metió D. Eloy su llave cerrando tras de sí.

Todavía se acordaba de la primera vez que desempeñó su tarea, poco después de que uno de los gerentes comprase de ganga el dispositivo clave de la barraca a un buhonero que transitaba por el desierto con su carro de cachivaches tirado por un borrico.

— Se lo dejamos muy bien de precio, ¿eh? Nos quita usted un peso de encima, se lo confieso, que si no, no… ¿eh? Tan solo le haría falta una limpieza y puesta a punto. Ah, y tome… A ver dónde la he metido… Espere. Por aquí andaba… Ahí está, debajo de estas planchas de hierro. No la pierda, ¿eh? Que si no… ¡Jo! ¡Jo! ¡A ver quién lo pone en marcha! Oiga, ¿puede darnos un vaso y un cubo de agua?

Aspirando el olor a aceite industrial, encendió las luces verdes del angosto pasillo para dirigirse sin demora al motor principal del ingenio. Con los guantes enfundados, giró y giró el mecanismo hasta ser visitado por un ligero sudor, momento en que, como de costumbre, empezó a escucharse el zumbido de la maquinaria. Pausa y giros, una y otra vez. Se trataba de un ritual bien conocido, un baile cuyos pasos y ritmos ya dominaba a la perfección. Una última y más penosa vuelta, palancazo y… ya estaba por hoy. Satisfecho, secó su frente, apagó la luz y enfiló hacia el snack-bar a enchufarse un carajillo. El médico se lo había dicho con la analítica en la mano: “Eloy, estás hecho un toro”. Él sonreía al recordarlo, pues creía saber por qué.

Flotando a 6 metros de altura en esa cámara hueca cuadrangular coronada por una cúpula, Florentino Muñoz se preparaba para ser astronauta. Pero de los de verdad. Iba allí todos los días a entrenarse. Así, cuando las dificultades del paseo espacial no entrañaran secretos para él, se presentaría a las pruebas de la NASA, o la ESA, o como se llame, y arrasaría con los demás candidatos. Entraba siempre a primera hora, antes de que el lugar se llenase de incómodos aficionados que solo iban allí para divertirse y molestar, con sus chillidos, risitas y torpezas. Él se esforzaba por hacer como que no los veía, labor harto difícil, pero aceptaba la situación como otra faceta de un entrenamiento en el que no sólo se cultivaba el equilibrio y la aptitud espacial, sino también el poder de la mente a través de la concentración.
Una vez detectó a una chica que demostraba una gran habilidad; cuando volvió a entrar a la cámara por segunda vez junto a él, supo sin duda que se trataba de una rival. No paró hasta arreglárselas para machacarle una mano de un pisotón.

Carlitos Santalla tuvo miedo la primera vez que entró en la cámara con su padre. Ahora, en cambio, era una lata, pensaba él, que no permitiesen pasar a los niños sin un mayor que los acompañase. Cuando le pilló el truco, se impulsaba levemente con los pies desde lo alto de la cúpula y veía acercarse con lentitud el suelo de madera listado a su nariz . Si tenía la suerte de que nadie se interpusiera en su camino, justo antes de besar la parte de abajo (que a veces parecía la de arriba, según le dictaban sus sentidos), soplaba con fuerza para quedar suspendido como un jamón a ras de suelo, si bien solía encontrarse reemprendiendo el viaje exactamente en sentido inverso al inicial… hasta que el tiempo se agotaba y, a cámara lenta, volvía a ascender (no, descender) sintiendo como si le pusieran encima un peso invisible cada vez más odioso. El lastre de su propio cuerpo, de su sangre que, como plomo líquido, volvía a dotarlo de mortalidad y vulnerabilidad. Volvía a ser normal.

Pero la mayoría de los chavales solo deseaban hacer diabluras y cabriolas imposibles con sus cuerpos tras un vacilante, maravillado período de adaptación que podía durar de 2 a 3 minutos. Qué divertido era soltar bolitas de salivillas y reencontrárselas, o perseguirlas y volverlas a engullir las primeras veces, hasta que te percatabas de que no eras el único divirtiéndose por allí; o girar sobre ti mismo como los chinos del trampolín esos de la tele; y fijarse en los pelos de las niñas era divertido y espectacular, como al principio de las películas de James Bond o cuando están debajo del agua, y también es mala suerte que ninguna llevase falda.

Tampoco faltaban las parejitas de enamorados, o eso creían ellos —reflexionaba Eloy, felizmente casado, rematando su vermut—, quienes empezaban cogiéndose de la mano o con unos cándidos besitos y, con tanta levedad, parecía que les acababa pesando la ropa. Como el caso de aquellas dos muchachas que, a lo tonto a lo tonto, le habían obligado a activar la palanca de gravedad antes de tiempo... algo menos gradualmente de lo planeado. Sí, tal vez se le fue la mano pasando de gravedad 0 a G +1,5 de sopetón, pero en su disculpa ante los gerentes fue valorado su lógico nerviosismo y, en fin, que hay cosas queeee… en una atracción familiaaar…

A consecuencia de incidentes relativamente frecuentes como aquel, durante un tiempo se decidió forrar el suelo con un blando y grueso revestimiento rojo. Sin embargo, no tuvo éxito: la gente se quejó, les parecía inapropiado y hacía que se sintieran incómodos, embaucados de alguna extraña manera que en las hojas de reclamaciones no acertaban a precisar, por más que se alegasen motivos de seguridad por parte de la gerencia. Finalmente, el mullido tejido se retiró y una nueva sala de Mondo Egypto fue inaugurada.

No obstante, los momentos más satisfactorios que vivió en el parque se los regalaban, una vez cada tres meses, los discapacitados de un colegio: venían en bus con sus sillas de ruedas, sus muletas, sus hierros, y después volaban como pájaros y sonreían, cómo sonreían. Él los dejaba disfrutar durante más tiempo del establecido, con la vista alegremente fija en los cristales. “¡¡Mira, profe!! ¡¡Mira, mamá!! ¡Mira, mira!”.

Después, para rematar tanta maravilla, con las miradas aún encendidas, la gerencia les invitaba a un Cuervofrutas que manchaba sus dientes para el resto del día, como indeleble impronta de felicidad.

Eloy salió del snack-bar pensando en el futuro. A él le encantaría que se recogieran las cuervofichas de la atracción en el aire, o que esos niños con dificultades pudieran encontrarse con mascotas en la cámara. Había pensado incluso en un habitáculo anexo especial para que los enamorados y enamoradas se entendiesen durante más tiempo (abonando un número mayor de cuervofichas, claro está) sin escandalizar ni ser interrumpidos, o en la instalación de un dispositivo especial de limpieza que absorbiera los líquidos indeseados o esporádicas vomitonas. No era ajeno a los problemas técnico-logísticos que todo ello planteaba, pero estaba seguro de que, si no él, estos avances podría llegar a verlos su sucesor.

Según llegaba a la cámara, vio que Florentino Muñoz estaba esperando la apertura de puertas impacientemente. Detrás de él, una pareja de obesos novatos manoseaba sus cuervofichas con nerviosismo. Tal vez —se dijo ahogando una sonrisa—, en esta ocasión, tuviera que llevar la palanca hacia los números negativos.

Entró en la caseta de máquinas, comprobando por última vez que la enorme llave estaba girada a tope y bien ajustada.

—Me encanta mi trabajo.

Siempre lo había dicho y por ello se sentía muy agradecido.

31 de mayo de 2008

El laberinto de los espejos

'Albor de una nueva raza'

'Antiguo como el mundo' o 'Hweee!!'


Vicente Borrás, Vitín, sentía una irresistible atracción hacia los laberintos. Los de la sección de pasatiempos, los mitológicos, los de plastilina que se construía él mismo en cajitas plásticas transparentes de guardar barajas, y a los que añadía una bolita de metal para imaginarse recorriendo ensimismado esos circuitos verdiazules y pasar por debajo de los minipuentes.

También las libretas cuadriculadas con espiral de alambre eran para él laberintos vírgenes, a los que solo era necesario hacer visibles los caminos y paredes con una regla para luego ponerse a prueba a sí mismo y a sus padres, internándose en esos espacios mágicos donde se entrecruzan incertidumbres y Minotauros.

Sin embargo, cuando con toda la ilusión pidió visitar el laberinto de los espejos de Cuervolandia, papá y mamá le pusieron la cara de decir que no. ¿Por qué le negaban justamente las cosas que más quería hacer? Como había sucedido muchas otras veces, esas rápidas miradas que se intercambiaban parecían indicar que la inapelable decisión pronto le sería comunicada.

Entonces comenzó a angustiarse, mirándolos suplicante y señalando con el dedo la puerta de la atracción. Su respiración acelerada y los balbuceos que acompañaban un incipiente pataleo nervioso casi precipitan la situación a su favor, pero no lo suficiente. Fue solo cuando gimió "¡El laberiiiinntooooo...!" y miró hacia el suelo, aferrándose con sus puños a la ropa de sus padres, que se obró el cambio de sino ante el temor de que esa tarde de domingo se viniera abajo tan solo por una bien conocida afición.

Anda, tira... Mejor que vaya yo con él, no vaya a ser que yo qué sé —dijo el padre.

Y así, la amargura que comenzaba a tomar asiento en la garganta de Vitín se transformó en unas inmensas puertas abriéndose en el interior de su pecho, insuflándole nuevos aires de expectación y frescas ráfagas de alegre excitación.

Al llegar a la taquilla, quiso ser él quien entregase las cuervofichas a la chica con cuervovisera, envuelta en algo parecido a un chubasquero transparente sobre un mono blanco. Ella le dijo:

—No te vayas a perder, ¿eh?

Eso lo confundió, porque él lo que quería era perderse, se suponía que se iba allí para eso, porque un laberinto no es nada si no te pierdes. Pensando en ello estaba cuando cruzó el umbral de la entrada cogido de la mano paterna, y una sensación de maravilla se propagó por su cuerpo.

Por todos lados había cristales y espejos; hasta en el techo. El suelo, muy gastado ya, era de color rojizo. La luz natural, secretada por el cielo nublado, alcanzaba el interior. Algunas columnas semitraslúcidas se levantaban sin necesidad aparente: se podían rodear casi todas, pero muchas de ellas solo eran el reflejo de las verdaderas. Tras pasearse un rato, su padre jugaba a
asomarse tras ellas y decirle "cucú", cosa que a él le encantaba, y respondía de igual modo.

En uno de esos "cucús" vio reflejado a su hijo de espaldas, escondiéndose travieso, pero no volvió a responder. Se acercó sonriendo para darle un susto, pero el asustado fue él, porque una señora empezó a gritar y acto seguido a reírse. Con su pelo corto, en el espejo deformante parecía un niño. Él mismo, al mirar hacia su derecha, se vio como un gigante y delgado como un espagueti. Debió darse cuenta de que los pantalones de ella no eran... ¿de qué color eran los de Vitín? Marrones, o negros, creía recordar; no azul marino.

—¡Vitín!

A pesar de tratarse de un espacio cerrado, tuvo la impresión de que cualquier sonido que emitiese no volvía hacia él: parecía ser absorbido por un gran vacío de imposible ubicación. Al caminar, la luz del exterior iba apagándose, tras tanto filtro continuo y tanta reflexión. Decidió volverse a acercar hacia la entrada, pero al girarse había una pared blanca.

—¡Jooooder!

Miró el reloj y se dio cuenta de que las agujas se habían parado. Seguía ahora un pasillo de sucios cristales. Preguntándose si no habría también metacrilato o algún material de imitación, tocó con los nudillos en algunas planchas laterales. Para su sorpresa, bajo sus pies le devolvieron los golpecitos. Ya no había un suelo rojo como Dios manda, sino más oscuras transparencias. "¡Vitín! ¡Vicente, ¿eres tú?!" Se sintió algo incómodo. ¿Cómo iba su hijo a tocar el techo del primer piso...?

No me jodas que esto tiene varias plantas.

Ahí sí se asustó. Pero no podía verse nada a través del suelo, tan gastado y con tan poca luz. Ya decía él que meterse en este tipo de barracas tenía que ser peligroso. Él, un hombre hecho y derecho, lo único que quería ahora era encontrar a su hijo y salir.
Tras pensárselo unos segundos, cogió su teléfono móvil y llamó a su mujer. Le contestó una niña que solo sabía callar y reír; y lo mismo sucedía siempre, cualquiera que fuese el número marcado. A cada tramo que recorría, se iban repitiendo los dos golpecitos desde abajo. Si se detenía, no se oía absolutamente nada durante minutos enteros, hasta que volvían a hostigarle como para que caminase.

—¡Mira, cabrón, no me toques los cojones, ¿me oyes?! —Pero reconoció un matiz de desesperación al final de sus palabras, pues la garganta se le había secado y casi le dolía, como cuando de pequeño, en el colegio, la profesora le llamaba al encerado y él no sabía resolver el ejercicio.

Empezó a percibir sombras aisladas e imprecisas a través de algunos cristales, o fugaces reflejos en espejos que mostraban una irritante calma cuando miraba fijamente. En uno de ellos se vio a sí mismo perfectamente, pero antes de girarse, lo que creía ser su reflejo se dio la vuelta y echó a correr, hasta abrir una puerta y salir al día gris del exterior. Quiso hacer lo mismo, pero no pudo: solo se trataba de un espejo que no le devolvía ninguna imagen.

Comenzó a sudar, pensando en lo mal que lo estaría pasando su hijo. Llevaba allí dentro demasiado tiempo. Esos reflejos de antes podría ser gente que abandona el recinto porque ya es tarde, seguro. Lo último que quería imaginar era la reja metálica exterior del laberinto cerrándose con él y su hijo dentro. A lo mejor había más gente en esa situación, personas que podían ser de cualquier tipo. Incluso podían conocer bien el laberinto y quedarse dentro a propósito para hacerles Dios sabe qué a los que se perdían, como él.

Intentó orientarse fijándose en la intensidad de la luz, pero esta, muy debilitada, parecía provenir de todas partes. Sentía que en todo momento se encontraba en el mismo centro de ese infierno de silencios y suelo verde. Sí, ahora el suelo era verde, y en uno de los espejos se vio reflejado como un hombre plagado de arrugas con bastón, en una vejez horrible. No cabía duda, era su reflejo: el viejo repetía lo mismo que él hacía. Se llevó las manos a la cara, asustado, y el viejo se echó a reír en silencio, con desprecio.

Echó a correr hasta entrar en una habitación totalmente negra. El piso era traslúcido por completo. Había personas en la planta inferior. Incluso puede que hubiese varias más sobre su cabeza. Ya no sabía si estaba en la misma que cuando entró, maldita sea la hora. Fatigado, se echó al suelo de cristal y les gritó, pero no le oían. ¿Pero qué estaban haciendo? ¿Qué coño...? Estaban bautizando a un bebé ahí abajo. Se parecía a las pocas fotos que conservaba de su bautizo. Incluso el vestido de la madrina se... Su corazón se detuvo. Luego volvió a moverse, pero sintió cómo se le paraba. La pila bautismal se le antojaba horrible. Al coger el bebé la madre, se le cayó de los brazos. Los invitados se levantaron de las sillas. El cura elevó la vista hacia donde él estaba, mirándolo lastimeramente, y lo santiguó con la mano.

Tras correr locamente, gritando y golpeándose contra columnas y planchas, tropezó y cayó en medio de ninguna parte, haciendo añicos uno de los espejos. Tiritando, se sentó acurrucado tras sus rodillas en una oscuridad casi total. Hasta él llegaban esporádicos susurros y ecos de pasos. Alguno de esos pasos trajo una sombra que le tiró un beso. Entonces sintió un soplo de viento en su frente y fue testigo del breve fulgor de una puerta al cerrarse. Avanzó, frenético: nada. Era un espejo. Dio media vuelta lentamente, se adentró un poco más en la oscuridad y sus manos hallaron el pomo. Se abrió dulcemente, sin oponer resistencia, al exterior. Reconoció el suelo rojizo bajo sus pies, y frente a sí una escalinata que desembocaba en el pavimento gris del parque.

Se detuvo a valorar si volver a entrar: tal vez para revivir el acto de escapar, tal vez para seguir buscando a su hijo en el interior. No lo hizo. Bajando las escaleras, se sintió un cobarde. Pronto vio la taquilla del laberinto, y algo más lejos a su mujer, de espaldas. Se acercó hacia ella lentamente, sin saber exactamente qué decirle.

Tocó su espalda y ella se giró con una sonrisa.

—¡Hola, tardón! ¿Qué, te has perdido?

—¡Papá se ha perdiiiiiiiido!

Vicente estaba allí, pegado a las piernas de su madre. Cayó de rodillas para abrazarlo, estremeciéndose.

—Cariño, ¿qué te pasa? —preguntó inquieta.

—No podía salir, no podía salir...

—Pero papá, hay un montón de salidas, es un rollo de laberinto. Yo pensaba que ya te habías marchado y vine aquí...

...Y había perdido al niño...

—¿Perdido? Si hace cinco minutos que habéis entrado —dijo ella—. ¿No miraste el reloj?

El reloj volvía a funcionar como si nunca se hubiese parado, y él supo de algún modo que jamás se había llegado a detener en el mundo que él conocía.

—Papiii, ¿a cuál vamos ahora?

—Vámonos a casa.

—¡Joo-óóóó!

Y entregándole a ella las llaves del coche, le dijo:

—Conduce tú.

24 de marzo de 2007

Mondo Egypto (y III)

'No me rehuyáis'

¡Último capítulo de la aclamada saga! El destino de nuestros héroes está sellado y sacudirá los mismos cimientos de Cuervolandia.


Dicho y hecho, unas luces verdes y amarillas iluminan el recinto a media luz. Ahora pueden ver una niebla blanca a ras de suelo que envuelve sus pies. Los telones carmesís se alzan rápidamente para mostrar un sobrecogedor espectáculo sobre la tarima. Repentino, excesivo y aberrante: así es todo en Mondo Egypto.

Un hombre escupía fuego hacia arriba, en dirección a unas jaulas donde se agolpaban pájaros, gatos y ratones. Un fornido hombre de piel tostada gemía atado a una silla, alrededor de la cual una delgadísima santona de vaporosas ropas bailaba locamente, tocando con insistencia una flauta larguirucha de penetrantes y agudos sonidos que dirigía ora a sus oídos, ora a su nariz. Unos desgraciados intentaban salir vanamente de la fosa burbujeante en la que se encontraban, arañando el exterior con vehemencia, salpicando y maldiciendo en una lengua bella y cruel. Bajo una capucha que imitaba la cabeza de un ave picuda, un hombre afilaba una enorme cimitarra sobre una rueda de piedra giratoria, entre un enjambre de chispas, girándose frecuentemente para mirar hacia el grupo. Un faquir, con el pecho hendido por terribles marcas circulares y la espalda roturada por encallecidas líneas geométricas, invitaba a entrar en una "doncella de hierro" a una mujer agotada y pálida; y él mismo, para demostrar que no pedía imposibles, se metía dentro durante unos segundos ante la vista de todos. Al salir, sacaba su larga lengua y extraía de la garganta varias brochetas, una detrás de otra, que después se clavaba transversalmente en la piel del gaznate, talones o cadera; o, ni corto ni perezoso, se subía sobre la cabeza de la "doncella" para contorsionarse inhumanamente hasta situar los pies tras sus orejas: ágil como un lagarto, en esa posición se zarandeaba con coquetería para que las agujas hicieran contacto las unas con las otras, regalándonos un improvisado concierto. Nunca olvidaré con qué regocijo se exhibía ante la debilitada mujer, quien mientras tanto intentaba descansar acuclillada, con la boca abierta y la vista fija en el suelo. También había un monstruo peludo atado a un poste, una suerte de licántropo agresivo pero impotente, atormentado por unas jóvenes que jugaban con él, tirándole unas finas cintas de papel con las que a veces lo acariciaban y lo herían otras. Nos fueron ofrecidas muchas más escenas de este demencial collage viviente, pero temo que si intentase describirlas no se me creería.

Y en medio de todo ello, en lo alto de una amplia columna truncada, se encontraba un hombre joven sentado en un trono, dorado de pies a cabeza, inmóvil y bello, con los brazos cruzados sobre su torso. No parecía tan terrible como la imponente monstruosidad representada en el exterior, pero nos dirigía desde su atalaya una insolente mirada que apenas pudimos sostener durante algunos segundos.

Íbamos viendo todo esto simultáneamente mientras girábamos alrededor de la tarima, caminando por el pasillo cuadrangular circundante. Finalmente llegamos a una puerta situada al fondo de uno de los tramos, cubierta por una pesada tela oscura; entonces, la amalgama de sonidos cesó, las luces se apagaron y, en nuestras cabezas, el mundo pareció detenerse. Los guardas, quienes en todo momento nos rodeaban, apartaron la tela y nos mostraron un paso escalonado descendente parecido al de subida, aunque iluminado de manera convencional.

Según bajábamos, pude mirar durante unos segundos a través de un espacio entre dos chapas mal encajadas, próximas al techo: vi a un hombre con cuervovisera sostener distraídamente con una mano un sándwich a medio comer, mientras con la otra accionaba una palanca. Dos planchas en la pared, encajadas entre sí por unos picos metálicos, se separaron entonces en sentidos opuestos, arriba y abajo, abriéndose un hueco por el que entraba la luz del exterior, solo para cerrarse de nuevo al cabo de unos instantes. Mientras, el operario leía una revista sentado en una silla, dando buena cuenta de su tentempié hasta proceder al siguiente palancazo.
Qué hacía ahí ese hombre sería para mí, sin duda, otro de los muchos misterios silenciados en Mondo Egypto, que caerían sobre mis noches como losas a partir de entonces y que nadie querría escuchar.

La luz natural insinuada tras la última cortina de la última de las puertas significaba, para nuestra sofocada compañía, impagable agua de vida, refrigerio tras los trabajos y descanso para nuestras extenuadas mentes y pupilas.

Antes de salir, empero, Hinsuè quiso despedirse de nosotros gritándonos unas espontáneas palabras:

- ¡GRACIAS, SEÑORES! ¡GRACIAS POR SU BELEVONENCIA! ¡RECUERDEN QUE NO DEBEN CONTAR A NADIE LO VISTO AQUÍ, PIENSEN EN MI TRISTE DESTINO, SE LO SUPLICO! ¡ADIÓS, ADIÓS, AMIGOS!

Y buscando con la mirada a la anciana que con tanta bravura lo había defendido, sonrió tras el betún y le dijo adiós con la mano. Pero ella, aún congestionada y extraviada, no se dio cuenta.

____________________

Cuando los trabajadores de Mondo Egypto salieron de la barraca al final de la jornada, nadie hubiera dicho que se trataba de las mismas personas que daban vida al mundo del interior: pantalones vaqueros, camisas de algodón y paraguas, porque el cielo estaba nublado.

El faquir se encontraba en el aparcamiento abriendo la puerta de su todoterreno cuando un hombre trajeado, maletín en mano, se dirigió a él extendiendo una tarjeta.

- ¿Valentín Schnider Pashabi?
- Sí, ¿con quién tengo el...?
- Agencia Tributaria. ¿Podría hacerle unas preguntas? Mañana, de todas maneras, debería presentarse ante...

El hombre seguía hablando, pero Valentín no pudo oír nada más. Tragó saliva, se apoyó en el coche y empezó a llover.

Mondo Egypto (II)

'Nos he reconocido'

Siguiendo a nuestro joven e inopinado guía, que dice llamarse Hinsuè, ascendemos escalón a escalón por un angosto pasadizo de paredes metálicas pintadas de negro, con tanto sobrecogimiento como curiosidad. Así debió de sentirse Lord Carnavon al arrojar luz bajo el burka con que gusta de vestirse la Historia; estas que yo siento ahora, u otras semejantes, serían las mariposas que viajaban por sus venas, muriendo ensordecidas al final del trayecto por el timbal de su corazón desbocado.
Tan solo la musiquilla que también sube con nosotros (¿pero no es clavada a la de aquel videojuego de romanos de mi sobrino?) sigue conectándonos con un presente que cada vez se nos antoja menos tangible.

La planta superior no presenta ningún hueco. En cambio, una plataforma central oculta su contenido tras oscuros telones carmesís. En cuanto los visitantes más rezagados se nos unen, el niño mendigo nos advierte con temor: "Mucho cuidado, silencio o nos descrubirán... Yo era esclavo en palacio y derramé en presencia del Faraón una cesta de manzanas, por lo que fui ajusticiado. ¡Su ira es terrible!". Y susurrando exasperado estas palabras, retira alguno de los harapos que cubren su brazo derecho para mostrarnos una carne ennegrecida y maltrecha, sin duda objeto de tortura inclemente.

- ¡Ay, por favor! -clama alguien del grupo; otros se cubren la cara con las manos. Los chiquillos le observan con los ojos como platos y una maravillada expresión en sus rostros.

Repentinamente, un cañón de luz nos ciega, sobresaltándonos. Una profunda voz que parece proceder de todas partes a la vez nos paraliza con su insistente "Intrusos. Intrusos en la Cámara prohibida. Intrusos". Es la voz del Faraón, seguro. El de los dientes afilados, el despótico torturador de niños. Por cierto, que el chaval se ha esfumado. La hemos cagao.

Lo que parece ser un pequeño grupo de guardas reales, ataviados con placas metálicas y enarbolando unas imponentes lanzas, nos rodea en un decir ¡Jesús!. Se quedan mirándonos durante unos momentos que se hacen insoportablemente tensos, con sus feroces ojos arponeándonos desde el fondo de esos elegantes cascos con forma de cabeza de escarabajo.

- Yasuhe! Filt'ka desteshma! Hanu? -nos espeta uno al fin.

- Marcelo, yo lo estoy pasando fatal -confiesa Ana María Vidal con nerviosismo, mientras le clava a su marido las uñas en el brazo. Marcelo imagina que su presencia allí tiene que suponer una ofensa mucho mayor que tirar una cesta de manzanas, y sabe que no soportará un dolor más intenso que el de las uñas de su mujer. Nada escapa de su garganta.

Los niños se esconden detrás de sus progenitores, pero asoman las cabecitas de vez en cuando. El grupo entero de intrusos se estremece cuando otro guardia brama:

- Hinsuè tami!! Tchiil sobair.

Gritando y pataleando desde el fondo del pasillo, el niño mendigo es traído por la fuerza ante la presencia de todos.

"¡Criatura! Le han capturado", se dejan oír alarmadas varias voces.

Una anciana no puede soportarlo más y pide clemencia para el muchacho: la culpa no es suya, es de ellos por estar allí, no le castiguen más, bárbaros. Según acusa, según defiende, su voz se desgarra y aumenta de intensidad.

Raimundo Solís, uno de los guardas del grupo, se lo pasa pipa en su fuero interno. Cosas así no suelen suceder, pero tampoco es algo tan infrecuente. Más tarde él y sus compañeros comentarán los detalles con regocijo, mientras cuelgan en el vestuario sus disfraces o se meten un buen bocata de sardinas entre pecho y espalda. Raimundo planea realizar un libro basado en el estudio de la psicología de grupos integrados por desconocidos, sometidos a situaciones inesperadas que conllevan una cierta presión. Nunca dejará de sorprenderle cómo reacciona el ser humano y qué roles asume en un momento dado. Y hoy, pensaba felizmente, tendría un par de datos más que apuntar en su libretilla de estadísticas.

Ante la atónita mirada de la gente, los guardas y el chaval mantienen una breve y extraña conversación:

- Masabe howagno, durul kebennt -dice uno de ellos.
- Aqair xizem, massra? -negocia el chiquillo.
- Jamulhep, jamulhep! -sentencia otro.

Los guardas sueltan a Hinsuè, quien explica la situación: a cambio de su labor como intérprete, él no será castigado, pero los intrusos extranjeros deben jurar no volver a profanar el templo sagrado con su acyebto aliento. Y antes de ser expulsados, los guardas les mostrarán los horrores a los que se exponen si llegan a ser vistos por segunda vez en este lugar.

27 de enero de 2007

Mondo Egypto (I)

'Adorado Katusho'

Alzándose faraónicamente en una de las amplias avenidas laterales del desangelado complejo lúdico, llama nuestra atención la fachada decorada de esta barraca permanente: una colosal y dorada divinidad egipcia, blandiendo un tridente ensangrentado en su crispada mano izquierda, nos señala desafiante desde su trono cual Tío Sam antiquísimo. "¿Te atreverás a profanar mi sagrado y mortal monumento funerario por 25 tristes cuervofichas?", parece decirnos henchido de arrogancia. Uno se queda impresionado mirando su boca mecánica abriéndose de vez en cuando, tan llena de colmillos afilados. Algunos padres intentan, hasta ahora sin éxito, calcular mentalmente el momento en que la boca volverá a abrirse, mientras sus niños se les cuelgan de la manga, impacientes.

Los altavoces, entre acoplados pitidos, intentan persuadir al público de que lo mejor es no visitar esa atracción si se padece del corazón. "El parque no garantiza que su sensibilidad quede inalterada tras asistir a las maravillas de Mondo Egypto". "Se recomienda que los niños entren acompañados por mayores de edad". "¡Dios mío, es asombroso!" (Largo silencio)

Tras soportar estoicamente la violenta mirada de la divinidad durante los largos minutos de cola, al fin un hombre con turbante y cuervovisera recoge nuestras fichas avariciosamente, señalándonos la oscura puerta por la que entraremos y ya no saldremos. Llegados a este punto, la ansiedad es máxima. Tal vez no ha sido una buena idea pretender descubrir los inextricables misterios de la antigüedad, después de todo...

Al fin dentro, nuestros ojos se acostumbran a la penumbra y un penetrante olor nos envuelve. En parte agradable pero en parte no, una de incienso y otra de establo, no puedes evitar aspirarlo para recrearte en sus contradicciones.

La musiquilla suave y exótica, protagonizada por leves percusiones metálicas e instrumentos de viento, acompaña nuestros primeros pasos alrededor de lo que parece ser un pasillo cuadrangular en torno a un oscuro espacio central. Las pinturas fosforescentes que nos rodean, verdes y amarillas, reclaman nuestra atención con su simbología profana; runas y caracteres cirílicos ocultan celosamente su significado a nuestros ojos occidentalizados ya sin remisión.

Repentinamente, se ilumina el área interior para revelar un escenario situado en un plano inferior y la música cambia. Aparecen vestidas "a la egypcia" unas guapas chicas dispuestas en formación, moviéndose de lado y balanceando la cabeza una y otra vez al compás de sus brazos en forma de S. Ejecutan un sensual baile (respetando siempre el desplazamiento lateral y los brazos en S) que inquieta a algunas madres y novias, pero todo está preparado para no sobrepasar en nadie el umbral de la nerviosa conformidad. Con el postrero movimiento espasmódico, posando casi a ras de suelo, levantan las cabezas a la vez para gritar "¡¡Somos las esclavas de Amenofis!!" justo cuando el último sonido se extingue.

Acto seguido, comienzan a gritar ante la invasión escénica de unos poderosos hombres-loro armados con cadenas y a pecho descubierto. Haciéndolas restallar contra el suelo, amenazan a las esclavas de Amenofis sin atisbo de misericordia. Tras un espantado revuelo, la mayoría huye por el oscuro perímetro circundante, pero algunas otras, presas del pánico o de una desafortunada caída, yacen infelizmente llevándose el puño a la boca. Es entonces cuando una luz rojiza lo baña todo y los hombres-loro comienzan a luchar entre ellos; aunque haciendo gala de una cierta lentitud, su combate a cadenazos logra arrancar algunos "¡ah!s" y "¡oh!s" desde los pasillos superiores.
Algún hombre-loro está decididamente fondón, pero la luz es tan roja y los graznidos tan penetrantes y las chicas tan guapas. Al final solo quedan en pie un luchador y una esclava, los cuales iban a besarse arrebatadamente cuando la más completa oscuridad ahoga nuestros ojos durante varios segundos. (Bueno, en realidad varias de las chapas con que se levantaron las paredes de la atracción no encajan perfectamente, dejando pasar al interior, aquí, allí o acá, unas delgadas brechas luminosas)

Al fondo del pasillo, una puerta se abre quejumbrosamente, según podemos apreciar gracias a la megafonía interior, indicándonos el camino a seguir. Cuando los primeros visitantes se aproximan, un niño harapiento y embadurnado de betún les pega un susto de muerte: "¡¿ESTÁN SEGUROS DE QUE DESEAN CONTINUAR, SEÑORES?! ¡JAAAJAJAJAJAJA! ¡Yo les guiaré por una senda empredada de maldiciones y misterios! ¡Acompáñenme si se atreven!"

Todos siguieron sus pasos, y ascendiendo por esas azarosas escaleras hubo hasta quien se persignó, a pesar de que el chaval parecía recitar sus líneas mecánicamente.

13 de diciembre de 2006

El tunel del amor..

'Storia della mia vita'

Siempre quise visitar el túnel del amorde Cuervolandia. No me juzguen enfermizo y solitario por el hecho de ir solo a una atracción de parejas, lo hago a propósito por que me da una visión más lúcida de los comportamientos humanos y porque creo que es un lugar que invita a una profunda reflexión.

Espero unos dieciocho minutos en una cola entre las parejas que esperan con más ansia que yo con sus cuervofichas marrones el entrar en las cuerbarquitas del amor unos receptáculos color beis con asientos grises en cuya parte trasera lucen unas esculturas de polietileno de dos cuervos arrullándose amorosos cuyo conjunto presenta una forma parecida a un corazón.

La barra mecánica de seguridad, ni aprieta ni está floja. es bajada por un operario melenudo, de aspecto un tanto patibulario, que subido con acrobática agilidad a un lado de las cuerbarquitas, desposee a los tórtolos que en ella viajan de sus respectivas cuervofichas con un movimiento rápido y preciso de sus largos dedos rematados en uñas blanquecinas y sin medialuna que brotan cuan sarmientos de sus manos tatuadas, al tiempo que exclama fichasss.

La cuerbarquita da un pequeño salto al arrancar y circula a una velocidad moderada por unos raíles traqueteando suavemente hacia las puertas que se abren al pasar por un cuervo autómata vestido con chistera y traje rojo que será el anfitrión de todo el resto de la visita con su inconfundible sincronía al mover las alas y el pico abriendo y cerrando sus ojillos mientras grazna un Creck creck creck seco y metálico. Al entrar se oyen unos grititos y unos chirridos ¿risas tal vez?.

La travesía dura más o menos diez minutos dentro en el túnel y hace calor, no como para quitarse el jersey pero tampoco como para estar cómodo con el,la iluminación es parpadeante y rojiza, en la decoración abundan los cuervos y los corazones y está todo rodeado por humo de hielo seco. Suena una musiquilla ambiente de órgano y violines un tanto enlatada interpretada por una orquesta de cuervos autómatas y a veces pasas al lado de una bandejita en la que puedes hacerte con unas viseritas y cosas de comer como unos roscos de vino con sirope de arce todo se antoja cómodo para aproximarte a tu pareja si la tienes e intentar un tímido beso ora en la fuente de agua roja que surge de un corazón de metalcrilato llevado en el pico por dos cuervos de plástico imitando mármol, ora en la estátua gigante de cupido de clara influencia helenística también en plástico imitando marmol.

El cuervo de traje rojo está en todas las puertas y las abre con su habitual sincronía creck creck creck. Justo al final del túnel te pasan un cortometraje de animación hecho en el este de europa en el que una pareja de cuervos de plastilina se enamoran y deciden formar una familia previo paso por el cuervoaltar.

Las parejas salen del túnel más unidas que nunca, dándose piquitos y cogidos de la mano, algunos aprovechan para casarse en la cuervocapilla, yo en cambio salgo pensativo y taciturno, ¿por qué el túnel no me ha transformado a mi también?, ¿Acaso no tengo derecho a amar?,¿dónde se hallará mi media naranja? mientras pienso esto observo al siguiente viajero en las barquitas del amor, es una joven morena vestida de gris, con los labios muy rojos y entra ...sola.

Visite nuestro cuervocasino. Cuervo, cuervo, cuervo....Landia, landia, ...landia
Cuervolandia