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27 de febrero de 2021

Gerente por un día (Nº 5): Anagnórisis / Spin off

 

Nos complace sobremanera poder contar de nuevo con la sección "Gerente por un día" en Cuervolandia, en este caso de la mano de nuestro atento lector y colaborador Chilindrotes, procedente del Llano de los Hornos, Zihuatanejo.

Muchas gracias, Chilindrotes. Esperamos que no sea esta su única gerencia interina... ¡Marchando estas dos piezas de Cuervoatmósferas rotundas como la copa de un pino!

 

 

'No cantaré hoy para celebrar vuestra singladura, 
pues os deseo un seguro retorno'

 

Anagnórisis


He visto cosas que no creeríais… He visto la Llave Única que abre portales a mundos incomprensibles hasta para el que más sabe de los Gerentes. He visto elevadores hechizados, capaces de convertir en orate al más flemático de los matemáticos. 0, -1, 1, 00, 2, 01, 3… Al contemplar tal sucesión numérica, sin orden ni concierto alguno, enloquecen sin remedio. Pero nada de lo que he visto es comparable con este nuevo mundo que se ha abierto ante mis ojos. Un mundo de chirriantes atracciones de feria, correosas piruletas y desvencijados letreros señalizadores. Todos los seres que en él habitan, desde Maximilian, el más cuerdo de los piruleteros, hasta Cubero, el más intrigante de los contables, bailan al son que tocan tres gerentes dementes. Tras leer la última historia pergeñada por sus maquiavélicas mentes, de algún modo lo sé. Sé que un día cogeré mis bártulos y me iré en busca de ese lugar semioculto entre la bruma del desierto de los Monegros. Pues, cual Agláope seductora, un graznido me llama a través de lejanos y viejos altavoces…

 

 

 

'Houston, ¿me reciben?
Houston, contesten, por todos nuestros ***tos  ancestros'


Spin off


Cuenta la leyenda que uno de los gerentes de Cuervolandia estuvo durante un tiempo en posesión de la Llave Única. Cierto plomizo día en el que no tenía nada mejor que hacer, se decidió a abrir uno de los portales mágicos. Al entrar, aparentemente todo era normal: vestíbulo amplio y luminoso, buzones en la pared lateral...Cruzó el vestíbulo y entró en el ascensor.

{0, -1, 1, 00, 2, 01, 3…} ”Calma” -pensó-. ”Afortunadamente soy de letras, este hechizo no me afecta en modo alguno”. No obstante, una gota de sudor frío recorrió su frente y no pudo evitar que sus piernas temblequeasen como juncos movidos por el viento. Salió del ascensor y se dirigió con paso vacilante hacia la puerta color lapislázuli con ventana de ojo de buey que tenía ante sí. Pero no pudo entrar, pues se había olvidado en el despacho la dichosa pildorita roja, sin la cual no era posible traspasar la puerta.

- “Mecachiiiss. Ahora tendré que volver otro día. ¡Menuda faena!”

Contrariado, volvió sobre sus pasos. Nunca más volvió a cruzar aquel portal. Ese mismo día, la Llave se deslizó del bolsillo de su pantalón de lino beige, cayendo por una alcantarilla semiabierta. Desde entonces, su ubicación es todo un misterio.


23 de noviembre de 2011

Gerente por un día (Nº 4): "Saber escuchar"


¿Quién turba nuestro reposo?


Cuervolandiaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

Si amigos cuervofans, los gerentes nos hemos tomado un año sabático para reflexionar y tomar aire, para vivir experiencias y poder contarlas luego, no temáis, habrá relatos al alimón y cuervopoema navideño. Y el año que viene seguramente volveremos a la gerencia con renovadas historias. De todos modos hay clientes que nos leen y que se incorporan al trajín de nuestro parque y no renuncian a la oportunidad de ser gerentes por un día y así lo hace nuestro amigo Adolfo Marín que nos ha conmovido con su historia. Merece la cuervogerencia por un día sólo por hacernos despertar del letargo. Gracias y bienvenido a cuervolandia.

Precaución: los coches de choque no tienen frenos.


SABER ESCUCHAR

El hombre tomó asiento junto al anciano. Después se giró con placidez, le miró y le ofreció una amplia sonrisa. El anciano, acostumbrado a no esperar compañía alguna en sus largas tardes en el banco del parque, se sintió tan sorprendido como complacido al verlo. El hombre vestía impecablemente, con un estilo sencillo que constituía la clave de la elegancia que destilaba. En la pulcra camisa había dejado el botón superior desabrochado de manera deliberada, y una chaqueta italiana, en perfecta armonía con los pantalones y los zapatos, le daba el aspecto sólido de una persona acostumbrada a atraer las miradas sin pretenderlo, por su mera presencia. Su imagen estaba lejos de la manida formalidad del hombre de empresa, y tampoco recordaba a la inquietante figura del comercial que esconde su ansia de ventas bajo una mueca dentada. No parecía tener prisa u objetivos concretos; simplemente estaba allí, sentado y satisfecho del mundo que se desplegaba ante sus ojos en aquella tibia tarde de principios de otoño.

- Buenas tardes - dijo el hombre. En su voz se percibía la serenidad propia de quien se ha asentado en la vida, sin traza de ese odioso orgullo forzado que muchos usan para creerse reafirmados. Debía de rondar los cincuenta años, pero su aspecto jugaba a su favor y hubiera sido fácil suponer que acababa de cumplir los cuarenta.

- Buenas tardes -respondió el anciano, levantando una de sus manos apoyadas en el bastón para tocar el ala de su sombrero a modo de saludo.

Hubo un momento de silencio. El hombre miraba pausadamente hacia arriba y giraba la cabeza con lentitud, estudiando las ramas del árbol que les cubría. De vez en cuando el sol en lo alto, bajando lentamente hacia la línea del horizonte ante el banco, se filtraba entre las hojas y le hacía guiñar los ojos. A sus espaldas, el camino por donde había llegado se adentraba en la oscuridad creada por la bóveda de vegetación.

De pronto dijo:

- Se está bien aquí, ¿verdad?

No era habitual para el anciano que alguien tratase de hablar con él. Esto era en parte algo buscado, ya que procuraba huir de las agobiantes charlas de hospital a las que tan aficionados eran los demás ancianos que frecuentaban el parque, y por eso había elegido aquel banco en penumbra, donde a ninguno de aquellos enfermizos individuos se le ocurriría sentarse. Pero, por otro lado, lamentaba profundamente su aislamiento. Dentro de su propia familia su figura había ido transformándose poco a poco en una sombra. Los hechos de su rica vida ya no interesaban a sus hijos y nunca habían interesado a sus nietos, y cansado de competir en desventaja con el monótono ruido de fondo del televisor, se retiraba a la soledad de aquel banco a rumiar sus recuerdos sin molestar a nadie. Por eso tuvo una extraña sensación de complicidad con el hombre cuando éste le dirigió la palabra.

- Sí, la verdad es que sí- respondió-. Yo vengo todas las tardes desde que me jubilé. Siempre que haga buen tiempo, claro.

- ¿Y hace mucho de eso?

- Bueno… Depende de cómo se mire. Cinco años pueden pasar muy rápido o muy despacio. En mi caso pasan muy despacio.

El hombre asintió con una leve inclinación de cabeza y un murmullo de aprobación.

- Le comprendo. Tiene usted aire de mundo, de haberse movido mucho y haber visto muchas cosas. Seguro que pasarse las tardes en el banco de un parque no es su ideal de jubilación.

- Tiene razón. Mi hija mayor me protege demasiado, apenas me deja hacer nada. Me prepara la comida, controla las medicinas que he de tomar, me abriga de más e incluso me dice a dónde debo ir y a dónde no. Todo lo hace, menos escucharme. Y el caso es que puedo valerme perfectamente por mí mismo, pero vivo con ella porque se empeñó tanto que no pude negarme. Enviudé poco antes de jubilarme, y en ausencia de mi mujer, que en paz descanse, mi hija parece sentirse responsable de darme un retiro cómodo. Como si quisiera compensarme por los esfuerzos que pasé para criarla a ella y a sus hermanos.

- ¿Tanto tuvo que hacer por ellos?

- Ningún buen padre se quejaría de lo que tuviera que hacer por sus hijos. Yo, al menos, no me quejo. Pero tampoco siento que haya sido un padre tan bueno, aunque si no lo fui, se debió a las circunstancias. Al poco tiempo de nacer mi hija mayor me quedé sin trabajo, y pasé muchos meses sin encontrar nada. Ya sabe que aquí nunca ha habido trabajo. En aquel tiempo todavía era peor, de manera que acabé por marcharme a Sudamérica.

Sudamérica… Mencionarla hizo que un eco vibrante resonase en lo profundo de la mente del anciano.

- Allí me hice camionero, ¿sabe usted? Cuando llegué a Caracas le pedí un préstamo a un primo mío que había emigrado unos años antes. Las cosas le habían ido bastante bien y había podido ahorrar cierta cantidad de dinero al margen de lo que enviaba a casa, así que no tuvo problemas en prestarme un poco. Eso sí, con los correspondientes intereses –rió entre dientes-. Por eso, en cuanto tuve el camión, me lancé a ganarme el jornal por los caminos.

El anciano miró con atención al hombre. En el rostro de éste afloraba, rejuveneciéndolo aún más, una intensa expresión de expectación, como la de un niño que va al cine por primera vez y ve apagarse las luces mientras el proyector se enciende y empieza a sonar la música en la sala. Parecía dispuesto a absorber con placer cuantas anécdotas estuviese él dispuesto a ofrecerle.

“Qué gran oportunidad”, pensó el anciano. Y comenzó a desenrollar, con una paciencia impregnada de emoción contenida, el ovillo de sus recuerdos.

Poco a poco los minutos se fueron llenando de escenas almacenadas a través de los años en los archivos de la memoria. Al principio fueron desplegándose con esfuerzo, anquilosadas como miembros que han permanecido sin moverse largo tiempo. Pero pronto la mente se acomodó a la situación y las palabras empezaron a fluir con soltura, y los recuerdos a encadenarse y a encajar entre sí. El anciano había recorrido prácticamente todo el continente a los mandos de su camión, y en más de una ocasión los conocimientos acumulados durante su vida en el campo hasta los dieciséis años le habían resultado muy útiles para resolver situaciones comprometidas, cuando no para salvarle de la muerte. De modo que, entre majestuosas cordilleras y llanuras infinitas, violentas tormentas y secos páramos, gigantescos rebaños de ganado y extraordinarios animales de la selva, e individuos de todo el espectro de calidades humanas posibles, las experiencias de su juventud en la casa paterna emergían aquí y allá y se mezclaban con naturalidad en la trama de lo contado. Así, cosiendo los retales de su historia personal, fue recorriéndola, mientras el sol seguía bajando hacia el horizonte y sus rayos se iban suavizando.

Durante todo ese tiempo el hombre permaneció sentado en la misma posición. Se mostraba a todas luces atrapado por la conversación, que ya no era tal, sino prácticamente un monólogo en el que el anciano hablaba y hablaba, cada vez más rápido y con mayor intensidad. En los primeros momentos el hombre había hecho pequeños incisos, preguntas concretas que habían ayudado a que arrancase el relato, pero ahora se limitaba a asentir de cuando en cuando mientras sonreía sin cesar con una amplitud proporcional a la pasión que el anciano ponía en su narración. No parecía cansarse; más bien al contrario, se le notaba ávido de escuchar, y era sin duda aquella avidez la que arrastraba al anciano a contar todo cuanto iba surgiendo de los rincones polvorientos de su cabeza.

Porque en aquella cabeza ya sólo quedaba polvo en los rincones. El espacio central se había despejado para convertirse en un majestuoso escenario. Sobre su plataforma, los acontecimientos del pasado rompían la ajada envoltura color sepia en que el ostracismo los había encerrado y se desplegaban mostrando su esplendor original. Además, al aumentar el ritmo de la narración, aquellos recuerdos que habían empezado a abrirse tímidamente como flores mustias recién regadas estallaban ahora con la furia de fuegos artificiales.

No hubo tregua al silencio. Ni un momento de descanso, ni la necesidad de humedecerse la garganta; nada interrumpió. Más aún, el discurso siguió acelerándose, y cuando la aventura sudamericana tocó a su fin, el anciano prosiguió con la historia del regreso a casa. Luego vino la tienda de ultramarinos que montó con el dinero ganado, y con ella los chismes y rarezas de la gente que allí acudía. Ya se sabe, esa gente que siempre parece normal. Entre medias, por coincidencia en el tiempo, se mezclaron la educación y los logros de los hijos. Después, en una especie de estertor sentimental, el anciano vomitó la pena por la pérdida de su mujer bajo la forma del relato de su enfermedad, agonía y muerte. Finalmente llegó la jubilación.

- … y esto es todo hasta la fecha.

Al instante de pronunciar aquella frase, el anciano sintió algo muy extraño, algo que no había experimentado nunca. Tuvo la desagradable sensación de que entre sus manos se deslizaba el extremo de una cuerda vital, y aunque el instinto enseguida le hizo reaccionar para asir el precioso cabo, éste quedaba ya fuera de su alcance. Con una velocidad sorprendente, se alejó sin remisión hasta perderse por completo.

Se quedó vacío. En su interior, desalojado a fuerza de habla, su mente buscó ansiosa un punto al que aferrarse. Una seña de identidad, migajas de la memoria, cualquier cosa. Pero ya no quedaba nada.

Los ojos del anciano se abrieron de par en par, las pupilas se dilataron. Trató de absorber la realidad con la mirada, en un esfuerzo desesperado por capturar del entorno algo que le devolviese un ápice de sí mismo. Sin embargo, nada de lo que allí había formaba parte verdadera de él.

El mundo empezó a cambiar al blanco. El sol estaba a punto de descender por debajo del follaje del árbol sobre sus cabezas, y su luz, aunque mortecina, pronto bañaría el banco del parque. Pero no aún. El mundo cambiaba al blanco sólo para el anciano, y los objetos a su alrededor iban fusionándose en una única masa de hielo puro que presagiaba un frío infinito.

Ejecutando con asombrosa lentitud un simple giro de cabeza, volvió la vista hacia el hombre. Buscó a tientas su rostro a través de las escasas fisuras que quedaban en la pared inmaculada que cubría sus ojos. Buscó un gesto de ayuda, la última confortación de saberse socorrido en aquel momento trágico. Lo que encontró, sin embargo, fue la visión de la sonrisa del hombre. Una sonrisa parecida a la que le había hecho ganarse la confianza del anciano, pero en absoluto igual. La boca se había ensanchado y afinado a la vez, las mandíbulas apretaban los dientes con saña, y en las comisuras de los labios afloraba una perversidad íntimamente satisfecha.

El corazón del anciano se estremeció, encogiéndose de horror hasta detenerse.

El blanco lo inundó todo.

El hombre se apartó ligeramente hacia el extremo del banco sin dejar de mirar al anciano. El cuerpo de éste empezó a inclinarse con lentitud, fue aumentando el ángulo poco a poco y terminó desplomándose sin vida sobre el asiento de madera. El bastón cayó a tierra con un sonido amortiguado, y el sombrero se volcó y quedó apoyado boca arriba.

El hombre se puso en pie. Con el aire placentero de un gato que se despereza, estiró sus extremidades mientras bostezaba. Luego metió las manos en los bolsillos del pantalón, echó a andar con parsimonia y enfiló hacia la entrada del camino por donde había llegado. Desde el inicio del sendero, cubierto por la penumbra, lanzó una última mirada al banco donde yacía el anciano. Justo en aquel momento el sol, en su caída, surgió entre el follaje y la línea del horizonte. La claridad reveló la escena: un anciano tumbado en su habitual banco del parque, en el que nunca se le había visto acompañado. Tal vez estuviese durmiendo, pero pronto la desmadejada postura de su cuerpo llamaría la atención de alguien que acudiría a tratar de despertarlo en vano.

Para los periódicos sería otro cadáver misterioso que seguía la misma pauta de los anteriores.

Triunfante, el hombre se adentró en la oscuridad del camino sin volver a mirar atrás, dejando en el aire el rumor de una canción murmurada que se fue apagando en la distancia.

5 de abril de 2010

Gerente por un día (Nº 3): "La Magia de Cuervolandia"



'Matrimonio concertado'

'Caja de sorpresas'

Y aquí proseguimos en esta serie de cuervoposts, relatados por ustedes, visitantes de nuestro parque, que en algún momento han disfrutado no sólo de sus atracciones sino de todo el encanto que el marco incomparable que lo rodea le confiere. Sólo cabe agradecer esta vez a Alberto, Necio Mayor de Mundo de Necios, que nos haya regalado los ojos y el paladar, la mente y el corazón con este relato. Los Gerentes sabrán como hacerlo. Una vez más se demuestra que en Cuervolandia es posible.

Era la primera vez que iba a visitar Cuervolandia, ese parque de atracciones en medio de la nada más absoluta y de la insalubridad más visible debido a los excrementos de cuervos, que a modo floral adornaban cierta parte del parque.

Fuí allí ex profeso, en contra de mi sensatez y con todo mi deseo de que fuera cierto lo que me habían dicho.

Según mi cuñada Julia, entre las atracciones de los “cuervocoches de choque” y la caseta de “churros y demás fritangas” se encontraba el sitio en el que se depositaban mis esperanzas. Una adivina con ojo de cristal y verruga incluida que aseguraban era capaz de predecir el futuro, el presente y adivinar la carta más alta del mazo, si era menester. Según las malas lenguas tenía prohibida la entrada a los casinos de medio mundo, aunque nadie lo había demostrado, pero solo por si acaso.

Después de pasar por taquilla a por mi cuervofichas me dirigí disciplinadamente hasta el lugar donde se encontraba la Adivina. Avisté el sitio con un ligero rechazo, era una especie de tienda de campaña, como la de los indios de las películas antiguas, tenía un color amarillento tirando a cobrizo probablemente por la suciedad acumulada y a modo de cartel, ondeaba al viento una bandera con un ojo brillando que parecía el de Sauron, siguiendo según me acercaba a la puerta.

Del umbral colgaba una cortina de tiras, que cuando la atravesé me fijé que eran cadenas de plata y rellena de abalorios de todo tipo de la marca Pandora. – Vaya pija – pensé para mí.

Entré respetuosamente con las manos entrelazadas y la cabeza gacha, los ojos bien abiertos y una mueca lo más parecida a una sonrisa de lo que fui capaz de plantar.


- Buenos días –dijo desde su mesa la que supuse era la persona que buscaba.
- ¿La adivina? –Aventuré no sin temor a que me dijera que me había equivocado.
- Adelante, siéntese y relájese. ¿Un té? –Preguntó, y su voz causaba un efecto en mí que me llevaba en efecto a la relajación.

Agradeciendo y aceptando su oferta, acabé de entrar y mis ojos se acostumbraron a la escasa luminosidad que había en el interior únicamente ambientado por velas causando un efecto de contraste con el exterior, donde Lorenzo castigaba a los audaces que se atrevían a salir.

Mientras me calentaba el té aproveché para realizar una minuciosa inspección del interior de la tienda india que sorprendentemente parecía muchísimo mayor de lo que se antojaba desde fuera. La choza tenía unos sofás y una par de sillones, una estupenda biblioteca de madera de roble, una mesa a juego con la biblioteca donde estaban todos los utensilios que se esperan de una adivina –o bruja– perfectamente ordenados e impolutos. También tenía una mesa de billar y un mueble bar abierto y –según parecía – recién usado.

Me sirvió el té en una preciosa taza de porcelana y me hizo un gesto para que me sentara donde quisiera entre los sillones. La observé detenidamente, era una mujer de mediana edad, efectivamente, con una ligera verruga al lado de la nariz, ojos marrones y pelo castaño recogido en una coleta. No era fea, como cabía esperar –¿pero qué era exactamente lo que esperaba?– y cuando sonreía podría jurar que hasta era en cierto modo atractiva.

- ¿Ha venido para que cuente su futuro? –me preguntó cortésmente.
- Pues la verdad es que me da un poco de vergüenza empezar –le dije ruborizandomene levemente y esperando que la oscuridad existente ocultase el detalle –Verá me gustaría saber quien es la mujer con la que voy a ser feliz el resto de mis días.

Sonrió de nuevo, pero esta vez sus ojos refulgían fuego y pude sentir la energía emanando de sus manos mientras miraba la bola de cristal.

Ahora no sabría decir cuánto tiempo pasó y si lo que sucedió allí fue real o sugestionado, pero Pandora (Se llama Pandora la Bruja) me dio una respuesta concreta y sorprendente.

Hoy, cuatro años después Pandora y yo tenemos dos hijas, un perro y una perchero animado (aunque yo sugerí que la escoba sería más útil, pero ella quería evitar los tópicos), se ha retirado del mundo del espectáculo y vivimos en un pisito con vistas al cementerio de la Almudena en Madrid. Se ha cambiado su apellido por el mío y eso nos permitió conseguir grandes ingresos iniciales en los casinos.

Si conocen a alguien que sea lo suficientemente bruja para sustituir a Pandora, sepan que alquilamos la tienda índia de Cuervolandia, por si les interesa.

23 de enero de 2010

Gerente por un día (Nº 2): "El transformador del mal rollo"



'¡Oye, Blas!'

'Yo nací para esto, Kyle'

Segunda edición de esta sección dedicada a los relatos de todos ustedes, gerentes en el exilio disfrazados de personas normales. De otra manera, no podrían concebir nuevas páginas de este su desvencijado parque con semejante naturalidad y, sí, digámoslo ya pues es evidente, talla moral e intelectual. Es algo que nos hinche de orgullo, no de sorpresa, empero, pues sabemos que ustedes son nobles, poderosos y granguinolescos. Mas, ¡cesen los introitos y ábranse ya las compuertas de esta nueva atracción! Limonessa del ilusorio es la responsable y por ella los cuervos vuelan en círculos hoy sobre nuestras cabezas. Gracias, amiga.


Había sido un año enormemente productivo para Cristóbal. Y es que, estar enamorado de la mujer del abrigo gris era inspirador para él. Bien es cierto, que no todos sus inventos fructificaron. Por ejemplo “El extractor de problemas a presión con mangos de colores” tenía un defecto en la resistencia del material que debía hacer fuerza para la extracción. Ese defecto nunca pudo ser corregido. Lo mismo ocurrió con “La destructora de las preocupaciones”. Sin embargo con “El saquito contenedor de sensaciones agradables” consiguió alzarse con el premio nacional al Inventor del Año (prestigioso premio concedido por la revista Geniality). El jurado valoró la originalidad, la eficacia en la conducción del bienestar, la portabilidad del saquito y la utilidad general de la creación.

Y ahora, ¡no lo podía creer!... Se abría en Cuervolandia la última atracción que había salido de su imaginación “El transformador del mal rollo” y además para su mayor regocijo la gerencia había aceptado una ubicación entre un cuervocajero automático y un cuervorestaurante -nada que ver con la ubicación inicial junto a los cuervoWC-.

El transformador se convertiría en la atracción estrella, había levantado una gran expectación. Para empezar, utilizar con éxito la atracción te suponía no un gasto de cuervofichas marrones, sino una devolución de las mismas a usar en cualquiera de las demás atracciones (incluido el cuervocasino). Cubero fue el primero en utilizarla, quería dejar de ver medusas crecientes que le sonreían. Para ello entregó 10 cuervofichas marrones a Jacquelyn. Sí, eso es, Jaquelyn superó todas las pruebas para incorporarse como controladora de la nueva atracción, fue seleccionada entre varios individuos trabajadores temporales y permanentes de Cuervolandia. Para ellos suponía un prestigio adicional, además de un incremento nada desdeñable de su imaginario sueldo. Su labor consistía en valorar a simple vista un grado de mal rollo aceptable para poder ser transformado en buen rollo a lo largo del recorrido; recoger las cuervofichas y devolverlas en caso positivo y dar el primer empujón a los usuarios dentro de su flotador de óxido de nitrógeno. Una vez impulsados desde la rampa del malestar los usuarios van desprendiendo problemas y preocupaciones al rebotar con las paredes de buenos recuerdos. Después caen desde la cascada de la risa a la piscina de la serenidad, allí permanecen el tiempo necesario y se aproximan a las duchas de limpieza de impurezas. Finalmente unos cuervos con vista afilada hacen el último control de calidad, si detectan alguna anomalía (malos pensamientos, hostilidad latente, envidia, rencor…) agarran los flotadores con sus afilados picos y lanzan a los usuarios a las tuberías de la realidad, donde una sucesión de pequeños extractos del programa “Informe Semanal” tratarán de demostrarle que su mal rollo no tiene razón de ser, comparado con el estado del mundo. El óxido de nitrógeno va impregnando esas tuberías. En la salida un medidor de estabilidad emocional indicará la posibilidad o no de recuperar sus cuervofichas. Intentar cantar una canción de Pavarotti en ese momento está bonificado con 2 cuervofichas.

Desconocemos la suerte de Cubero ya que los recorridos de la atracción son confidenciales. Lo que sí sabemos es que Lupiáñez ha presentado una solicitud formal para usar la atracción como terapia con neuróticos. Cristóbal ya ha advertido que no admitirá al agresor de Berlusconi ni a otros casos dudosos de mal rollo o de gran impacto mediático. No aspira a la fama. Todo lo contrario de su medidor de estabilidad emocional que ya ha confirmado que había concedido una entrevista a Kyle Mirandilla. (Kyle, por razones desconocidas, muestra un interés desmedido en entrevistar al insuflador de óxido de nitrógeno).

Cormonas cierra “La voz de los Monegros” con rabia y arroja el diario a la papelera, “¿Cómo es posible?” de nuevo Cuervolandia lanza una atracción que va a superar con creces a cualquier montaña rusa o lanzadera o espectáculo de fuegos presentes en sus muchos parques. Entonces una sonrisa maliciosa se dibuja en su cara…


Bien, y los demás ¿a qué esperan? Si creen que Cuervolandia no es digna de ese nombre hasta que no escriban ustedes sobre ella (y creen bien), hágannos llegar sus textos a la dirección de nunca: cuervosdelmundo@yahoo.es

9 de enero de 2009

Gerente por un día (Nº 1): "El intercambiador de sueños"

Bajo este título genérico irán apareciendo esporádicamente los relatos de todos ustedes -que realmente son gerentes en el exilio disfrazados de personas normales- que tengan a bien enviarnos sobre Cuervolandia y las particulares sensaciones que el complejo les provoque, a la dirección de nunca: cuervosdelmundo@yahoo.es (la gerencia no puede garantizar la no publicación o extravío del material recibido)

Vale, ¿quién ha sido el gracioso que ha juntado todas las frases en una sola?

Este primer relato cuervolandés es cortesía de nuestra habitual Interruptor, a la que desde aquí congratulamos, agradecemos y agasajamos.

 
'El pacto de los lobos'
 
 'Aitáááá, Layetááá, iáiáiá'


Todo comenzó el día en que Cristóbal Salteiro presentó el boceto de su invento en Cuervolandia: Una nueva atracción consistente en una amplia pantalla plana donde quedaban reflejados los deseos más ocultos.

Ver si era viable como nueva Atracción del Parque supuso todo un reto. Al principio se ofrecieron bastantes voluntarios pero los problemas comenzaron a surgir cuando los que la probaban no reconocían como propias las imágenes que se exponían ante sus ojos: “Que no, que yo no soy así de materialista, lujurioso…”.

Al final se acabó nombrando a Bruno Estévez como Coordinador del Proyecto y se delegó en él toda responsabilidad.

La primera decisión que tomó Bruno fue llevar el experimento con mayor discreción: Sólo el conejillo de Indias de turno y él como fiel testigo tomando notas de todo lo que sucedía. Se sentía psiquiatra a veces, sacerdote en otras ocasiones y llegó a la conclusión de que aquello se parecía demasiado a una “Máquina de la Verdad” pero con mayor impacto debido a su pantalla de 80 pulgadas.

Conforme introducía más y más modificaciones Bruno optó finalmente por una solución intermedia: ¿Por qué no hacer que cuando uno se conecte no visualice sus propios sueños sino los de un desconocido y viceversa? Al fin y al cabo todos tenemos un lado más o menos indiscreto, aquello podía resultar todo un éxito.

Cristóbal se quedó bastante extrañado cuando por fin recibió la llamada de los Gerentes para ofrecerle el puesto de trabajo pero exigiéndole unas cuantas variaciones en su invento. Hizo lo que le pidieron sin hacer demasiadas preguntas porque rebosaba de ilusión por trabajar en Cuervolandia.

El día de la inauguración de la nueva Atracción “El intercambiador de sueños” se creó un gran revuelo, sin embargo Cristóbal prefirió esperar sabiendo que así tendría más repertorio de ensoñaciones en las que poder recrearse. Cuando se decidió por fin a probarla se quedó absolutamente enamorado de la preciosa mujer que ataviada con un largo abrigo gris le prometía amor eterno. Durante días no pudo quitarse su imagen de la cabeza ¿De qué mente provenía aquel fascinante rostro? ¿Existiría de verdad o alguien la había inventado? ¿Acaso era una artista o la musa de algún pintor?

A la semana siguiente Cristóbal no podía creerse la sorpresa que le aguardaba, la misteriosa mujer del televisor estaba allí mismo en carne y hueso comprando una cuervo-ficha para acceder al “Intercambiador de sueños”. Su pulso comenzó a temblar, en persona aún era más hermosa de lo que él podría haberse imaginado jamás y además aparentaba ser dulce y simpática.

Cuando la desconocida abandonó el recinto Cristóbal corrió raudo para visionar su grabación, pero al verla comenzó a llorar desconsoladamente. En lo más profundo de tan bella dama sólo había deseos de venganza y muerte. Intentó borrarla inmediatamente de su memoria, ella representaba todo lo que siempre había despreciado, pero su corazón no conseguía soltarla, le atraía hasta extremos insospechados, incluso ahora más que antes porque en su mente había comenzado a fraguarse una idea: “Puedo sacarla de ese pozo oscuro en que se encuentra, regalarla los sueños más fascinantes que registre y hacerla volar”.

Lo que Cristóbal desconocía era que no hay lugar para la luz en la oscuridad más profunda y que aquella obsesión le iba a exigir pagar un alto precio, pero ya era demasiado tarde…


Nota de la gerencia:

Posteriormente a que este relato nos fuera enviado, en un diario digital salió publicada la siguiente noticia ¿Habrá una vez más magia en Cuervolandia? That's the destiny

http://mx.news.yahoo.com/s/afp/081212/insolitas/jap__n_ciencia_televisi__n_curiosa_2