30 de enero de 2021

Endgame

 


 'Hierofanta'

 

Capítulo final de la saga 'Conjunción letal'. La quinta dosis es la que cierra el círculo y la que permite alcanzar la inmunidad de la bandada de cuervos ante las historias que nos endosan gestores bancarios, agentes de seguros y políticos varios. Apriétense la goma con los dientes y preparen la vena.


Cuervolandiaaaa…

La mujer se bajó del SEAT 600, saltó sobre Quintanaurría y le plantó un largo beso en la boca. En calidad de atónito y azorado observador de esta escena, no pude sino darme la vuelta pudorosamente y esperar un minuto y medio mientras observaba el lugar donde se desarrollaba esta escena surrealista que estaba viviendo en estos momentos.

Estábamos en algún lugar del desierto de los Monegros, concretamente en el parking semivacío de un extraño parque de atracciones cuyo nombre era anunciado por lejanos y viejos altavoces… No era un lugar desagradable, pero me producía cierto inquietante desasosiego, probablemente porque a pesar de no estar comunicado por ninguna carretera con ningún sitio, el lugar tenía parking y había algunos coches aparcados. Estábamos a 24 de diciembre y eran las 14:30.

Habíamos llegado andando hace dos horas, Quintanaurría había trazado con tiza un círculo en el suelo con extraños símbolos rúnicos y llevaba largo rato haciendo una especie de conjuro que incluía ofrendas, exvotos y cánticos en lenguas desconocidas.

Mientras él bailaba y cantaba dando vueltas a su círculo, yo aún seguía dándole vueltas a mi cabeza, había hecho examen de conciencia y me preparaba para asumir con entereza el destino que, al parecer, estaba escrito para mí en las estrellas.

Según la constelación que rigió mi nacimiento, dentro de una hora y 28 minutos va a aparecer en medio de esta nada una persona que me disparará un tiro en la frente. Por la trayectoria de los disparos anteriores probablemente lo hará a una distancia de aproximadamente un metro, apretará el gatillo con la mano derecha y yo, al igual que las otras 12 víctimas, recibiré el disparo en una posición relajada y sin signos de defensa, dolor o temor, por lo cual sospecho que estaré sumido en una especie de trance hipnótico o bajo el efecto de una droga. Cuando haya acabo su cruel misión, esa persona dejará una nota sobre mi cadáver con mi hora de nacimiento, las 15:28, escrita con una Olivetti Lettera 2000.

El motivo de mi asesinato se me presenta aún borroso, porque por una parte entiendo que la persona que me asesinará lo hará porque comparto mi destino con otras doce víctimas que han nacido bajo una conjunción letal, aunque, tras la lectura de la leyenda Chorotega del volcán Massaya, empieza a tomar forma en mi cabeza la sospecha de que mi muerte obedece a un plan más elaborado en el que las doce víctimas, el asesino y yo somos simples peones en una partida concebida hace mucho tiempo.

En medio de mis pensamientos oí el ruido de un motor a lo lejos. A medida que el ruido se hizo más fuerte y nítido, apareció por el horizonte un SEAT 600 pintado con rombos blancos y negros que tardó un rato en llegar, y cuando aparcó justo delante del círculo, contemplé estupefacto que iba conducido por el musculoso arlequín de la cafetería.

El arlequín saludó a Quintanaurría desde el volante. De repente se abrió la puerta del copiloto y descendió del coche una mujer menuda, de unos 67 años, con el pelo muy rizado, casi afro, con unas gafas de sol grandes y redondas, chaleco, pantalones bombachos holgados y llena de anillos, collares e innumerables abalorios.

-¿Qué pasa, Quiiiin? ¡¡Tíooo, cuánto tiempo que no me invocas!! 

Sin dar oportunidad a la réplica, saltó sobre Quintanaurría y le plantó el tremendo beso en la boca con el que ha comenzado este relato.

-¡¡Qué bien besas, ladrón!! ¿Me has preparado lo mío?

Quintanaurría hizo una señal, el arlequín sacó una nevera portátil del coche y preparó un litro de calimocho. La mujer se sentó en el suelo, justo delante del círculo que Quintanaurría había trazado, y se sirvió un vaso mientras Quintanaurría ofreció lo que yo prefiero interpretar como un cigarrillo, para no verme obligado a detener a quien quizá fuese mi única oportunidad de descubrir la verdad de todo este enloquecido caso. Una vez acomodada, me señaló mirando a Irving.

-¿Quién es esta prenda? -dijo mostrando una sonrisa llena de braquets.

-Inspector Lucas, le presento a Chaciutique, diosa nicaragüense del fuego y guardiana del volcán Massaya, a la que intuyo querrá usted hacerle muchas preguntas...

-Encantado de conocerla -dije yo, intentando disimular mi estupefacción. A estas alturas la lógica ya estaba fuera de la partida, pero si quería resultados, tenía al menos que seguirle el juego a Quintanaurría…

-¡¡Qué educao eres, tronco!! Apaláncate una birra y yo te explico lo que quieras... ¡Y llámame Chaci, porfa, que mi nombre completo se os hace siempre bola a los humanos!

-Está bien -dije intentando no pensar en lo ridículo de la situación-. ¿Qué es la conjunción letal? ¿Por qué me van a matar dentro de… 45 minutos?

-Así me gusta cariño. ¡Al grano, que el tiempo apremia!

Chaciutique dio una calada al “cigarrillo” y dijo:

-Porque tú eres el último sacrificio que hace falta para que se rompa el hechizo de la sinvergüenza de Nequepio…  Sí, ya sé que te has leído la historia.

-¿Qué clase de trato hicieron Nequepio y usted?

-¡Que me trates de túu, hombre ya! ¡¡Relajaté, que eres un afortunado!! ¡No sabes la envidia me das, que te matan en una hora! Yo aquí toda la eternidad existiendo y estoy hasta los ovarios… Bueno, al loro, yo lo que pacté con esa golfa era que, si yo le salvaba el culo a su novia, ella me sustituiría como guardiana del inframundo por lo que queda de eternidad…

    Yo cumplí mi parte y convertí a ambas en una pieza de cuarzo viva que las mantendría unidas para siempre, y así yo podría por fin tener una existencia terrenal de persona mortal y vivir la vida sin tener que estar en ese **to volcán, e irme de fiesta en fiesta hasta que el cuerpo aguante… Pero algo salió mal y aquí me tienes, sólo salgo a dar una vuelta cuando colegas como Quinta me invocan para darme un alegrón de vez en cuando.

En este instante, la deidad apuró de un sorbo largo el tubo de calimocho, y tras exclamar "¡¡Ahhhh, que buenoo!!", retomó la historia.

-Bueno, amor, pues acelero antes de que te apiolen. Resulta que el machista maltratador del Rey Nangue encuentra el corazón y las separa, y para que vuelvan a juntarse son necesarios 13 sacrificios de personas nacidas en la conjunción astral que ya conoces, y nada, macho… que te toca… Tómate una, que te va a hacer falta… -dijo extendiéndome una cerveza y cogiéndose otra para ella.

Iba a abrir la lata y tomármela cuando me vino una idea a la cabeza…

-Niyujui no quiso, es eso lo que salió mal, ¿verdad?

Chaciutique me miró y su rostro demudó en un gesto entre triste y serio…

-Eres muy perspicaz, Lucas. El trato era con Nequepio, a ella sí la podía obligar a ocupar mi puesto en el volcán, pero a Niyujui no… Cuando hicimos el pacto, Nequepio me dijo que Niyujui estaría de acuerdo, pero no era así; cuando se tiró al cráter agarró a Niyujui contra su voluntad y la forzó a estar unida a ella por toda la eternidad, convertida en cuarzo… Si la vida eterna es un castigo de por sí, estar atada a otra alma por toda la eternidad me parece una crueldad aún más terrible… Al principio me cabreé tanto que intenté matarlas a las dos y entré en erupción durante tres días, pero el hechizo ya estaba hecho, ambas eran una pieza de cuarzo inmortal… y si no querían ambas vigilar la puerta del inframundo, tendría que quedarme yo en mi eterna condena, aunque involuntariamente ese cretino del Rey Nangue, al tirar la piedra contra la roca sagrada, solucionó el problema: las separó y ahora una busca a la otra, y la otra intenta evitar la unión…

-¿Las víctimas lo sabían?

La deidad Chorotega se puso a cantar en bajito, casi susurrando una especie de mantra monocorde.

En ese momento, intervino Quintanaurría.

-Efectivamente, Angélica Pinni Lestrade era amiga de Itziar Montero. Cuando Itziar le contó las antiguas leyendas chorotegas que le había narrado su abuela, Angélica se entusiasmó con la idea de publicarlas en un libro... Sin saberlo, se desencadenó una sucesión de acontecimientos que conectaron a muchas de las víctimas entre sí. Todos los relacionados con ese libro nacieron bajo la conjunción letal y todos fueron muriendo en el día y la hora exacta de su destino… Puede que todo sea una trama de Nequepio o una simple casualidad, pero el caso es que sí se conocían…

Miré el reloj, faltaban 5 minutos.

-Posiblemente muera pronto, pero antes quiero poner las cartas sobre la mesa…

    Usted no es Irving Quintanaurría, en realidad todo este tiempo estuve hablando con un péndulo que posee a su poseedor. Estuve hablando con Niyujui y a esta hora no sé cuál es su plan, no sé si va a juntarse con la otra parte del péndulo y completar el hechizo, no sé qué pintan aquí ese arlequín y la diosa del fuego, no entiendo su loco plan y el tiempo se acaba...

Quintanaurría se acercó a mí, y entre lágrimas me dijo:

-Efectivamente, soy Niyujui... Espero que un día me puedas perdonar por lo que te he hecho, y por lo que voy a hacerte ahora. Llevo toda la vida huyendo de mi destino, pero ya ha muerto demasiada gente…

Súbitamente, Quintanaurría se sacó el péndulo del bolsillo y, empujándome al centro del círculo que había trazado en el suelo, me dio un golpe seco con él en la cabeza...

Acto seguido, Chaciutique dio una calada a su extraño cigarro y expelió por su boca una espesa nube de humo que me impidió ver  lo que sucedía a mi alrededor, hasta que de repente oí una voz femenina...

-Buenas tardes, ¿inspector Lucas? Tenemos una cita ahora…

La voz provenía de una extraña pero hermosa mujer, que apareció de la nada vestida con un abrigo rojo,  y me miraba a los ojos apuntando a mi frente con una 38.

Entonces todo pasó rapidísimo: el arlequín musculoso intentó agarrar a la desconocida y esta, haciendo una llave de artes marciales que no había visto en mi vida, lo lanzó varios metros hacia un lado. En ese instante de distracción, Chaciutique cogió de la mano a Quintanaurría y se esfumaron en el aire, confundiéndose con el humo del cigarro que había dejado en el suelo… "¡¡¡Buena suerte, figura!!!…" -acerté a oír a lo lejos...

La bella mujer volvió a apuntarme a la cabeza. Su mirada reflejaba que no era nada personal.

En ese momento me invadió una sensación de profunda paz y relajación. No entendía nada y a la vez lo entendí todo... Desde ese estado de elevación espiritual inspiré profundamente, y al espirar, mi mente contempló atónita cómo de mi boca brotó sin control alguno la palabra...

-Proceda.

 

Bang

 

Luz

 

Silencio

 

EPÍLOGO:

 

El 24 de diciembre de ese año, una fuente en la selva nicaragüense dejó de manar agua salada.

El inspector Lucas fue encontrado por un misterioso arlequín sólo y amnésico en medio del desierto. Tenía una extraña cicatriz en la frente y llevaba en su mano lo que parecía ser un péndulo verde con una bala del 38 incrustada en su interior. La línea del destino de su mano derecha presentaba una bifurcación que antes no tenía.

No volvieron a aparecer más víctimas que siguieran el patrón de la constelación letal, y el caso se archivó sin resolver en una nave administrativa de Aranda de Duero.

La puerta del averno del volcán Massaya no aparecía guardada por nadie; sin embargo, las almas condenadas y los demonios que allí habitaban no se escapaban, porque una extraña piedra de cuarzo verde asumió las funciones de guardiana.

El libro Antiguas Leyendas del Momotombo fue visto por última vez en la estación de autobuses de Nimes, víctima sin duda de la moda del bookcrossing.

Irving Quintanaurría fue visto por última vez analizando manchas antropomorfas que aparecían en diversos locales nocturnos de Benidorm. Iba acompañado de una hippie de mediana edad que se mostraba imbatible bebiendo roncolas en los karaokes ingleses de la zona. Ambos parecían vivir algo parecido a un romance.

El espíritu de Niujuy, libre ya de su prisión de cuarzo, vaga por el mundo apareciéndose de vez en cuando como un invisible sentimiento de cariño y bienestar que aparece en momentos inesperados por las atracciones de Cuervolandia.

De la mujer del abrigo rojo no hemos vuelto a tener noticia.

 

FIN

 

La gerencia informa de que el próximo 7 de febrero, el gerente ponente de esta revitalizadora saga nos regalará un "truecumentary" o 'making-of' de la historia, con la participación de varios de sus protagonistas. Será la guinda del pastel y nos permitirá una gozosa metacomprensión de los quiénes, los cómos y los porqués. ¡Graznad, graznad, malditos!

16 de enero de 2021

Pendular


 
'Gran diosa del volcán: sé testigo,
con tu ardiente ojo, de mi magnificencia' 
 

Cuarta parte de esta rompedora saga. La hilandera que maneja con soltura las tijeras les grita "¡más garbo!" a sus dos hermanas. Su nervuda y ávida mano está deseando realizar el trabajo que le corresponde. No es menos importante que el de las otras, pero sí el menos valorado por esos hilillos egoístas, de mil colores, que se lían continuamente. Ya llegan a ella, ya falta poco... Así debe ser...


Cuervolandiaaa

El hombre musculoso vestido de arlequín escribía con una pluma de ave en un enigmático diario, al tiempo que con su mano libre apuraba una copa de coñac pequeña llena de brandy con anís, mezclados en iguales proporciones. Tras meterse el lingotazo entre pecho y espalda, se secó con cuidado una lágrima de la mejilla, cerró el libro, pagó y abandonó el local diciendo:

-Hasta pronto, Irving.

Quintanaurría le sonrió y se despidió con la mano.

-Hasta pronto, Paco.

En otro momento y lugar, este hecho que comento me habría parecido extraño, surrealista y bizarro, pero lo cierto es que no estábamos en otro momento y yo llevaba cinco horas conduciendo por carreteras que no vienen en ningún GPS, siguiendo la dirección marcada por el péndulo de cuarzo verde de Quintanaurría hasta  que las carreteras se conviritieron en caminos, los caminos en senderos, los senderos en cañadas y las cañadas en páramos, hasta llegar a ese misterioso bar abierto a las tres de la mañana que señalaba la entrada al misterioso y bello desierto de los Monegros.

Irving se fue a dormir al coche, pues dijo que mañana sería un día duro. Faltaban 12 horas para mi presunto asesinato a las 15:28 y, como es lógico, yo no tenía  sus ganas de dormir, dado que mis pensamientos se arracimaban en mi cabeza a velocidad acelerada y mis párpados se negaban a abrazarse a pesar de mi evidente cansancio.

Para calmar mi ansiedad, abrí mi dossier sobre los crímenes de la Conjunción letal y posé mi vista en el caso número uno, la primera víctima encontrada: Marcelo Cedrón Panikoulas, un Arousano con raíces cretenses que regentaba una próspera quesería.
Una persona en apariencia anodina y cuya vida era completamente normal, salvo por dos pruebas encontradas en el registro de su domicilio que no encajaban con la imagen de ciudadano común que pretendía proyectar. La primera y más importante es que Marcelo figuraba en los registros de la policía como comprador del arma que fue usada para su propio asesinato y para los que acontecieron en los meses posteriores; y la segunda la tenía ahora mismo en mi mano y era un pequeño libro, con encuadernación de lujo en  piel y oro, que se podría considerar una rara pieza de coleccionista.

El libro, titulado Antiguas leyendas del Momotombo, no constituía una prueba de por sí; simplemente era el libro que la víctima tenía en su mesilla de noche y, por muy exhaustivas que sean las investigaciones, los policías no solemos leernos las bibliotecas de los escenarios del crimen. Sin embargo, la rareza del ejemplar despertó mi curiosidad e hizo que lo guardara en el dossier para estudiarlo más tarde. Mi insomnio decidió que era un tema suficientemente aburrido como para intentar anestesiarme con él y lo abrí por el punto de lectura que tenía marcado el Sr. Cedrón.

La leyenda del volcán Massaya:

Una tradición oral de los indios Chorotega cuenta que el Rey Nangue estaba casado con una bellísima princesa de la tribu vecina, la joven Niyujui. Tenía una larga melena y unos preciosos ojos verdes que eran únicos en su tribu. El rey, como muchos hombres poderosos, confundía amor con posesión y sentía unos celos tremendos de su hermosa mujer. 
 
Por desgracia para todo el reino, esos celos no carecían de fundamento.
En efecto, la princesa Niyujui de claros ojos y sedosos cabellos amaba a otra persona y era correspondida. El objeto de sus amores era nada menos que Nequepio, la hermosa hermana del rey, famosa en todo el país por su extraordinaria elocuencia y sus artes de hechicería.

Un día pasó lo inevitable: el rey encontró a su mujer y a su amante entregadas a la pasión en un claro de la selva, vestidas tan solo con la luz de la luna y, loco de dolor y celos, decidió castigar a las adúlteras de la única manera posible, sacrificándolas a la diosa del fuego Chaciutique, tirándolas al interior del volcán Massaya.

En el momento del sacrificio, Nequepio conjuró a la diosa para que la mantuviera siempre unida a su amada en el otro mundo. Zafándose de los sacerdotes, se abrazó a Niyujui y se abalanzaron ambas sobre el cráter.
Compadecida de su amor y enfadada por la reacción del rey, la diosa Chaciutique hizo que el volcán entrara en erupción durante tres días. Cuando al fin se enfrió, los Chorotegas encontraron entre las cenizas una piedra de cuarzo verde como los ojos de la bella Niyujui, y se la llevaron al rey.

El Rey Nangue, al verla, reconoció el hechizo de su hermana y, enloquecido, arrojó violentamente la piedra contra una roca que había en el centro del pueblo. El cuarzo se partió en dos y de la roca empezó a brotar una fuente de agua salada por las lágrimas de las amantes separadas.

El Rey Nangue lanzó una parte del cuarzo al océano Pacífico y la otra parte al Atlántico, en la tierra de los Mískitos, para que las que le traicionaron nunca pudieran volver a verse.
 
Desde entonces, cuenta la leyenda que ambas piezas de cuarzo viajan por el mundo buscándose una a la otra y se guían mutuamente, cambiando los destinos de quienes las portan...
 
Tras leer este libro, mi mente empezó a atar cabos. Miré quién lo había escrito y  vi que era obra de Angélica Pinni Lestrade, la víctima número 6, pero el libro había sido impreso en la imprenta de Jesús Cortezo, que fue la víctima número 3, y el ISBN pertenece a Ediciones Fernández-Mildavia, la número 4... La leyenda se desarrolla en Nicaragua, lugar de origen de Itziar Montero Arróstegui….

Quintanaurría me despertó y miré el reloj: eran las seis.

-¿Ha descansado?

Yo asentí.
 
-Vamos, ahora toca caminar…

Pagué y dejé propina a la enigmática camarera, que me miraba de manera muy fija con sus ojos verdes. Al recibirla, me dijo:
 
-Muchas gracias… Hasta muy pronto.
 
 
CONTINUARÁ
 

6 de enero de 2021

Kübler Ross


'Duelo bajo la miríada de soles'
 

En este tercer episodio, las ruedecillas dentadas del mecanismo de nuestras vidas siguen girando... por ahora.

 

Cuervo, cuervo, cuervo…

Cuando llegó el informe del registro de nacimientos del hospital, se confirmaron mis peores sospechas: nací el 23 de diciembre de 1973 a las 12:25… Irving Quintanaurría vino a anunciarme mi asesinato.

Al principio me mostré escéptico.

Me levanté de mi silla, apagué los micros y las cámaras, cerré la puerta por dentro y bajé las persianas de la sala de interrogatorios. Me volví a sentar delante de la mirada impasible de Quintanaurría, que aparte de haberse guardado el péndulo, permanecía en silencio, en la misma posición, sin mover un músculo de su cara…

-Esto que me está contando no es real, seguro que se trata de un error. Igual es una casualidad o está moviendo usted el péndulo... No sabe la de graciosas teorías de la conspiración que se oyen cada vez que hay dos asesinatos más o menos seguidos… Simplemente es una coincidencia y su teoría no se sostiene. Esto es una comisaría de policía y yo preciso evidencias científicas, no conjeturas pseudocientíficas ni cuentos de hadas…

Es más, ¿cómo sé yo que usted no es el asesino? Sabe datos importantes y conoció a la señora Arróstegui. ¿Cómo sé que el venir aquí no forma parte de un burdo intento para buscarse una coartada?

Irving me miró y dijo:

-Efectivamente. Usted no lo sabe, y no tiene ningún tipo de prueba que me incrimine… Puede elegir y decidir si hacerme caso o no, incluso puede detenerme si quiere, pero eso no va a cambiar lo que ha visto. Usted nació bajo la conjunción letal y lo que sí es seguro es que es dificil que salga de esta situación sin ayuda, inspector…

Miré a Quintanaurría y mi ira no hizo más que aumentar. No suelo perder los nervios en los interrogatorios, pero me miré a mí mismo haciéndole caso a un lunático con un cucurucho en la cabeza, un ridículo péndulo y unos mocasines con maravedíes en la trabilla… y de pronto dejé que la rabia me poseyera. Di un puñetazo en la mesa que hizo un sonoro estruendo, y como una exhalación cogí a Quintanaurría del cuello de su camisa y lo levanté un palmo de la silla donde estaba sentado. ¿Es esto una broma? ¿Una cámara oculta? ¿Acaso se está riendo de mí….? Llevo semanas enteras sin dormir apenas, intentando analizar cada cabo suelto de un complicado caso de asesinato múltiple y viene un fantoche, un fenómeno de feria, a decirme que moriré mañana, por no sé qué teoría estrafalaria… ¿Tan idiota cree que soy?... ¿Por qué hace esto? ¿Para qué lo hace?

Quintanaurría contestó con un hilo de voz…

-Se lo debo a Itziar… ¡¡Ella tampoco me creyó!! 

Dos lágrimas recorrían sus mejillas.

Lo miré a los ojos y me avergoncé inmediatamente de mi reacción… Itziar Montero Arróstegui, la víctima número 12, una joven de origen nicaragüense, era profesora de física en un instituto de la zona. Una vida ejemplar de superación a través del estudio había forjado en ella un carácter escéptico y racionalista, según los testimonios de sus familiares, compañeros y amigos, 

Sin embargo, esta persona tan racional quiso conocer el momento de su muerte consultando su carta astral; al analizar su cadáver se descubrieron en su cuerpo varios tatuajes de protección sefiróticos y ocultistas, y en sus ropajes se encontraron diversos amuletos chamánicos de procedencia desconocida…

Ella había intentado escapar de su hipotético destino acudiendo a prácticas de las que siempre renegó… Tenía miedo, no quería morir, sabía la hora de su muerte y aun así su balazo en la frente lo recibió en una calle concurrida, sin que nadie viera nada y sin que ningún dispositivo de vigilancia apreciase la más mínima alteración o imagen acusatoria.

-¿Pedimos un café? -sugerí con gesto reconciliador…

-Con leche y azúcar, por favor.

Pedí dos cafés.

En la breve pausa que siguió, Quintanaurría y yo permanecimos en silencio, él sentado de nuevo en su silla y yo de pie, dándole la espalda y mirando fijamente el falso espejo de la sala de interrogatorios cuya cortina había bajado, dejándolo totalmente cegado.

Trajeron dos vasos de café, los tomamos en silencio y me volví a sentar frente a Irving.

-Está bien: supongamos, y sólo supongamos, que tiene usted razón. Si el día de mi asesinato es mañana, sólo tengo que estar a esta hora en la comisaría y dejar que mis agentes se hagan cargo del asesino cuando venga a matarme...

Quintanaurría recuperó su tono neutro y me contestó.

-Eso no va a servir. Arróstegui, Cortezo y Pinni fueron asesinados en calles concurridas; Marosa lo hizo en un estadio, en un partido al que acudieron doce mil espectadores sin que nadie haya podido identificar al asesino, y los que se intentaron ocultar tampoco corrieron mejor suerte… Fernández Mildavia apareció en su refugio antiatómico con el mismo tiro en la frente y la misma nota que los demás… No se trata de un asesino común, Inspector. No se le puede atrapar con medios comunes, si es que se le puede atrapar.

Algo en el fondo de mi mente se quebró en ese momento. Puse la cabeza entre mis manos y lloré, lloré como nunca antes lo había hecho. Las lágrimas liberadoras brotaban de más allá de mi mente, quizá de esa parte de mí más atávica, irracional y primitiva que sabía que Irving tenía razón. Que estaba sentenciado y que era seguro que mañana iba a morir.

Pasaron delante de mí fragmentos de mi vida, mis primeros pasos, el abrazo de mi madre, las risas y lágrimas con mis amores y amigos, mis desilusiones, mis logros profesionales, los casos que me absorbieron los últimos años, la primera vez que me dispararon y la primera vez que disparé, la soledad, mis fantasmas, el vacío, el abismo, aquella maldita máquina.… Sentía que esos recuerdos estallaban en el suelo con cada lágrima y de pronto recordé aquello por lo que merece la pena seguir viviendo…  Empecé a aceptar la situación y reaccioné.

-Está bien, Quintanaurría. Si voy a morir, que sirva al menos para algo. ¿Cuál es su plan?

-Estoy a su servicio, Inspector Lucas.

 

CONTINUARÁ….