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31 de marzo de 2008

Historia de un gerente (y III)

'Fear_Illusion'

'Binto, el perro empático'


TRUCO O CONTRATO

—Buenas noches, corazón.

—Buenas noches, mami. ¿Me dejas encendida la luz del pasillo?

—Mmm. Pero solo hasta que te duermas.

Cuarenta minutos después…

—¡Mamááááá! ¡Mamiiii!

—¿Qué pasa, quieres agua?

—Hay un mosquito.

—A veeer, que ponemos otra vez el aparato…

—Es el mismo de ayer.

—No, cariño. Será otro. El de ayer ya murió.

—No, mamá, que es el mismo, ¿no te das cuenta?

Escenas como estas, destellando repetidamente a lo largo y ancho de la geografía nacional, marcaron el comienzo del fin de la industria antimosquitos desarrollada por nuestro gerente con su dispositivo y tanto esfuerzo. Llegó el momento en que se descubrió la cruda verdad, y es que los difusores eléctricos no eliminaban a los insectos; solo los repelían (eso sí, muy eficazmente).

El caso es que ni en la caja ni en las instrucciones del antimosquitos se mencionaba la eliminación de los bichos, garantizándose únicamente la solución del problema y el fin de las molestias.

El objeto principal de la polémica versó en torno a si las fábricas debían limitar el efecto de los ingenios al período de su uso o si, por el contrario, estas tendrían la obligación de garantizar la ausencia de mosquitos cuando los aparatos no funcionasen. ¿Estaba una empresa obligada a llegar tan lejos, incluso en contra de sus propios intereses, sin dejar de cumplir lo prometido?

Esta situación hizo correr ríos de saliva por parte de las asociaciones de consumidores, levantándose muchas voces críticas, y también por parte de las empresas competidoras, a quienes se les hacía la boca agua ante río tan revuelto, mientras se frotaban las manos de la misma manera que los pequeños insectos acicalaban sus probóscides.

En tanto unos exigían la devolución del dinero, otros consumidores se daban por satisfechos; la vocecilla del ecologismo incipiente ensalzó el producto para resultar rápidamente sepultada; finalmente, la competencia se desmarcó de los perdonavidas, llevada por una furia genocida que exigía a voz en grito el sacrificio de sangre de los dípteros (de hecho, cierta compañía creó por entonces un eslogan de impacto por contraste para su nueva campaña publicitaria, que rezaba: “Los mata bien muertos”)… Estaba visto que aquello solo podía acabar en los tribunales.


ENJUICIAMIENTO

La magistrada ponente no veía claro el asunto. Ella usaba el antimosquitos de marras en su casa sin problema alguno, pero también era cierto que había dado por supuesta la muerte de los condenados chupasangres, y resultaba que no, que los mismos debían ser espantados noche tras noche. El abogado defensor esgrimió un argumento que a todos haría reflexionar en la intimidad de sus camas, a oscuras, los ojos bien abiertos:

—A todos aquellos ávidos de muerte… y nunca sospeché que nuestra sociedad se mostrase tan cruel… les encantará saber que, a la larga, los mosquitos morían finalmente de sed, irritación y agotamiento. ¡Ahora estarán contentos!

Ello conllevó que nutridos grupos de personas se manifestasen con pancartas de papel estraza a las puertas del juzgado, gritando “¡Sádicos!” y “¡Torturadoreeees!” (esto último proferido, sobre todo, por una señora obesa de perenne y florido caftán, quien levantando el cuello y agitando su tronco espasmódicamente, berreaba cada día con una claridad y potencia ciertamente turbadoras, aferrada con sus deditos a las vallas metálicas de protección). Así las cosas, hubo quien no pudo seguir usando el artilugio debido a las pesadillas generadas por su mala conciencia, y en las iglesias muchos cirios fueron consumidos lentamente, conmemorando el padecimiento de toda una especie.

La Asociación Nacional de Fabricantes de Insecticidas (ANFI), presentándose como acusación particular, fue la que más metió el dedo en la llaga. Su representante en el juicio, don Adelino Burjasot, moviéndose por el estrado con la gracia y parsimonia de un gallo, les acusó de estafadores. Violenta y teatralmente estrelló contra el suelo un recambio del producto. Instintivamente, con una exclamación ahogada, todo el mundo se echó hacia atrás en su silla o se cubrió la cara con el dorso de una mano. Entonces, extendiendo su enjuto dedo índice, clamó con inquisitorial voz:

—¡Esto es lo que respiran sus hijos por las noches!

Se lograba un efecto magnífico mostrándose muy agresivo hasta la palabra “respiran”, para después quebrar algo la voz, cargándola de una emotividad contenida, a partir de “sus” hasta el final de la frase, y el experimentado don Adelino conocía todos los resortes del alma: no en vano había trabajado durante 25 años como vendedor de enciclopedias a puerta fría, antes de estudiar Derecho por la universidad a distancia.

Largas deliberaciones, pobladas por contradictorios sentimientos, martirizaron a los magistrados día sí y día también, en el que sin duda fue el caso más complicado de sus dilatadas carreras funcionariales.

Pero mientras, en la calle, ya se esperaba un fallo perjudicial para los comercializadores del dispositivo. Don Adelino, padre de seis criaturas, compró por precaución un montón de aparatos para seguir usándolos cuando los retirasen del mercado (la línea de acusación de la ANFI y lo de la muerte de los mosquitos le pareció siempre una soberana tontería).

Finalmente, la justicia habló. Considerando que en la caja aparece la simpática silueta de un mosquito atravesado por la conocida señal de prohibición, y dado que no se indica específicamente la cualidad de mero repelente químico del compuesto evaporable, debemos condenar y condenamos a los acusados a rediseñar los embalajes y las instrucciones del antimosquitos, dejando en lo sucesivo meridianamente claros su naturaleza y fines. Firmamos y rubricamos: Celia María Briones Valdez, Bartolo de Sasso y Ferrato, y Damián de las Heras Alcacide.

Aunque la sentencia fue cumplida escrupulosamente, los meses siguientes evidenciaron que el daño infligido a la imagen de marca había sido devastador. Las ventas sufrieron bruscos descensos consecutivos que dieron al traste con el negocio. Ahora, madres de familia y tiernos infantes exigían insecticidas letales que exhibiesen en la etiqueta insectos posando al lado de bombas con la mecha prendida y una calavera pintada en su interior, mosquitos aplastados por la suela de un zapato, estallando en pedazos o sentados patéticamente en sillas eléctricas.

Mitigado el dolor por el éxito alcanzado hasta entonces, los padres de la criatura herida de muerte decidieron poner fin a su asociación mercantil.

Arturo P. derivó hacia la industria hidráulica y de la elevación, alcanzando a la postre gloria y reconocimiento como el artífice de la famosa plaquita metálica que advierte en los ascensores de todo el país: “PRECAUCIÓN. NO SE ACERQUEN A LA ENTRADA. IMPIDAN QUE LOS NIÑOS VIAJEN SOLOS”, más conocida por su texto alterado “PRECAUCIÓN. CERQUEN LA ENTRADA. PIDAN QUE LOS NIÑOS V AJEN SOLOS”.


REVELACIÓN

Por su lado, nuestro gerente, sobrepasado por las circunstancias, poco después cogió su coche y condujo sin destino, cada vez más lejos de la gente, de mujeres con caftanes y agresivos juristas. Debía aclarar su mente, dilucidar su norte. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿A qué dedicar sus energías? Se adentró en el desierto marchando erráticamente durante varias horas, llevado por un extraño frenesí. Finalmente bajó del coche, dio un par de vueltas alrededor del vehículo y, envuelto en arenisca, aulló con la fuerza reprimida de muchos meses:

—¡¡¡ME CAGO EN ROOOOOOOSSSS!!!

(A miles de kilómetros de ese lugar, un joven hombre llamado Ross Perot cayó redondo en su rancho, con las manos en las orejas, aquejado de un insoportable pitido auditivo. Cuando le ayudaron a levantarse de nuevo, supo que tenía una misión en la vida).

Cansado y sediento, abrió el maletero del coche: nada de agua. Volviéndose al cielo con los ojos fuertemente cerrados, se lamentó:

—¡Señor! ¿Qué más quieres de mí?

¡Pap! Algo cayó sobre su hombro derecho. Una cagada de ave. Quitándose la camisa con furia, reparó en un cuervo que lo observaba tranquilamente desde el techo del coche, cerca de la antena.

—¿¡Serás…!?

¡Pap! Otro indolente regalito, esta vez sobre el parabrisas, hizo al desafortunado viajero presa de una gran angustia. Enrolló la camisa para propinar un soberano zurriagazo al ave, pero justo entonces sus miradas volvieron a cruzarse. No era normal que un cuervo tuviera esa cara de estar de vuelta de todo, ese gesto despótico y condescendiente.

—Me construirás un templo —graznó.

—¿Eh? ¿Qué?

—¡Un templo!

Transcurrieron unos segundos que se hicieron eternos bajo el sol ardiente y sobre la ígnea arena (aunque lo cierto es que el día ya se estaba nublando un poco).

—¿No sabes lo que es un templo?

—No, si es que…

—¿Tú eres tonto?

Otros latidos de corazón más se escurrieron por su vida como si nada.

—A ver, es que no…

—Tú hazlo, carajo.

Y tras hablar así, alzó el vuelo de repente.

Aunque confundido, su lado comercial tomó la palabra y gritó:

—¡Un templo aquí no daría suficiente dinero!

Y enseguida apostilló:

—¿¡Qué tal un… parque de atracciones!?

El cuervo, todavía visible en las alturas, graznó dos veces. Eso, como en las películas de discapacitados que se expresan con parpadeos de ojos (uno para negar, dos para afirmar), solo podía suponer una respuesta positiva.

De camino a su ciudad, sumido en un trance casi hipnótico, se iba animando cada vez más. Le estaba encantando la idea... Un lugar de recreo que acogería a toda la familia tanto como a espíritus solitarios, con una amplia y peculiar gama de servicios disponible. Pero, ¿era víctima de una afortunada alucinación o todo había sucedido realmente? En cualquier caso, ya estaba decidido. Tendría que buscar más socios para hacer posible un proyecto de tal envergadura, nunca mejor dicho. Y realmente, se preguntó, ¿qué sabía él de parques de atracciones?

Cinco horas después, detuvo el coche delante de la biblioteca municipal. Se encaminó raudo a la sección rotulada con la letra A, hasta encontrar un apartado titulado “Atracciones, parques de”. Escogiendo varios voluminosos libros para empezar, enfiló con decisión hacia el puesto de la bibliotecaria, una lánguida y dulce señorita de huidizas miradas rubias, posándolos pesadamente sobre el mostrador.

—Va a tener que darme los datos para hacerle un carné, si quiere llevarse esos libros —dijo ella, sin dejar de ordenar unas fichas.

Aún tocado e iluminado por la gracia sobrenatural que lo acompañaba, supo ver en esa bibliotecaria que tan fríamente se dirigía a él a una interesante y atractiva mujer, con la que a buen seguro podría entenderse. Pletórico de confianza y armónico hasta decir basta, le propuso con entusiasmo:

—¿Quieres que te muestre un gran parque de atracciones para grandes y chicos que aún tengo solo en mente, pero que sin duda voy a construir algún día?

Ella lo miró por encima de las gafas con la boca entreabierta. Vio a un tipo bastante acelerado cubierto de polvo, con la camisa cagada por una paloma y sudando como un condenado. Observándolo de abajo a arriba, reparó en que llevaba desabrochados varios botones que dejaban entrever buena parte de su anatomía. Cuando se fijó en su cara, era un espíritu fuerte y aún joven quien le sonreía, rezumando ilusiones y una alocada complicidad.

Respondió casi sin darse cuenta, sonriendo con convicción.

—Sí, quiero.

25 de septiembre de 2007

Historia de un gerente (II)

'Elpepiput, sátrapa'

'Susórdenes, mi capital'


Sirviéndose de los escasos ahorros reunidos durante su truncada etapa laboral, se refugió en una pensión, abatido al considerarse culpable de que los juguetes no se vendieran debidamente. Él había dado lo mejor de sí mismo diseñando las cajas de Marisita, la medusa risueña, o Bárbara, la adorable anchoa de peluche; pero de poco había servido todo el esfuerzo volcado en su labor, y lo mismo podía decirse de los avances tecnológicos en los que la empresa había destacado como una de las pioneras. Durante largas semanas se encerró en sí mismo, cuestionándose qué buscaba en la vida y a qué deseaba dedicar realmente sus energías. ¿Es que acaso no valía para ese trabajo?

En esa época, todas las noches se acostaba atrincherándose bajo las sábanas, acosado por el irritante zumbido de los mosquitos que regentaban la pensión, y todos los días se despertaba rascándose las hinchazones de sus manos, brazos o pies. De nada valía el uso, antes de dormir, de molestos espráis que, o bien casi asfixiaban a uno más que a los propios insectos, o simplemente no eran eficaces. Impotente y temeroso ante la ineluctable condena nocturna, casi siempre tardaba en conciliar el sueño hasta que al final caía rendido, asiendo casi con orgullo la pala matamoscas cual simbólico pendón militar, para resultar invariablemente acribillado por tan indeseables compañeros de cama. Las trampas eléctricas tampoco se revelaron eficaces, por entonces muy peligrosas para la seguridad y tan ruidosas como hoy en día; por no hablar de las mosquiteras, en las que varias veces llegó a quedar enredado con los insectos en el interior, gimiendo y condenándose hasta el agotamiento.

Muchas noches se quedó dormido pensando en cuál sería el método perfecto para deshacerse de esas agudas y sedientas trompetas. Hasta que un día, además de con granos, despertó con la respuesta. Pues claro que sí. Y, o mucho se equivocaba, o a nadie se le había ocurrido todavía.

Gracias a sus conocimientos de química y a las experiencias adquiridas en su anterior empleo, amén de largas sesiones dedicadas al estudio de sus recalcitrantes antagonistas (pues no hay enemigo pequeño), patentó una fórmula e ideó un artilugio muy bien fundamentado. No tardó en contactar con Arturo P., un antiguo compañero de la fábrica de juguetes, para que supervisara los aspectos técnicos de la manufactura y montaje. Este enseguida se entusiasmó con la idea, pues también sufría el tormento mosquitil desde pequeño; su sangre era tan dulce que todas las dípteras se cebaban en su piel, según decía, destilando tal afirmación un trágico orgullo.

—La mía es más dulce que la tuya —insistía, con semblante de resignado bribón—.

Convencidos como estaban del éxito de su proyecto, unieron recursos y confiaron su idea a una empresa de matamoscas novel, hoy ya extinta. Fueron los primeros en sacar al mercado un antimosquitos eléctrico con pastillas de recambio. Era algo revolucionario y moderno: lo enchufabas y te olvidabas, despedía un suave olor a pachulí, podías dejar las ventanas abiertas e incluso la luz encendida, no se oía ni un zumbido durante toda la noche…

El éxito fue fulgurante, aunque sus competidores tardaron en reaccionar. Al principio se rieron de la idea para luego mostrarse nerviosamente escépticos y, cuando finalmente quisieron lanzar un producto similar, se dieron cuenta de que no estaban preparados para alterar tan drásticamente sus tradicionales enfoques ni las cadenas de montaje, por lo que se limitaron a copiar. Pero aun así no fue fácil, y encontrar un principio activo similar parecía imposible. En decenas de despachos se dieron puñetazos o escupió saliva al exigir resultados, y por toda la nación rodaron las cabezas de muchos ingenieros químicos.

Mientras, los exitosos directores del proyecto perfeccionaron el aparato a la par que sus prestaciones, incorporando útiles detalles que a nadie más se le ocurrían, a pesar de parecer obvios cuando se ponían a la venta en supermercados y droguerías. También introdujeron el primer depósito líquido, en sustitución de las ya anticuadas pastillas. A meses luz de sus imitadores, se hicieron ricos en apenas unos años, contribuyendo a ello decisivamente la patente que poseía el creador sobre la fórmula inicial.

Los embalajes utilizados para contener el ingenio fueron asimismo diseñados por él, popularizándose enseguida el símbolo del mosquito risueño atravesado por una barra roja transversal, como en la conocida señal de tráfico que establecía prohibición.

¡Qué satisfacción volver a casa de sus padres un lustro después, en una furgoneta cargada a rebosar con cajas de antimosquitos! No había vuelto a saber de ellos desde sus comienzos en la fábrica de juguetes.

Descubrieron avergonzados que, como la mayoría, también usaban el invento de su hijo, el cual tenían repartido por toda la casa. Tanto se alegraron de volver a verle, que no podían dejar de llorar a causa del gozo y el orgullo.

Pero cuando su madre lo miraba cariñosamente, él se daba cuenta de que en esos ojos palpitaba aún cierta tristeza por la vida que, antaño, tan inopinadamente había frustrado como Responsable en jefe o Investigador de área senior del Departamento Técnico y de Catalogación Archivística de la biblioteca municipal de alguna destacada ciudad de nombre compuesto. “No pudo ser”, pensó ella conteniendo la emoción, y luego volvió a abrazar a su hijito con locura mientras sonreía.

30 de julio de 2007

Historia de un gerente (I)

'Se vende por separado.
Pilas no incluidas.
Más de 5000 pesetas'

'Llego pronto, llego pronto'

Miles de e-mails interesándose por los gerentes de Cuervolandia nos llevan a satisfacer esa sana curiosidad colectiva. Este es el relato en tres partes de la trayectoria personal de uno de ellos.


Químico aficionado desde su infancia, irredento cautivo de la tabla periódica de los elementos e incansable constructor de modelos moleculares de plástico o madera –ingenuos los primeros, complejísimos después–, su primer Quimicefa labró el cauce por el que habría de discurrir buena parte de su vida. “¿Por qué pega el pegamento? ¿Cómo es que perdura tanto la orina de gato en el ambiente?”.


Se preguntaba todo esto mientras dibujaba en un cuaderno cuadriculado estructuras atómicas, nevadas montañas, árboles secos de los que colgaban bufandas o cajones cerrados bajo llave en cuyo interior moraba toda clase de satisfechas mascotas.


Recién alcanzada su mayoría de edad, sus padres le enviaron a la universidad y estudió, como no podía ser de otra manera, la carrera de Biblioteconomía. Sin embargo, pronto descubrió que los secretos de la archivística que llegaban hasta su aula susurrados de generación en generación de bibliotecarios, y todas aquellas refinadas técnicas para la clasificación de volúmenes, eran menos interesantes que la propia lectura de los libros sobre los que versaban; por lo que, hasta cierto punto desencantado, tras muchos cuadernos cuadriculados repletos de ilustraciones más y otros tantos libros de química devorados, abandonó sus estudios dos años después de haberlos comenzado, para decepción de sus padres y desespero de una lánguida y dulce compañera de clase que jamás se había atrevido a dirigirle la palabra: tan solo urgentes suspiros y huidizas miradas rubias.


A pesar de la franca oposición de sus progenitores (y quizá por ello, pues tuvo que ganarse la vida por su cuenta), trabajó un tiempo en el diseño de cajas de juguetes, dibujando –en función del artículo– atrayentes rótulos, simpáticos animales o amables escenas que destacaran en las estanterías de las tiendas, por otra parte saturadas de productos infantiles cuyo gancho visual, en casi todos los casos, se basaba en imágenes fotográficas muy cuidadas. Sin embargo, la filosofía de sus jefes rechazaba semejante explicitud por obscena, siendo estos partidarios de una representación subjetiva del contenido de las cajas, estimuladora de la desbordante imaginación de los pequeñuelos y menos tosca que aquellas otras.


—Aquí tienes a Cucho, el pollo que salta a la comba. Quieren un grafismo aún más depurado que el de la princesilla hámster Eloísa. Buena suerte.


Había verdadera obsesión entre los directivos por respetar la normativa de producción y cuantos estándares de seguridad y calidad existiesen o fueran a aprobarse a medio plazo. El plástico estaba prohibido en la empresa: tan solo se fabricaba empleando materiales que ellos hubiesen querido para sí cuando apenas sabían hablar, como madera de camelio (cuyo aroma, además, se había comprobado que cautivaba a las madres inconscientemente) o tricorilparbamida, tan noble como extremadamente resistente al vómito de bebé, aunque cuarenta y tres veces menos barato.


Incomprensiblemente el negocio no prosperó, y tras la quiebra hubieron de presenciar con angustia y contenida rabia cómo cientos y cientos de cajas de maravillosos juguetes eran vendidas en pública subasta a precios ridículos; “casi a granel”, como se le oyó gemir al presidente de la empresa tras dar un sobresaltado respingo, cuando el mazo del subastador besó por última vez la mesita en la que se ventilaron sin miramientos granjas de ponis, caretas de gato, barritas de labios con sabor a manzana o sacos de la risa ecológicos.


En ese momento, el postrero objeto subastado, un saco, empezó a reír sin pausa, haciendo la retirada de los fracasados aún más vergonzosa, pues tanto el público como el maestro de ceremonias se contagiaron y no podían dejar de carcajearse, señalándolos con el dedo al verse incapacitados para disculparse. Otros sacos previamente subastados comenzaron a activarse histéricamente, en un perverso efecto dominó. Alguien logró ladrar que se activaban por simpatía. El futuro cofundador de Cuervolandia viviría siempre con la imagen de toda esa gente trastabillando calle abajo, doblados como demonios, llevando bajo el sobaco las cajas con sus dibujos estampados, que a veces se les caían al apoyar las palmas de las manos sobre sus rodillas, con las bocas abiertas y las caras teñidas de rojo colapso.


Algunas muñequillas fareras, al rodar por la acera, se te quedaban mirando fijamente con una extraña expresión en sus rostros de tricorilparbamida tallados por ordenador; y al dibujante de las cajas le pareció leer en ellos un “No importa ya” que le hizo pensar en sus padres, y allí mismo lloró con todos los demás.