domingo, 10 de diciembre de 2006

WOW (Woman on wheel)

'Estocástica'

Se paseaba por todo el recinto del parque montada en un monociclo. Podías averiguar su situación aproximada porque, a ratos, el vehículo emitía una peculiar estridencia metálica: "gañíí, gañíí-i". En su pecho lucía una plaquita que la identificaba como Jacquelynne, asistente de Cuervolandia, aunque su nombre real era Berta Miranda, para ella mucho menos artístico, dónde iba a parar.
Llevaba consigo también 3 bolas de colores que intentaba mantener simultáneamente en el aire durante el mayor tiempo posible, que no era mucho, porque aún no le tenía cogido el tranquillo al asunto y además el tambaleante monociclo no ayudaba precisamente. Era su primera semana de trabajo y, considerando que con 25 años nunca antes había montado en bicicleta, se sentía francamente satisfecha.
Se dejaba ver con su uniforme negro, largas piernas y cuervovisera, dedicando a los visitantes su sonrisa o algunos chistes.

Es más, ahora mismo estaba observando a un niño de unos 8 años junto a sus padres. Él miraba atentamente las cuervofichas que sostenía en su mano abierta, recién canjeadas en uno de los cuervoquioscos a cambio de dinero, como salvoconductos hacia toda esa dicha que tanta barraca y atracción mecánica ofrecía. Sin duda, las plásticas piezas marrones con una C y una F a cada lado le resultaban mucho más atractivas que ese anodino metal cuyo complicado uso no acababa de entender: a veces sus padres recibían más si ellos lo entregaban antes (cuando no sucedía justo al revés), pero muchas otras no era así; y, fuese como fuese, los mayores siempre parecían satisfechos.

Berta Miranda no se lo pensó dos veces y se dirigió para allá. Algunos la vieron caer a lo lejos, entre ellos el chavalito, pero nadie la ayudó ni siquiera a recoger las bolas. Se sacudió el uniforme con las manos, ajustó su plaquita, orgullosa, y volvió a balancearse en su vehículo cautelosamente. Ensayando entonces su amplia sonrisa, llegó hasta ellos y comenzó a trazar una irregular línea circular en torno a la agraciada familia, haciendo sonar una bocina.
-¡Hola hola! ¡Hola hola!
"Por favor, Dios mío, que no sea a nosotros", pensaba el niño, a quien esos encuentros en la cuarta fase con perfectos y extravagantes desconocidos no le agradaban lo más mínimo.
-¡Hombre, Mateo, mira quién está aquí! ¡Pero miraaa! -azuzaron los padres.
Él sintió en ese momento cómo el nombre se le escapaba traicioneramente del cuerpo.
-¡Mateeeeoo, Mateo, Teomateomateomateoma!
El niño miró a sus padres con inquietud: estaban encantados.
Ella se le plantó delante haciendo un extraño algo brusco con la rueda esa, pero ancló el pie y volvió a erguirse con una cara triunfal.
-¡Qué tal, guapo!
-...
-¡Dile algo, hombre, dile algo...! ¡A ver...! Tiene usted que disculpar...
-En casa no es así -reprochó la madre.
Por segunda vez, Mateo se violentó. ¿Por qué se ponían en su contra?

Este niño parecía difícil de pelar. Berta Miranda lanzó al aire una bola y la volvió a coger con la mano. Los tres la miraban, expectantes. ¿Qué más querían? Sintió que la situación empezaba a escapar de su control. Algo atenazada, se echó una mano al bolsillo trasero y sacó algo plano que tendió al chico.
-¿Quieres una cuervovisera? -ofreció con tembloroso brazo.

Eso sí logró que todos se ilusionasen. Tras consultar a sus padres con la mirada, Mateo aceptó el regalito con una sonrisa.
-¿Es igual a esa? -le preguntó a ella, señalando su cabeza.
-¡Sí, eso es! -asintió, gozosa.
-Pero es que está doblada.

Era la verdad. Los continuos golpes habían pasado factura también a las endebles cuervoviseras. Ella intentó arreglarlo en el momento, doblando la del niño en sentido contrario con desigual fortuna y colocándosela por fin en la cabeza.
-¿¡Qué se dice!? -aullaron sus progenitores.
-Gracias, Ja... Jaake-lii-ne.

¡Kyaa! ¡Qué monoooo! Después de todo, ese chiquito era un encanto.
-¿Quieres que te dé una vueltecita por el parqueeeeee? ¿Eeeeehh? -preguntó retóricamente, palmeando sus muslos-. ¿Y luego te volvemos a traer?

Él se quedó mirándola. Había algo en su pelo un tanto revuelto, en su plaquita torcida y en su infernal máquina rodante que hizo saltar todas sus alarmas. Volvió a envararse y se giró hacia su padre, apretando la cara contra su abrigo. Sintió la goma de la visera tirándole de las orejas. Ya había sido suficiente. Quería que toda esa situación acabase ya.

-¡Claro que sí, vergüencillas! -clamó el padre con una carcajada, aupándolo en el aire y sentándolo en el, desde ese mismo momento, oscilante e inseguro regazo de la muchacha. Paralizado de indignación, echado a los lobos por sus propios protectores y arrastrado por una corriente que lo envolvía y ahogaba, fue espantado testigo de cómo el suelo se movía cada vez más rápidamente ante sus ojos, sintiendo constantemente el vértigo de caerse. Con la cara ardiendo, en su puño apretaba con furia las cuervofichas, mientras mentalmente visualizaba a sus padres lejos, mirando hacia otro lado, y a ellos dos accidentándose al rascar contra el suelo, como aquella vez que tropezó al correr y le salió sangre y le dolió tanto; solo que esto sería peor, mucho peor.

Mientras las pupilas de Mateo se encogían de pánico, sus padres se daban besitos de pico detrás de la caseta de tiro al blanco, riéndose por lo bajo. Apagado por el ruido de los disparos y las melodías mecanizadas, hacía ya varios minutos que el irregular "gañíí, gañíí-ga" había dejado de oírse; o era, tal vez, que ya no le prestaban demasiada atención.

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