31 de marzo de 2008

Historia de un gerente (y III)

'Fear_Illusion'

'Binto, el perro empático'


TRUCO O CONTRATO

—Buenas noches, corazón.

—Buenas noches, mami. ¿Me dejas encendida la luz del pasillo?

—Mmm. Pero solo hasta que te duermas.

Cuarenta minutos después…

—¡Mamááááá! ¡Mamiiii!

—¿Qué pasa, quieres agua?

—Hay un mosquito.

—A veeer, que ponemos otra vez el aparato…

—Es el mismo de ayer.

—No, cariño. Será otro. El de ayer ya murió.

—No, mamá, que es el mismo, ¿no te das cuenta?

Escenas como estas, destellando repetidamente a lo largo y ancho de la geografía nacional, marcaron el comienzo del fin de la industria antimosquitos desarrollada por nuestro gerente con su dispositivo y tanto esfuerzo. Llegó el momento en que se descubrió la cruda verdad, y es que los difusores eléctricos no eliminaban a los insectos; solo los repelían (eso sí, muy eficazmente).

El caso es que ni en la caja ni en las instrucciones del antimosquitos se mencionaba la eliminación de los bichos, garantizándose únicamente la solución del problema y el fin de las molestias.

El objeto principal de la polémica versó en torno a si las fábricas debían limitar el efecto de los ingenios al período de su uso o si, por el contrario, estas tendrían la obligación de garantizar la ausencia de mosquitos cuando los aparatos no funcionasen. ¿Estaba una empresa obligada a llegar tan lejos, incluso en contra de sus propios intereses, sin dejar de cumplir lo prometido?

Esta situación hizo correr ríos de saliva por parte de las asociaciones de consumidores, levantándose muchas voces críticas, y también por parte de las empresas competidoras, a quienes se les hacía la boca agua ante río tan revuelto, mientras se frotaban las manos de la misma manera que los pequeños insectos acicalaban sus probóscides.

En tanto unos exigían la devolución del dinero, otros consumidores se daban por satisfechos; la vocecilla del ecologismo incipiente ensalzó el producto para resultar rápidamente sepultada; finalmente, la competencia se desmarcó de los perdonavidas, llevada por una furia genocida que exigía a voz en grito el sacrificio de sangre de los dípteros (de hecho, cierta compañía creó por entonces un eslogan de impacto por contraste para su nueva campaña publicitaria, que rezaba: “Los mata bien muertos”)… Estaba visto que aquello solo podía acabar en los tribunales.


ENJUICIAMIENTO

La magistrada ponente no veía claro el asunto. Ella usaba el antimosquitos de marras en su casa sin problema alguno, pero también era cierto que había dado por supuesta la muerte de los condenados chupasangres, y resultaba que no, que los mismos debían ser espantados noche tras noche. El abogado defensor esgrimió un argumento que a todos haría reflexionar en la intimidad de sus camas, a oscuras, los ojos bien abiertos:

—A todos aquellos ávidos de muerte… y nunca sospeché que nuestra sociedad se mostrase tan cruel… les encantará saber que, a la larga, los mosquitos morían finalmente de sed, irritación y agotamiento. ¡Ahora estarán contentos!

Ello conllevó que nutridos grupos de personas se manifestasen con pancartas de papel estraza a las puertas del juzgado, gritando “¡Sádicos!” y “¡Torturadoreeees!” (esto último proferido, sobre todo, por una señora obesa de perenne y florido caftán, quien levantando el cuello y agitando su tronco espasmódicamente, berreaba cada día con una claridad y potencia ciertamente turbadoras, aferrada con sus deditos a las vallas metálicas de protección). Así las cosas, hubo quien no pudo seguir usando el artilugio debido a las pesadillas generadas por su mala conciencia, y en las iglesias muchos cirios fueron consumidos lentamente, conmemorando el padecimiento de toda una especie.

La Asociación Nacional de Fabricantes de Insecticidas (ANFI), presentándose como acusación particular, fue la que más metió el dedo en la llaga. Su representante en el juicio, don Adelino Burjasot, moviéndose por el estrado con la gracia y parsimonia de un gallo, les acusó de estafadores. Violenta y teatralmente estrelló contra el suelo un recambio del producto. Instintivamente, con una exclamación ahogada, todo el mundo se echó hacia atrás en su silla o se cubrió la cara con el dorso de una mano. Entonces, extendiendo su enjuto dedo índice, clamó con inquisitorial voz:

—¡Esto es lo que respiran sus hijos por las noches!

Se lograba un efecto magnífico mostrándose muy agresivo hasta la palabra “respiran”, para después quebrar algo la voz, cargándola de una emotividad contenida, a partir de “sus” hasta el final de la frase, y el experimentado don Adelino conocía todos los resortes del alma: no en vano había trabajado durante 25 años como vendedor de enciclopedias a puerta fría, antes de estudiar Derecho por la universidad a distancia.

Largas deliberaciones, pobladas por contradictorios sentimientos, martirizaron a los magistrados día sí y día también, en el que sin duda fue el caso más complicado de sus dilatadas carreras funcionariales.

Pero mientras, en la calle, ya se esperaba un fallo perjudicial para los comercializadores del dispositivo. Don Adelino, padre de seis criaturas, compró por precaución un montón de aparatos para seguir usándolos cuando los retirasen del mercado (la línea de acusación de la ANFI y lo de la muerte de los mosquitos le pareció siempre una soberana tontería).

Finalmente, la justicia habló. Considerando que en la caja aparece la simpática silueta de un mosquito atravesado por la conocida señal de prohibición, y dado que no se indica específicamente la cualidad de mero repelente químico del compuesto evaporable, debemos condenar y condenamos a los acusados a rediseñar los embalajes y las instrucciones del antimosquitos, dejando en lo sucesivo meridianamente claros su naturaleza y fines. Firmamos y rubricamos: Celia María Briones Valdez, Bartolo de Sasso y Ferrato, y Damián de las Heras Alcacide.

Aunque la sentencia fue cumplida escrupulosamente, los meses siguientes evidenciaron que el daño infligido a la imagen de marca había sido devastador. Las ventas sufrieron bruscos descensos consecutivos que dieron al traste con el negocio. Ahora, madres de familia y tiernos infantes exigían insecticidas letales que exhibiesen en la etiqueta insectos posando al lado de bombas con la mecha prendida y una calavera pintada en su interior, mosquitos aplastados por la suela de un zapato, estallando en pedazos o sentados patéticamente en sillas eléctricas.

Mitigado el dolor por el éxito alcanzado hasta entonces, los padres de la criatura herida de muerte decidieron poner fin a su asociación mercantil.

Arturo P. derivó hacia la industria hidráulica y de la elevación, alcanzando a la postre gloria y reconocimiento como el artífice de la famosa plaquita metálica que advierte en los ascensores de todo el país: “PRECAUCIÓN. NO SE ACERQUEN A LA ENTRADA. IMPIDAN QUE LOS NIÑOS VIAJEN SOLOS”, más conocida por su texto alterado “PRECAUCIÓN. CERQUEN LA ENTRADA. PIDAN QUE LOS NIÑOS V AJEN SOLOS”.


REVELACIÓN

Por su lado, nuestro gerente, sobrepasado por las circunstancias, poco después cogió su coche y condujo sin destino, cada vez más lejos de la gente, de mujeres con caftanes y agresivos juristas. Debía aclarar su mente, dilucidar su norte. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿A qué dedicar sus energías? Se adentró en el desierto marchando erráticamente durante varias horas, llevado por un extraño frenesí. Finalmente bajó del coche, dio un par de vueltas alrededor del vehículo y, envuelto en arenisca, aulló con la fuerza reprimida de muchos meses:

—¡¡¡ME CAGO EN ROOOOOOOSSSS!!!

(A miles de kilómetros de ese lugar, un joven hombre llamado Ross Perot cayó redondo en su rancho, con las manos en las orejas, aquejado de un insoportable pitido auditivo. Cuando le ayudaron a levantarse de nuevo, supo que tenía una misión en la vida).

Cansado y sediento, abrió el maletero del coche: nada de agua. Volviéndose al cielo con los ojos fuertemente cerrados, se lamentó:

—¡Señor! ¿Qué más quieres de mí?

¡Pap! Algo cayó sobre su hombro derecho. Una cagada de ave. Quitándose la camisa con furia, reparó en un cuervo que lo observaba tranquilamente desde el techo del coche, cerca de la antena.

—¿¡Serás…!?

¡Pap! Otro indolente regalito, esta vez sobre el parabrisas, hizo al desafortunado viajero presa de una gran angustia. Enrolló la camisa para propinar un soberano zurriagazo al ave, pero justo entonces sus miradas volvieron a cruzarse. No era normal que un cuervo tuviera esa cara de estar de vuelta de todo, ese gesto despótico y condescendiente.

—Me construirás un templo —graznó.

—¿Eh? ¿Qué?

—¡Un templo!

Transcurrieron unos segundos que se hicieron eternos bajo el sol ardiente y sobre la ígnea arena (aunque lo cierto es que el día ya se estaba nublando un poco).

—¿No sabes lo que es un templo?

—No, si es que…

—¿Tú eres tonto?

Otros latidos de corazón más se escurrieron por su vida como si nada.

—A ver, es que no…

—Tú hazlo, carajo.

Y tras hablar así, alzó el vuelo de repente.

Aunque confundido, su lado comercial tomó la palabra y gritó:

—¡Un templo aquí no daría suficiente dinero!

Y enseguida apostilló:

—¿¡Qué tal un… parque de atracciones!?

El cuervo, todavía visible en las alturas, graznó dos veces. Eso, como en las películas de discapacitados que se expresan con parpadeos de ojos (uno para negar, dos para afirmar), solo podía suponer una respuesta positiva.

De camino a su ciudad, sumido en un trance casi hipnótico, se iba animando cada vez más. Le estaba encantando la idea... Un lugar de recreo que acogería a toda la familia tanto como a espíritus solitarios, con una amplia y peculiar gama de servicios disponible. Pero, ¿era víctima de una afortunada alucinación o todo había sucedido realmente? En cualquier caso, ya estaba decidido. Tendría que buscar más socios para hacer posible un proyecto de tal envergadura, nunca mejor dicho. Y realmente, se preguntó, ¿qué sabía él de parques de atracciones?

Cinco horas después, detuvo el coche delante de la biblioteca municipal. Se encaminó raudo a la sección rotulada con la letra A, hasta encontrar un apartado titulado “Atracciones, parques de”. Escogiendo varios voluminosos libros para empezar, enfiló con decisión hacia el puesto de la bibliotecaria, una lánguida y dulce señorita de huidizas miradas rubias, posándolos pesadamente sobre el mostrador.

—Va a tener que darme los datos para hacerle un carné, si quiere llevarse esos libros —dijo ella, sin dejar de ordenar unas fichas.

Aún tocado e iluminado por la gracia sobrenatural que lo acompañaba, supo ver en esa bibliotecaria que tan fríamente se dirigía a él a una interesante y atractiva mujer, con la que a buen seguro podría entenderse. Pletórico de confianza y armónico hasta decir basta, le propuso con entusiasmo:

—¿Quieres que te muestre un gran parque de atracciones para grandes y chicos que aún tengo solo en mente, pero que sin duda voy a construir algún día?

Ella lo miró por encima de las gafas con la boca entreabierta. Vio a un tipo bastante acelerado cubierto de polvo, con la camisa cagada por una paloma y sudando como un condenado. Observándolo de abajo a arriba, reparó en que llevaba desabrochados varios botones que dejaban entrever buena parte de su anatomía. Cuando se fijó en su cara, era un espíritu fuerte y aún joven quien le sonreía, rezumando ilusiones y una alocada complicidad.

Respondió casi sin darse cuenta, sonriendo con convicción.

—Sí, quiero.

29 de febrero de 2008

Acertijos, acertijos,.... ¡¡ACERTIJOS!!

'Triste conguito alienígena'

'Me-lla-mo-Ha-na-ko'

Cuervolandiaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

Su mente estaba obcecada... Sabía que la solución a sus anhelos se encontraba tras este maldito enigma. No podía quitárselo de la mente, tan cerca, ¡¡TAN CERCA!!. Si lo averiguase, si diese con la fuente del misterio, por fin podría descansar.

Pero por más vueltas que Irving Quintanaurría, Investigador de lo Oculto, le daba al tema, siempre llegaba a la misma conclusión:

- Los muñecos de nieve no hablan, maldita sea!!

Siempre que preguntaba a otros afamados investigadores, le contestaban de la misma manera. Opinaban lo mismo... pero para él no era suficiente.

- ¿Es que la parapsicología se ha estancado?
- No, Irving, no, no nos hemos estancado, es que te centras en objetos de estudio sin interés... Los muñecos de nieve no hablan.

Parecía que todo un proyecto de vida comenzaba a desmoronarse. Parecía que la culpa de todo era suya, y que se centraba en cuestiones absurdas. "Pobres ineptos estancados viviendo del cuento... ¡¡Hay mucho en juego!!"

No podía claudicar. Sospechaba que algo más importante que sus propias aspiraciones personales estaba en peligro. No podía ser mera casualidad, y él lo sabía. Debía poner todo su empeño en preservar Cuervolandia. Y en su mano estaba una de las claves que podían ponerla a salvo de sus terribles sospechas. Tan sólo tenía que dar respuesta a esa maldita pregunta que parecía repetirse desde hacía años, en su mente, en sus sueños, y cuando formaba frases con las letras de su "sopa de letras", ese espesito manjar que servían en el cuervorrestaurante a la temperatura idónea de 9 grados centígrados....

¿QUÉ LE DICE UN MUÑECO DE NIEVE A OTRO?

Aviso: No dejen sueltos a sus hámsters, los cuervos podrían alimentarse de ellos accidentalmente.

30 de enero de 2008

In Extremis

'Jujunia'

'Transmigración a la alamedilla'


Hemeroteca del Archivo Real de Chitril. Cuervonews, edición Chitril Nº 4, 14 de septiembre de 2002. Crónica de Sucesos:
Cunde el Pánico en un Comercio de la Capital: Una peligrosa mujer provoca estragos anímicos entre la clientela y el personal.

Nada hacía sospechar a la ciudadanía de esta tranquila ciudad lo que estaba a punto de suceder. A las 12:01 de ayer viernes día 13, en un céntrico supermercado de Chitril City, una mujer cuyas iniciales son L.M.A.G. irrumpió en un Supermercado del centro provocando el pánico. Los testigos conmocionados solo podían huir y arrinconarse entre los estantes de yogures y la sección de líquidos, hasta la intervención de los agentes del orden.

Todo parecía en calma, pero de súbito, por la puerta cercana a la cola de la caja número 2, L.M.A.G. cargó contra la población profiriendo sendos “OS QUIERO”, así como también dar saltos de alegría y abrazos a todo aquel que no era capaz de apartarse. Este holocausto de felicidad no se había conocido en los supermercados de la capital en toda la historia de Chitril.

Un testigo nos cuenta: “Fue horrible. Yo me encontraba justo aquí, en la sección de congelados, cuando de repente ella salió como de la nada y ya nos encontrábamos todos sollozando en el suelo. Los vigilantes de seguridad privada nada pudieron hacer… se derrumbaron al instante”.

El Real Cuerpo de Psiquiatras está aún interviniendo para reducir al mínimo las secuelas psicológicas de los afectados. El internacionalmente afamado Doctor Lupiáñez ha sido convocado de urgencia por Su Majestad para hacerse cargo de la coordinación psiquiátrica del caso. En propias palabras de Lupiáñez, “la intervención en crisis es fundamental para evitar males mayores, pero lamentablemente, en algunos de estos casos, las secuelas no desaparecerán nunca… el trauma ha sido demoledor…”

En la mente del Crimen:

Lupiáñez no ha querido hacer declaraciones al respecto de la mente criminal de L.M.A.G, la cual ha sido ingresada en prisión psiquiátrica preventiva. Al parecer los antecedentes conflictivos de esta mujer se remontan a su infancia. Criada en el seno de una peligrosa familia de lectores, planteó muchos problemas en su colegio por negarse a copiar en los exámenes y por insistir en compartir su merienda con los compañeros.

Años más tarde, abandonó sus estudios universitarios por los conflictos de convivencia que asiduamente protagonizaba. Siempre saludaba a compañeros y profesores indiscriminadamente, lo cual alteraba la armonía de las clases… Su vida profesional tampoco ha estado exenta de conflictos, habiendo sido despedida de sucesivos trabajos por su molesta simpatía.

Las autoridades no se lo explican. Han prometido aplicar un juicio rápido y ejemplar, para prevenir futuros casos descontrolados como este.

26 de diciembre de 2007

Navidad en Cuervolandia

'¡¡No habría Navidad sin vuestra buena voluntad!!'


Paco el arlequín, metió su pluma en el tintero de cristal. Cogió su mandolina y sentado debajo del arbol navideño empezó a cantar su ya tradicional canción de navidad.

Navidad en Cuervolandia

¿Qué es lo que graznan al viento los cuervos?
¿Por qué ríen tanto las hienas y perros?
¿Quién hace cantar al búho en su nido?
¿Cómo croa el sapo en fa sostenido?
¿Cuál es el motivo de tanta alegría?
¿A qué tanto gozo en la estepa fría?
Una luz señala en valles y cerros
un singular parque que está en Los Monegros.
Allí todos ríen, allí todos cantan,
beben cuervofrutas de color naranja.
Los niños y padres contentos están
jugando con la nieve que es de porexpán.
El árbol este año está impresionante
su tono negruzco es hasta elegante.
Los cuervos de nuevo se han esmerado
de pardos y ocres lo han adornado
de sus ramas cuelgan regalos sorpresa
pipas de goma, algún matasuegras,
serpentinas, confetti y cuervoviseras.
Mas de repente el silencio se hizo
algo impresionante por el cielo vino,
Era Santa Claus, rojo en su trineo
venía del norte por el Pirineo
Se paró en el parque y tanto disfrutó
que quiso quedarse hasta más de las dos
Los gerentes en persona tuvieron que salir
a decirle a Santa que saliera a repartir
Felices fiestas a todos
cantad villancicos
hablad por los codos
bailad en las discos
aullad como lobos,
bebed marrasquino
Comed conejo y perdiz
Los Gerentes
os desean
Navidad
Feliz

1 de diciembre de 2007

Relato al alimón de los gerentes - Especial Aniversario

'¿Solo una velita de cumpleaños para soplar?'

'Amado público'


¡Nuevo relato-colmena! ¡Nuevo vídeo imprescindible! ¡Nueva encuesta! ¡Nueva galería de iconos! ¡Nuevo perfil! ¡Cumplimos un añito y estamos que nos salimos! Compartir este cuervorincón con Uds. es todo un regalo para nosotros.

Además, si todo va bien, próximamente se abrirá la posibilidad de incorporar al blog relatos de gerentes en el exilio (Ustedes). ¿El espíritu de Cuervolandia enturbia sus sueños? ¿Cree que tiene algo que contar en la línea a la que les hemos malacostumbrado? Pues pronto abordaremos el tema debidamente. Pero tampoco vayan a temer por una posible escasez de ideas... Les garantizamos que aún queda mucho parque por explorar.

Todos los años, en una fecha determinada, los gerentes se reúnen enfrente de la estatua de Milli Vanilli y se ponen a reflexionar, no tienen hora prefijada, pero les gusta más por la noche, cuando todo el mundo se ha ido y se empiezan a apagar las luces del recinto; es entonces cuando cada uno enciende las velas previamente compradas en la tienda cercana y sentados a los pies, ora de Milli ora de Vanilli, comienzan sus extraños parlamentos.

- ¿Habéis oído la tercera sinfonía de Sibelius?, el cuarto movimiento es sencillamente transgresor, deberíamos comprar los derechos e intentar comercializarla como politono de teléfonos móviles.

-No, no empecemos como el año pasado, ya hemos comercializado doce acordes del Opus 84 de Mahler como bocina de coches tuneados y no ha salido nada bien... Ya leíste el informe de Cubero.

-¿Quién nos iba a decir que este año se iba a llevar Bela Bartok? Pero la idea era buena, que conste.

-Tenemos que hacer castings para el nuevo fakir mientras Pashnavi está de baja, o buscar algún otro número menos peligroso, quizá un lanzador de hortalizas... Ya lo veo, ¡¡¡rábanos!!

Todos murmuraron admiradas aprobaciones......

- Bueno, ¿tenéis pensada alguna idea para hacer el especial aniversario?

- A mí me gustó el discurso del año pasado, lo mismo cuela... Ya sabes, la gente con el tiempo se suele olvidar de las cosas.

- ¿Pero qué te crees, que nuestros clientes tragan con lo que sea? Déjate de rollos y les ponemos el de hace dos años.

- En cualquier caso, este año tenemos que ir a por todas. A todo esto, ya he pasado al departamento de desarrollo multimedia el encargo del nuevo arcipreste. Ya conocéis mi opinión sobre los intentos de injerencias eclesiásticas en el diseño de los cuervoproductos, pero creo que este no es el caso...

- El nuevo arcipreste nunca lo haría. Es un tipo muy claro a la hora de establecer condiciones.

- Además, el otro día insinuó su intención de organizar las semanas de formación para su equipo de catequistas en el cuervo-hotel. Puede ser un gran cliente.

- Está claro. Yo por si acaso le he dado línea directa con Oswaldo Salvadórez, el jefe de desarrollo multimedia, para que le transmita exactamente lo que quiere...

Todos volvieron a murmurar admiradas aprobaciones...... Pero entre las sombras de las herrumbrosas atracciones, una figura agazapada tras un cuervo de corchopán acecha en silencio, esperando el momento de darse a conocer. Ha sido paciente mucho tiempo, viendo cómo un grupo de genios visionarios hacían realidad su sueño. Ha visto crecer el parque desde que se puso la primera piedra, y lleva tanto tiempo en él, conviviendo con la esencia pura del parque, alimentándose de restos de cuervoñigos y botes semivacíos de cuervofrutas abandonados por los visitantes, que ya no recuerda su pasado en el desierto de los Monegros sin recorrer sus instalaciones en la noche. Hechizado por su magnificencia, bailando a la luz de las estrellas y las casi fundidas luces de seguridad... El parque crea criaturas que la conciencia de los seres diurnos no puede concebir. Pronto, muy pronto, llegará el momento de revelarse.

Mientras tanto, al otro lado del parque, en el departamento de desarrollo multimedia, una voz habla diligente por teléfono:

- Sí señor arcipreste, cómo no señor arcipreste, es pan comido, señor arcipreste... ya tengo a los creativos de sonido introduciendo los arreglos casiotone justo al final del aria... Sí, sí, justo cuando la soprano ensalza el vino que escurre por las barbas de Abraham... No se preocupe, déjelo de nuestras manos. Buenas noches, señor arcipreste.

Tras colgar el teléfono, pega un sorbo a su taza en forma de torre de Pisa. Es un tanto incómodo beber en una taza inclinada, pero tiene tanto encanto... tan solo hay que tratar de que no se vierta ni una gota del delicioso elixir de zarzaparrilla. Imbuido en la degustación durante unos instantes, casi olvida que han llamado a la puerta de su despacho mientras hablaba por teléfono.

- Pase, por favor.

- Señor Salvadórez, lo hemos logrado. Tenemos finalizado el proyecto. Y las primeras pruebas son un éxito: "Petanca para Play Station 3" es una realidad.

- Buen trabajo, Programador. Estoy orgulloso de usted y de su equipo. Ahora mismo llamo a la gerencia para comunicarles que lo hemos vuelto a lograr.

Salvadórez se congratula mentalmente y hace amago de coger el teléfono, pero su visión periférica le indica que la triste figurilla del Programador jefe sigue ahí, exactamente en el mismo sitio en que se desentendió de ella hace ya 4 segundos. Toca sonrisa forzada.

- ¿Algo más...?

- Mmm. Ggg.

- ¿Sí? -Si Salvadórez hubiera podido dar a su fina sonrisa tan solo un ángulo más de amplitud, se le hubiera descorsetado la piel de la cara por completo.

- Mmmasí es, otro éxito, pero... Es que ya no hay retos. Quiero decir, es otro triunfo más que añadir a una larga lista... Como que demasiado larga ya, ¿verdad? Con su abultado y monótono beneficio económico... ¿sabe lo que quiero decir?

El Sr. Salvadórez guarda silencio durante un instante, frunce los labios, vuelve a sonreír y con expresión suplicante contesta:

- No.

- Mire, déjelo, ¿vale? Quiero decir que da igual, ¿vale? Si hay que seguir haciendo esto, se hace... ¿Entiende lo que quiero decir, no?

La puerta se cierra y Salvadórez traga saliva. ¿De qué se supone que iba esto? ¿Tenía algo de lo que quejarse el jipillo pálido de barbita y pantalones colgones este? ¿Quiere más pasta el tío o qué? ¿Qué problema tiene la tripa que se le ha roto? “Puto friki, hombre por Dios. Si tiene la mesa del ordenador llena de gusanitos y tebeos chinos de esos de rol”.

Acto seguido, coge el teléfono y acciona compulsivamente el mecanismo de colgado.

- ¿Operadora? ¡Operadora! Con Gerencia. Nononono, no puedo esperar. Esto es algo para anteayer.

Mientras maldice el brevísimo fragmento musical de György Ligeti que metálica e incesantemente se repite durante su espera, su mandíbula se tensa al posar la vista sobre la torre de Pisa derrumbada sobre el suelo, a su lado: se le ha roto un trocito del borde superior.

La puerta se cierra, y en el exterior el Programador jefe escupe hacia el jardín. “Este fulano no se entera. Creamos maravilla tras maravilla sin parar, pero tanto éxito y tanto buen rollo ya aburren, no nos llenan ni a mí ni a mi equipo. ¿Petanca para la PS3? ¡Ja! ¿Cuándo nos encargarán algún trabajo realmente rompedor? Por ejemplo, si quisieran podríamos desarrollar el “Gua Wii Royal Championship”, pero nooooo. Eso no, no lo aprobarían jamás, claro. Es demasiado comercial, dirían. No es nuestro público, dirían”.

- Ggg. ¡Pues yo digo que me peto en sus gustos de marronazo! -aulló, explotando en lágrimas.

Sin embargo, parece que este osado desafío lanzado al silencio nocturno no es escuchado por nadie. ¿Por nadie? ¡No! La torturada figura que espía ladinamente desde la penumbra de los ángulos muertos de Cuervolandia, emitiendo un casi inaudible gemido al respirar, gorgotea de placer cuando piensa que al fin ha encontrado un ente insatisfecho de alguna manera con el parque (el primero en toda su historia), y que podrá utilizar su creciente rencor para tomar dulce posesión de una mente y un cuerpo algo menos débiles que los actuales. Además, utilizando la influencia que ese niñato rico ostenta en el organigrama del parque, logrará hacer de Cuervolandia en poco tiempo algo mucho más perfecto, hipnótico y obsesionante. “Nadie debería de seguir creciendo tras conocer Cuervolandia. Nadie debería dejar de perderse en sus avenidas y callejuelas gitanas. Nadie debería volver a salir nunca de la pachorra de su empalagoso hechizo. Todos me acompañarán en mi dulce condena... y jamás volveré a sentirme sola”. Sus manos enmitonadas y temblorosas -no sabría decir si de angustia o rabia- enjugan las lágrimas que resbalan desde unos ojillos sucios y oblicuos.

* * * * *

- Debo hablar urgentemente con el Sr. Arcipreste -se dirigió a Secretaría un hombre maduro y algo fondón de paso decidido.

- Lamento comunicarle que va a resultar de todo punto imposible -respondió desde detrás del mostrador una niña de mirada vivaz mientras desenvolvía un Burmar Flax-. Le insto, por otro lado, a que no desista y reitere su petición a las 13:30 horas de la próxima jornada.

- Mira, nena, no tengo tiempo para tont...

- Martes a las 17:15 horas -tachó y corrigió en una libretilla.

- Vamos a ver, ¿eh? Yo es que soy el concejal en jefe de la viceportavocía primera del...

- Miércoles a las 9:45 horas -concluyó seca y desafiante, arrancando un papel de la libreta y exhibiendo malhumorada su golosina.

- De acuerdo -espetó secamente el concejal en jefe de la viceportavocía primera del... -. De acuerdo.

Ella observó complacida cómo el hombre se sonrojaba para desaparecer por la puerta principal y, colocando la barra helada en el lapicero de las Bratz que tenía a su lado, contestó el teléfono por enésima vez ese día con un tonillo casi automático:

- Secretaría arciprestal, ¿digamé? No, por el momento solo es posible rellenar la instancia para solicitar audiencia. Ah, no, no es nuestra política enviarla, pero podrá acercarse a la Secretaría para su cumplimentación. Así es, últimamente se encuentra aún más ocupado de lo habitual. Sí... Claro, claro... Mañana a partir de las... 16:45 horas.

Por su parte, el arcipreste quería dejar claro que con él las cosas no iban a ser como con el calzonazos de su predecesor. Era mejor ir dejando todo y a todos en su sitio desde ya: que fueran captando la onda y acostumbrándose a las revolucionarias novedades que pretendía -e iba, con la ayuda de Dios- a implementar.

Para empezar, planeaba que la nueva hornada de catequistas, la primera de su cosecha, desarrollase sus aptitudes en el aislamiento del cuervohotel ubicado en medio del desierto.

Durante varias semanas, se encargaría personalmente de nutrir sus cerebros vírgenes con las enseñanzas necesarias para desarrollar en el futuro próximo sus labores del modo en que debe hacerse, y no como el arcipreste anterior, que “ni hacía ni deshacía ni pinchaba ni cortaba. ¡Un hombre sin personalidad, sin garra, sin secretaria!. Una pena” -negaba con la cabeza en la soledad de su habitáculo, lamentándose.

Cuando se irritaba así, se le daba por hablar solo, hasta el punto de que muchas veces la secretaria no pasaba por temor a interrumpir alguna conversación.

- Pero tiene buena pinta este catálogo del... ¿cómo se llama? Cuervolandia... Puede que la suite “Chorros de oro de Alsacia y Lorena” fuese un lugar al cual pudiéramos adaptarnos para iniciar las charlas con un cierto aquel de seriedad, de decencia... Sssí, ¡decidido!

¡Bzzzzz! El arcipreste pulsó, contrariado, un botón del aparatito que acababa de zumbar sobre su mesa.

- ¡AMP!

- SPC. ¿Tendría hoy a última hora de la tarde un momentito para recibir al Padre Josefo, 89 años, misionero en la Antártida, que se encuentra por aquí de paso con motivo de una peregrinación y que le tributa rendida admiración? Le sangran las rodillas -Ahora se notaba que estaba mascando un chicle.

- Athanasía... ¡¿Es que no ve que estoy ocupado?!

Volvió a apretar el botón con brusquedad y se mordió el dedo índice de la mano derecha, permaneciendo inmóvil y en silencio un buen rato.

- ¡Nadie se da cuenta de que estoy ocupado! -sollozó-.

17 de noviembre de 2007

Va por Uds.

'Cuervolandia, Desierto de los Monegros... España'


En señal de duelo, claro.

El 1 de diciembre es nuestro aniversario / y no sabemos si besarnos en la cara o en los labios.

Prepárense.

20 de octubre de 2007

PACO EL ARLEQUÍN

'enSoniaDora'

'Petrucio'

Cuervolandiaaaaaaaaaaaaaaaaaa

Sentado en la silla giratoria de la cafetería de una gasolinera de una carretera del desierto de los Monegros, Francisco Horcajuelo Páez apuraba el solysombra cuyo importe sufragaban sus recientes ganancias en la tragaperras de CIRSA, que castigaba las orejas de los demás pasajeros del autobús a Cuervolandia con esa versión carrillonesca del "Baile de los Pajaritos" de la inefable Mª Jesús y su Acordeón.

Cual personaje de Proust, el sabor del solysombra, amargo de entrada y con retrogusto pegajoso, hizo que de repente Francisco se acordara de su primera comunión, el día más feliz de su vida, en el que vestido por vez primera de alférez de marina, abría los regalos. Se acuerda de un boli con reloj digital incorporado, maravilla de la técnica, y de unas zapatillas de deportes grises marca TIANG, aunque él hubiera preferido unas Paredes. El tercer regalo venía envuelto en un papel de colores chirriantes: allí estaba, parecía un libro, pero no lo era; era un diario, tenía dos cierres dorados y un candadito con unas minúsculas llaves, pero lo que más le llamó la atención fue la portada del diario, en ella había dibujados una luna turca y apoyado en ella una figura que impactó profundamente al pequeño Paco, un Arlequín, cara blanca y melancólica, una delgadez extrema y ese sombrero y maillot que le daban un aspecto divertido y triste al mismo tiempo.

Una lágrima asomó a los ojos de Paco, tomó otro trago de Solysombra y siguió su evocación.
Esta vez, se acordó de sus tiempos de legionario en el Tercio Duque de Alba, condecorado en los paracas; ya había desarrollado su afición al solysombra, lucía en su cara patillas anchas de boca de hacha, en sus bíceps tatuajes marciales de calaveras, corazones ardiendo y al lado del corazón unos rombos misteriosos que a nadie quiso explicar. Paco se acordó del día en que el Sargento legionario le pilló una noche vestido de Arlequín, lánguido, mirando la luna ceutí y escribiendo en su diario con una pluma de ave poesías de amor que nunca sabremos.

Otra lágrima, otro sorbo.
Paco se acordó de la prisión militar, de la oscura celda de aislamiento, de la frase exacta de Lupiáñez, el Psicólogo penitenciario: "Amigo Horcajuelo, lo que tiene Ud. es un extraño fenómeno de doble personalidad, no está contento con su vida y acude en su subconsciente al personaje que reconfortó su infancia para hacer frente a problemas que Ud. es incapaz de resolver. Ahora es Ud. el que tiene que decidir lo que quiere ser".

Sorbo final.

Megafonía: "Pasajeros con destino a Cuervolandia, tienen el autobús situado en la dársena cinco".
Paco el Arlequín se corrigió el maquillaje, pagó la cuenta, recogió su sombrero y su mandolina y se fue al autobús.


"El secreto de un Buen tragasables está en saber dónde parar"
Scdhlinder Pashnavi, "Memorias de un Fakir"

25 de septiembre de 2007

Historia de un gerente (II)

'Elpepiput, sátrapa'

'Susórdenes, mi capital'


Sirviéndose de los escasos ahorros reunidos durante su truncada etapa laboral, se refugió en una pensión, abatido al considerarse culpable de que los juguetes no se vendieran debidamente. Él había dado lo mejor de sí mismo diseñando las cajas de Marisita, la medusa risueña, o Bárbara, la adorable anchoa de peluche; pero de poco había servido todo el esfuerzo volcado en su labor, y lo mismo podía decirse de los avances tecnológicos en los que la empresa había destacado como una de las pioneras. Durante largas semanas se encerró en sí mismo, cuestionándose qué buscaba en la vida y a qué deseaba dedicar realmente sus energías. ¿Es que acaso no valía para ese trabajo?

En esa época, todas las noches se acostaba atrincherándose bajo las sábanas, acosado por el irritante zumbido de los mosquitos que regentaban la pensión, y todos los días se despertaba rascándose las hinchazones de sus manos, brazos o pies. De nada valía el uso, antes de dormir, de molestos espráis que, o bien casi asfixiaban a uno más que a los propios insectos, o simplemente no eran eficaces. Impotente y temeroso ante la ineluctable condena nocturna, casi siempre tardaba en conciliar el sueño hasta que al final caía rendido, asiendo casi con orgullo la pala matamoscas cual simbólico pendón militar, para resultar invariablemente acribillado por tan indeseables compañeros de cama. Las trampas eléctricas tampoco se revelaron eficaces, por entonces muy peligrosas para la seguridad y tan ruidosas como hoy en día; por no hablar de las mosquiteras, en las que varias veces llegó a quedar enredado con los insectos en el interior, gimiendo y condenándose hasta el agotamiento.

Muchas noches se quedó dormido pensando en cuál sería el método perfecto para deshacerse de esas agudas y sedientas trompetas. Hasta que un día, además de con granos, despertó con la respuesta. Pues claro que sí. Y, o mucho se equivocaba, o a nadie se le había ocurrido todavía.

Gracias a sus conocimientos de química y a las experiencias adquiridas en su anterior empleo, amén de largas sesiones dedicadas al estudio de sus recalcitrantes antagonistas (pues no hay enemigo pequeño), patentó una fórmula e ideó un artilugio muy bien fundamentado. No tardó en contactar con Arturo P., un antiguo compañero de la fábrica de juguetes, para que supervisara los aspectos técnicos de la manufactura y montaje. Este enseguida se entusiasmó con la idea, pues también sufría el tormento mosquitil desde pequeño; su sangre era tan dulce que todas las dípteras se cebaban en su piel, según decía, destilando tal afirmación un trágico orgullo.

—La mía es más dulce que la tuya —insistía, con semblante de resignado bribón—.

Convencidos como estaban del éxito de su proyecto, unieron recursos y confiaron su idea a una empresa de matamoscas novel, hoy ya extinta. Fueron los primeros en sacar al mercado un antimosquitos eléctrico con pastillas de recambio. Era algo revolucionario y moderno: lo enchufabas y te olvidabas, despedía un suave olor a pachulí, podías dejar las ventanas abiertas e incluso la luz encendida, no se oía ni un zumbido durante toda la noche…

El éxito fue fulgurante, aunque sus competidores tardaron en reaccionar. Al principio se rieron de la idea para luego mostrarse nerviosamente escépticos y, cuando finalmente quisieron lanzar un producto similar, se dieron cuenta de que no estaban preparados para alterar tan drásticamente sus tradicionales enfoques ni las cadenas de montaje, por lo que se limitaron a copiar. Pero aun así no fue fácil, y encontrar un principio activo similar parecía imposible. En decenas de despachos se dieron puñetazos o escupió saliva al exigir resultados, y por toda la nación rodaron las cabezas de muchos ingenieros químicos.

Mientras, los exitosos directores del proyecto perfeccionaron el aparato a la par que sus prestaciones, incorporando útiles detalles que a nadie más se le ocurrían, a pesar de parecer obvios cuando se ponían a la venta en supermercados y droguerías. También introdujeron el primer depósito líquido, en sustitución de las ya anticuadas pastillas. A meses luz de sus imitadores, se hicieron ricos en apenas unos años, contribuyendo a ello decisivamente la patente que poseía el creador sobre la fórmula inicial.

Los embalajes utilizados para contener el ingenio fueron asimismo diseñados por él, popularizándose enseguida el símbolo del mosquito risueño atravesado por una barra roja transversal, como en la conocida señal de tráfico que establecía prohibición.

¡Qué satisfacción volver a casa de sus padres un lustro después, en una furgoneta cargada a rebosar con cajas de antimosquitos! No había vuelto a saber de ellos desde sus comienzos en la fábrica de juguetes.

Descubrieron avergonzados que, como la mayoría, también usaban el invento de su hijo, el cual tenían repartido por toda la casa. Tanto se alegraron de volver a verle, que no podían dejar de llorar a causa del gozo y el orgullo.

Pero cuando su madre lo miraba cariñosamente, él se daba cuenta de que en esos ojos palpitaba aún cierta tristeza por la vida que, antaño, tan inopinadamente había frustrado como Responsable en jefe o Investigador de área senior del Departamento Técnico y de Catalogación Archivística de la biblioteca municipal de alguna destacada ciudad de nombre compuesto. “No pudo ser”, pensó ella conteniendo la emoción, y luego volvió a abrazar a su hijito con locura mientras sonreía.

4 de septiembre de 2007

Valentín Schlinder Pashnavi?

'Muerte por hipoteca 700984821'


'Don't walk'

-Pase, pase...

El doctor Lupiáñez activó el metrónomo, encendió un cigarrillo, dio una calada y lo apagó con vehemencia en un cenicero triangular. Sacó su bloc de notas y tras invitar a tumbarse en el diván al caballero hindú que acababa de entrar, se situó tras su cráneo e inició el siguiente diálogo:

-Cuénteme su historia Sr. Schlinder- Pashnavi.

-Verá doctor. Por primera vez en mi vida me encuentro desnortado, perdido, no hallo reposo en la meditación, no encuentro sosiego en el ayuno, no sé cuánto podré seguir así..., La verdad no sé por dónde empezar a contarle.....

- Tenemos tiempo, empiece por el principio ¿Por qué decidió ser Fakir?

-La pregunta es ¿Cómo puede alguien no querer ser Fakir? Sí doctor, el control absoluto del cuerpo por la mente, el dominio del dolor, la cercanía a la iluminación a través del desapego físico, esa fue mi razón de ser,... mi razón de ser hasta ahora... Claro.

-¿Cómo llegó a controlar el dolor?

-Doctor, yo no controlo el dolor, el dolor existe por sí mismo, surge en cualquier esquina, no hace falta clavarse nada para sentirlo, el dolor somos nosotros, está en nuestra esencia. Yo sólo aprendí a convivir con él, desde que mi padre me dio de comer mi primera bombilla, desde que empecé a actuar en el circo de mi abuelo clavándome agujas en las manos y la lengua a mis tiernos siete años. Todos los días en mi camita de clavos soñaba con el día de actuar en un lugar con clase, un lugar como Cuervolandia, con su atracción de Mondo Egypto, en la que yo era la estrella...

-Ahá... (dijo el doctor Lupiáñez, arqueando una ceja y apuntando frenéticamente en su pequeño bloc de notas sus últimas impresiones "posible trauma infantil").

-Mi pasión por el dolor se fue sofisticando más a base de trabajo y esfuerzo, llegué a ver de corrido infumables producciones de dieciséis horas de metraje premiadas en el festival de Sundance, ir a clases de derecho romano e internacional privado a las ocho de la mañana y estudiar las asignaturas sin estar matriculado siquiera, no pagué dos años de Hacienda, sólo para ver cómo me embargaban todos mis bienes, sólo por el placer de buscar la perfección en el dolor, el dolor, DOLOOR, DOLOOOOOOOR, ¡DEVUÉLVAME MI DOLOR , DOCTOR LUPIÁÑEZ, DEVUÉLVAME MI DOLOOOR!!!!!!!!!!!, ¡¡¡¡¡¡DOLOOOOOOOOOR!!!!!.

Mientras pronunciaba estas palabras, Schlinder Pashnavi saltó sobre la mesa del doctor y se golpeó varias veces con la esquina de la mesa en la cabeza. Lupiáñez ante esta situación descontrolada, apuntó en su libreta "trastorno obsesivo por el sufrimiento", le propinó un puntapié para que se calmara aún más y tras varios puñetazos y collejas, logró reconducir al diván a Schlinder Pashnavi que lloraba desconsolado....

-Tranquilo Sr. Pashnavi, estamos aquí para ayudarle... (Dijo el doctor, dándole a su paciente sonoras bofetadas en la cara).

-No siento dolor... (dijo Valentín sollozando), no sufro. Sus bofetadas y collejas no me proporcionan ninguna alegría, no crea que no se lo agradezco, pero son más bien aburridas y dadas sin convicción.

-Hago lo que puedo, pero esta no es la vía amigo Schlinder Pashnavi, lo que pretendo encontrar es el motivo que provocó en usted esa terrible insensibilidad hacia lo que más ama.

-No lo sé yo estaba tan feliz, el día de los hechos, había venido al trabajo en un autobús regional, que paraba en todos los pueblos viendo la misma película trasnochada de las últimas doce veces, aún saboreaba unas ortigas crudas que me había encontrado a la orilla de la carretera, y cuando ya en el trabajo, me encontraba con mi público, con mis queridos niños, empecé mi número de contorsión y punzamiento con varillas de fuego y en lo mejor del número la vi, ella era..., no sé cómo era, sólo me acuerdo de un abrigo gris.... El resto ya lo sabe.

-Exactamente, se quedó absorto en medio del número y de no ser por los cuerbomberos se nos queda usted en el sitio.

-Ayúdeme doctor. No he vuelto a sentir amor por mi profesión desde ese día.

-Paciencia amigo Schlinder Pashnavi....vuelva regularmente a mis sesiones, el camino será duro pero creo que poco a poco lo iremos consiguiendo.

El doctor Lupiáñez acompañó a Valentín a la puerta, guardó en el bolsillo su bloc de notas. Encendió un cigarrillo, dio una calada, lo apagó en el cenicero de cinzano que había caído al suelo tras el ataque de Schlinder Pashnavi, esta vez lo hizo sin vehemencia, reflexionó unos instantes y paró ..... el metrónomo.

Atención, los coches eléctricos pueden dar calambre.
Cuervooooooolandiaaaaaaaaaaaaaaaa.

31 de julio de 2007

Como Prometí

'¡¡Guapaaaaaa!! ¡¡Boniiitaaaaaa!!
¡Aiaiaiaiaiaiaiaiai!'


Hoy, Día de San Calimero, y Santos Demócrito, Dionisio y Segundo Mártires, escribo en este vuestro espacio de jolgorio. Que no decaiga!!

Y es que no hay nada más divertido que consultar el santoral. Nuestra Santa Madre Iglesia lo ha organizado así por algo, ¿no? Nada como afrontar una dura jornada de trabajo alimentando a los cuervos sabiendo cual es el Santo al que debemos dirigir nuestras oraciones y nuestras prebendas:

- Te pongo 6 velas si apruebo mi permiso de conducir.
- ¿He oido 9?
- ¡¡Con la Iglesia hemos topado... no subo de 7!!
- Enga,... el permiso es tuyo por 7 velas y la compra de una estampita. No se hable más.

Y el organizar la agenda es mucho más piadoso y más dado a los graznidos si se hace en función del santoral; 25 de Octubre, San Crispín: depilarme la axila; 9 de marzo, San Paciano: soborno anual al inspector de seguridad de la Cuervonoria; 5 de diciembre, San Dalmacio: desparasitarme.

Es por esto que desde hoy, a todo aquel que se saque un abono de verano en nuestro maravilloso parque temático, se le regalará un Cuervosantoral Católico Apostólico y Monegrino.

30 de julio de 2007

Historia de un gerente (I)

'Se vende por separado.
Pilas no incluidas.
Más de 5000 pesetas'

'Llego pronto, llego pronto'

Miles de e-mails interesándose por los gerentes de Cuervolandia nos llevan a satisfacer esa sana curiosidad colectiva. Este es el relato en tres partes de la trayectoria personal de uno de ellos.


Químico aficionado desde su infancia, irredento cautivo de la tabla periódica de los elementos e incansable constructor de modelos moleculares de plástico o madera –ingenuos los primeros, complejísimos después–, su primer Quimicefa labró el cauce por el que habría de discurrir buena parte de su vida. “¿Por qué pega el pegamento? ¿Cómo es que perdura tanto la orina de gato en el ambiente?”.


Se preguntaba todo esto mientras dibujaba en un cuaderno cuadriculado estructuras atómicas, nevadas montañas, árboles secos de los que colgaban bufandas o cajones cerrados bajo llave en cuyo interior moraba toda clase de satisfechas mascotas.


Recién alcanzada su mayoría de edad, sus padres le enviaron a la universidad y estudió, como no podía ser de otra manera, la carrera de Biblioteconomía. Sin embargo, pronto descubrió que los secretos de la archivística que llegaban hasta su aula susurrados de generación en generación de bibliotecarios, y todas aquellas refinadas técnicas para la clasificación de volúmenes, eran menos interesantes que la propia lectura de los libros sobre los que versaban; por lo que, hasta cierto punto desencantado, tras muchos cuadernos cuadriculados repletos de ilustraciones más y otros tantos libros de química devorados, abandonó sus estudios dos años después de haberlos comenzado, para decepción de sus padres y desespero de una lánguida y dulce compañera de clase que jamás se había atrevido a dirigirle la palabra: tan solo urgentes suspiros y huidizas miradas rubias.


A pesar de la franca oposición de sus progenitores (y quizá por ello, pues tuvo que ganarse la vida por su cuenta), trabajó un tiempo en el diseño de cajas de juguetes, dibujando –en función del artículo– atrayentes rótulos, simpáticos animales o amables escenas que destacaran en las estanterías de las tiendas, por otra parte saturadas de productos infantiles cuyo gancho visual, en casi todos los casos, se basaba en imágenes fotográficas muy cuidadas. Sin embargo, la filosofía de sus jefes rechazaba semejante explicitud por obscena, siendo estos partidarios de una representación subjetiva del contenido de las cajas, estimuladora de la desbordante imaginación de los pequeñuelos y menos tosca que aquellas otras.


—Aquí tienes a Cucho, el pollo que salta a la comba. Quieren un grafismo aún más depurado que el de la princesilla hámster Eloísa. Buena suerte.


Había verdadera obsesión entre los directivos por respetar la normativa de producción y cuantos estándares de seguridad y calidad existiesen o fueran a aprobarse a medio plazo. El plástico estaba prohibido en la empresa: tan solo se fabricaba empleando materiales que ellos hubiesen querido para sí cuando apenas sabían hablar, como madera de camelio (cuyo aroma, además, se había comprobado que cautivaba a las madres inconscientemente) o tricorilparbamida, tan noble como extremadamente resistente al vómito de bebé, aunque cuarenta y tres veces menos barato.


Incomprensiblemente el negocio no prosperó, y tras la quiebra hubieron de presenciar con angustia y contenida rabia cómo cientos y cientos de cajas de maravillosos juguetes eran vendidas en pública subasta a precios ridículos; “casi a granel”, como se le oyó gemir al presidente de la empresa tras dar un sobresaltado respingo, cuando el mazo del subastador besó por última vez la mesita en la que se ventilaron sin miramientos granjas de ponis, caretas de gato, barritas de labios con sabor a manzana o sacos de la risa ecológicos.


En ese momento, el postrero objeto subastado, un saco, empezó a reír sin pausa, haciendo la retirada de los fracasados aún más vergonzosa, pues tanto el público como el maestro de ceremonias se contagiaron y no podían dejar de carcajearse, señalándolos con el dedo al verse incapacitados para disculparse. Otros sacos previamente subastados comenzaron a activarse histéricamente, en un perverso efecto dominó. Alguien logró ladrar que se activaban por simpatía. El futuro cofundador de Cuervolandia viviría siempre con la imagen de toda esa gente trastabillando calle abajo, doblados como demonios, llevando bajo el sobaco las cajas con sus dibujos estampados, que a veces se les caían al apoyar las palmas de las manos sobre sus rodillas, con las bocas abiertas y las caras teñidas de rojo colapso.


Algunas muñequillas fareras, al rodar por la acera, se te quedaban mirando fijamente con una extraña expresión en sus rostros de tricorilparbamida tallados por ordenador; y al dibujante de las cajas le pareció leer en ellos un “No importa ya” que le hizo pensar en sus padres, y allí mismo lloró con todos los demás.

4 de julio de 2007

Cherchez la femme

'Say Cheeeeeese'

Paseo por Cuervolandia, camino contemplando sus minaretes y torreones de corchopán repasando mis dientes con la lengua para eliminar de ellos el color del cuervo frutas y con las yemas de los dedos aún oliendo a sirope de arce.

Deambulo por sus avenidas de fantasía intentando propiciar un encuentro que quizá nunca se produzca, esperanzado y temeroso a la vez de volver a ver esos rojos labios, y ese abrigo gris. Paso al lado de un anciano que toma patatas y observa con mirada tranquila lo que pasa en derredor desde su banco, que semeja por un momento ser una suerte de trono universal o una atalaya cósmica.

Recorro las glorietas temáticas, discurro por los puestos del mercado gitano, avanzo entre las multitudes que salen de la montaña drusa o de Mondo Egypto, fluyo entre las masas de gente cerca del monumento a Milli Vanilli, las personas se me antojan cada vez más uniformes y monocromas. Sigue sin aparecer.... voy al embarcadero del lago artificial a ver si la puedo encontrar y sin embargo sólo encuentro envases de plástico de cuervoñigos y latas de cuervo frutas flotando entre las aguas negruzcas. Allí me detengo y escruto el entorno, quizá no hay que desplazarse, quizá ella sea una sugestión de mi traicionera psique, quizá sea mi desesperanza la que la convoque por algún extraño sortilegio. No sé por qué presiento que la encontraré si no la busco.

Me pregunto a mí mismo por qué lo hago, por qué necesito tanto verla si sólo hemos intercambiado un par de frases hechas y un poco de sirope.....

Me interrumpe la nueva clown en monociclo que me ofrece una cuervovisera, se la acepto, pero no me la pongo. Llamo desde mi móvil a la gerencia para renovar mi reserva de habitación 215 "Sueños Bávaros" del Cuervohotel, aunque casualmente me salió el contestador automático de un almacén de dentaduras postizas. Cuelgo.

Compro una vela, aún no me explico por qué y la enciendo en las cuervopalmatorias dispuestas a lo largo del paseo. La cera al arder desprende un olor a pachulí mezclado con naftalina e insecticida. Me pongo triste y me marcho del lugar.

Prohibido pescar los siluros.

Cuervo, cuervo, cuervooooooo