viernes, 1 de junio de 2007

Para todos los públicos

'Cuthead'

Pipipipí - pipipipí - pipipipí - pipipi CLAC

Las seis y veinticinco minutos de la mañana. Como siempre desde hace diecinueve años. Prefería el sonido del despertador viejo a cuerda, mi "rrring" de toda la vida. Saco la dentadura del vaso de agua y me la pongo. Es mentira lo que cuentan de las tiras adhesivas transparentes esas. No valen para nada, se aflojan enseguida. Claro, si no de dónde iban a hacer negocio. Bajo las escaleras y desayuno en la cocina, bañado únicamente por la grisácea luz del alba que irradian los visillos. La panza del cuenco con trozos de pan duro y Eko que dejé preparado ayer, crepita bajo la leche hirviente. Esas natas largas como el vello axilar de un baloncestista albino me gustan. Me tomo mi tiempo, el debido. Con el traje y el calzoncillo de anteayer dialogando con mi piel, ya puedo enfundarme la boina y blandir mi garrota. Hoy no puedo olvidarme de descolgar la bolsa de plástico blanca del perchero, porque ayer no la llevé y lo pasé fatal. Valerio, tu memoria se va a la mierda. O al menos parte de ella. La parte que menos importa, espero.

Ya estoy en la calle. Las siete menos diez. Ni un alma. Antes podías ver a alguna señora madre yendo para misa, pero la decencia se fue al traste. Dormilones, indolentes y superficiales. Y muy maleducados, casi todos. Aprieto la garrota con furia. Les daría así. Pero el bálsamo del frescor matutino me alivia: me recuerda al yogur que preparaba mi madre. Es algo que al entrar en tu cuerpo ya sabes que no puede ser malo. Visillos y yogures es lo único que hizo la pobre durante toda su vida, aparte de un hijo, pero qué bien le salían. Ncht.

Un paso, otro y otros muchos más. Tan incontables como precisos, breves y discretos, devoradores implacables de metros. Me limpio la frente con el pañuelo de anteayer sin variar el ritmo. La vida es ritmo, todo se reduce a eso. Al elemento que aparece o se esfuma cuando debe hacerlo. Lo sé muy bien porque yo perdía el paso de mozo bailando con las mancebas; llegué a pisar a alguna y se conoce que desde aquella ya nunca pude volver a pillar comba. Cuando camino no miro al frente, porque me perdería. Convencida por el viento, la bolsa blanca cruje y se revuelve como una loca a ratos, cayendo enseguida en coma para recuperar nuevas fuerzas. Después de secarme la frente tantas veces como me la enjugaré mañana, a la una y treinta y seis minutos del mediodía llego a Cuervolandia.

Lejanos y viejos altavoces anuncian mi advenimiento a una tierra de promesas y gozo diferido. Cuando desde la distancia empiezo a escuchar los sonsonetes radiados, no puedo evitar sonreír. Un punto remoto y negro se hace cada vez más grande. Cada vez menos redondo. Resulta ser la taquilla. Una rebequita enjaulada me extiende un tique marrón a través de lo que podría ser una ratonera de metacrilato, antes incluso de que deposite las monedas frente a ella. Siempre me hago el tonto y toco distraídamente sus dedos al tomarlo con los míos. Por primera vez en este día, despego con cierta dificultad la boca para hablar. Casi puedo ver, reflejadas en la cárcel de cristal, las blancuzcas hebras de saliva que zurcen mis labios: a modo de cuerdas de guitarra, templando y matizando mi voz al ser emitida; hilos de marioneta que animan esta boca que aún no ha dicho esta boca es mía; finísimas columnas que sustentan el templo de mi verbo muerto.

- Gracias, señora Antonia.

(Creo que ella puede verlos mucho mejor que yo)

-Ande, ande -se me quita de encima con un cóctel de compasión y cansina aprensión.

Caminando por el interior del parque, no puedo evitar asentir con pesadumbre. Ay, si salieras un día de tu triste palacete y me buscaras. Solo te imagino bailando conmigo bajo el Punto de encuentro, rodeados por esos niños del demonio que tanto duermen y tanto gritan. Contigo sí, creo que mis pies no vacilarían.

Pero quién es ese papanatas que se ha sentado en mi banco. Quién es ese mequetrefe que viene a tocarme las narices adonde nadie le ha llamado. Si te crees que voy a dejar de ocupar mi sitio porque estás tú, pues de eso nada, ¿eh? De eso nada. Mira, me siento a tu lado, hombre. Pues no se va el indeseable este. No me miras, desgraciado. Ah, ahora te vas, ¿no? Cuando atizo el suelo con la garrota ante tus pies tres o cuatro veces, ya te desinflas, ¿no? Mucho fantoche es lo que hay, mucho maleducado. Hala, sí, vete a contárselo a uno de los asistentes del parque. Anda, llórale para que te solucione el problemita... Pero míralo... mira... ¿será...? ¡Toma! Tooooooma, Tomááááss, que te vaassss, que aquí ya saben quién es el Valerio, aquí ya me conocen, hombre, y tú quién eres, tú no eres nadie. Además parece que se ha ganado una buena bronca, por cómo movía los brazos el asistente. No, hacen bien su trabajo esos chicos. Está bien atendido el complejo, la verdad. Luego tengo que pasarme a felicitar a alguno de los gerentes.

- ¡Yaaaaaaaaay!

Desde aquí puedo escuchar en paz los lejanos gritos provenientes de la montaña drusa. Es un berrido con decenas de padres, a uno por pescuezo. Nunca me cansaré de oírlo. No sabría uno decir hasta qué punto el pánico y el gozo logran producir esos sonidos cíclicos tan al límite del cabezazo y del agarrotamiento. Con todas esas vísceras batiéndose a cien por hora en el interior de unos cuerpos así de jóvenes y atolondrados.

- ¡Yaaaaaaaaay!

El sabor de las patatas fritas, combinado con este incesante sonido y el trueno de metal que lo envuelve, me relaja y reconforta. Hoy sí. Hoy sí que no me he olvidado de traerlas. Esta marca es la que las hace bien, justo en su punto. Todas las demás están muy saladas o grasientas. Esta no, esta es la que las hace bien, sí señor. Las patatas fritas hay que saber apreciarlas, no son una cosa cualquiera. Pero la gente no se da cuenta. Calla, ahí llegan de nuevo al giro ese.

- ¡Yaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaayyyyy!

Uy, este. Uy, este. Este ha venido, jajaaaa, jaajajaja, este ha venido bravo. Este ha sido jodío, jujuju. No os esperabais un zarandeo así, ¿eh, chavales? Claro, venís tan repeinaos y emperifolladas, no conocéis ni lo que es la mili, y luego claro. Pues más vueltas da la vida. Esa parejita que baja ¿pa qué hace como que ha sido fantástico, si casi no pueden dar dos pasos seguidos? Si no os lo habéis pasado tan bien como queréis hacer ver. ¿A quién queréis engañar? ¿Y la niña esta por qué se pone a dar saltitos? Menuda niña, ahora ya no es lo de antes. Pero los muchachos de hoy en día están atontaos. Dile algo, memo... Nada, que no se le ocurre. Pues está claro que la otra quiere tema, tan sudadita del paseo por la montaña. Este está alelao. ¿Pa qué miras pa la caseta de tiro al blanco? Hay que joderse. Esa, si yo tuviera mis buenos años, me la llevaba yo de calle, vaya si no. La iba a coger del brazo, no como tú, memo, y la iba a invitar a una cuervo-cola. Con una pelirrojita así, seguro que haría buena pareja.

Las cinco y tres. Me levanto, guardo la bolsa blanca en un bolsillo, espero a que pase algún niño para tirar el envoltorio de patatas vacío en una papelera y, satisfecho, emprendo el camino de regreso. Paso por delante de Mondo Egypto y me tropiezo con un grupo de visitantes que acaba de salir. No, si seguro que la gente se divierte, todos se lo pasarán fenómeno. Yo estuve trabajando en una fundición cuarenta años, coño. Cuarenta millones me tendrían que dar los del Gobierno.

Antes de salir por las verjas giratorias, reto con la mirada a los cuervos posados en ellas. Alguno no puede aguantar finalmente la presión y se va volando. Anda, vete, jeje, vete a quejarte a un asistente, bonito. Que al final no he pasado por Gerencia a saludar. Mañana si acaso.

Las once y treinta y seis. Estoy en casa. Ya empezaba a refrescar. El tontolhaba de mi médico estaría orgulloso si se enterase de que doy estos paseos. Un corazón como un puño de fuerte es lo que debo de tener entre los riñones. Me tomo mis dos manzanas y preparo la bolsa con las patatas en el perchero. Al váter y a la cama, que en la tele nada. En la tele solo hay porquería y furcias en pelotas. Qué encanto la niña pelirroja esa. Se llamaría María. Una monada. Pero guapita guapita, ¿eh?

- María...

3 comentarios:

  1. Me ha encantado el cuento, eres fantástico escribiendo. Me acordé de Don Francisco, un señor que ahora ya murió, pero al que veía dia tras día con su boina y su bastón (garrote) en mano. Era comiquísimo verlo tan lleno de razón, los coches tenían que parar como fuera si él tenía que cruzar, porque él era Don Francisco, que tiempos aquellos en que no pasaban tantos coches y si lo hacían respetaban a los mayores, ahora los chicos conducían como locos y no respetaban la edad. Pero así era, y ahí íbamos todos a detenerlo antes de que cruzara para evitar que lo atropellaran, con cualquier excusa hasta que el semáforo se ponía en verde para él. Y en el parque, se sentía el abuelo de todos los niños, especialmente del mío, y como alguien le hiciera pupa, hay se levantaba Don Francisco a amenazar a los gamberros que le hacían llorar a su nieto adoptivo (lo adoptó como suyo porque vivíamos en el mismo edificio). Y las patatas también las llevaba y una tableta de chocolate, para darle a mi Alex que no se quedara sin fuerzas luego de jugar. Luego venían los dos juntos, y yo a una distancia prudencial, hasta que alex comenzó a cuidar de que él no cruzara sin mirar, tirándole del brazo.
    Llegaremos nosotros a ser asi?
    Un beso enorme, me ha encantado tu historia. Muchísimo. Te he contestato el comentario en mi blog.

    ResponderEliminar
  2. Apreciada Ana, los gerentes te agradecemos tu amabilidad. Esperamos volver a verte por aquí. Por nuestra parte seguiremos visitando tu blog, que tan buenas sensaciones nos deja. ¡A nosotros sí que nos ha gustado la historia de D. Francisco! :D

    ResponderEliminar
  3. Respondiendo a la pregunta que hacías en mimenor: El blog de Asmadeus dejó de existir. El tal 'David' que lo ocupa ahora ha recuperado una parte del relato original, escrito por el primero, y ahora se aprovecha de la página para explotar los anuncios publicitarios.

    Saludos.

    ResponderEliminar

Sírvase expresar aquí su graznido: